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TIEMPO DE SIEGA Y OTRAS YERBAS

Lucha

 

COMO la lluvia, no: como el martillo.
La lluvia, al entregarse, se derrama
sin mirar si aprovecha o si se pierde;
si la tierra está seca o bien regada.
Pero el martillo sabe el sitio exacto
donde falla su golpe y donde clava;
el martillo conoce su estatura
y lo que puede ahondar con su descarga.

Llover sin ton ni son no es lo importante:
lo importante es llover donde hace falta.

 

 

 

 

AÚN QUEDA corazón en nuestra bolsa…
¡Que rebosen los vasos, tabernero,
sírvenos otra ronda. Que se llene
la taberna de música y de versos,
y que salga a la plaza nuestra euforia
para que alcance a quien esté despierto!

Este cerrar la puerta a las palabras,
este lento suicidio del silencio,
nos acerca a la muerte paso a paso.

Porque morir es renunciar al beso
que va de nuestra mano hasta las cosas;
escuchar nuestro propio desconcierto
en vez de la canción y las promesas
que pusieron temblor en nuestro pecho;
desvanecer los amplios horizontes
que pudimos tocar con nuestros dedos,
y sentir que la hiel crece en la boca
y embriagarse del humo del incienso…

Este cerrar la puerta a las palabras
nos está acostumbrando al cementerio.

 

 

 

 

EL HOMBRE cuando es hombre no se duerme
por mucho que le duela estar despierto.
Que a veces duele mucho: hasta la sangre.
Y a veces duele más: hasta el desprecio…
hasta sentir el asco de uno mismo.
Porque ser hombre obliga, compañero:
a clavarse los puños si es preciso
para tener los ojos bien abiertos,
aunque duelan la calle y nuestro cuarto,
aunque muerdan las voces y el silencio,
aunque se escape el sueño de las manos
y el tic-tac se dibuje en el cerebro.
Pero es preciso que el dolor del otro
se nos asome al borde del espejo
y alumbre la sazón de nuestra cólera,
aunque nos cueste hacerlo cualquier precio:

todo el horror que cabe en unos ojos
clavados en el techo.

 

 

 

 

PREFERIRÍA a veces no ver claro…
¡es tan triste llegar a las esencias!
Mejor es detenerse en los contornos,
no saber qué se esconde tras la puerta,
pasar siempre de largo entre las cosas
ajenos al dolor, con manos ciegas.
¡Por qué tengo esta llave en el bolsillo!
Nadie sabrá jamás lo que me pesa,
y no puedo tirarla, por si acaso:
porque tal vez detrás alguien me espera.
Por eso voy buscando cerraduras,
liberando palabras… Pero quedan
encerradas las cosas en sí mismas
sin conocer su propia corpulencia.
Tal vez, si se reunieran en la plaza,
si se vieran las caras, si quisieran…
(una canción, a veces, nace pronto:
basta que el pecho rime con la tierra).
Me detengo en el borde del camino,
y me agacho a escuchar entre las piedras
mientras me llega, con el pan que muerdo,
todo el sudor caliente de la siega…
(¿Ningún ruido disuena entre los árboles?
¿Ni un pequeño rumor que sople y crezca?)

 

 

 

 

ALGUNA VEZ, a todos, a mí mismo,
nos ha crecido un árbol en las manos,
o el mar sobre la frente, o la esperanza
como alfombra extendida a nuestro paso,
al encontrar un verso entre la hierba…
al madurar el fruto del abrazo…
al escuchar palabras que nos tientan
el hambre de palabras que arrastramos…

Pero la madrugada llegó siempre
con su fusil a ciegas, preparado
para segar la vida de los hombres
o la ilusión nacida en nuestros vasos,
y cuando fue creciendo la mañana
nos quedó solamente nuestro asco
y una sed infinita, y la vergüenza
de nuestro propio aspecto de borrachos.

 

 

 

 

TRADUCIR el mensaje de las cosas:
las palabras del risco, las del llano,
las de esos largos ríos que no buscan
su vocación de mar, cicatrizados;
traducir el mensaje del silencio
parece lo inmediato.
O buscar en la hierba los indicios
de una huella profunda, de algún paso
más fuerte que los otros; las palabras
que acaso no veamos.
Porque el suelo está lleno de palabras;
de palabras furtivas. Mutilados
los libros, y el amor de cada día,
y hasta el mismo murmullo de los campos,
las palabras se arrastran como sombras
ausentes de sus cuerpos; como brazos
separados del tronco; como ramas
desgajadas del árbol.
Y esas palabras llegan a nosotros:
no enteras, pero llegan. Las pisamos
al recorrer la senda, y se defienden
subiéndose al perfil de los zapatos.
Me inclino con amor y las devuelvo
a la embriaguez de su destino alto:
a su torre en el mar para que alumbren
al pescador perdido. Como un faro,
pretendo que señalen el peligro…
pero también la orilla a los lejanos.

Si tú también has visto entre las piedras
una frase eficaz, un verso claro,
sube con ellos a las altas torres,
interrumpe la paz del campanario,
rechaza al que se oponga y pon tu noble
conciencia en el badajo…
Porque quizá resulte que coinciden
el grito y el momento de lanzarlo.

 

 

 

 

EN LOS PAISAJES DE TOLSTOI

Son verdes las praderas de Yásnaia Poliana,
suavemente onduladas, bellamente mecidas;
son, en fin, como todas las praderas del mundo,
ni más ni menos lánguidas, perezosas y tibias.

Ya sé. Yo, en realidad,
me río imaginando la extrañeza
de los que hasta aquí sigan
mis versos, no del todo aficionados
(por vital paradoja) a las caricias
del “piu dolce far niente”, de la gracia exquisita
del suave frenesí de las praderas
bellamente mecidas por la brisa.
Ya sé que es más frecuente que mis versos se apoyen
en la oscura tragedia de la mina,
donde el sudor ajeno
y el polvo en los pulmones del hermano
se convierten en rica
fontana de calor para nosotros,
o en la triste verdad, no menos lírica,
del hombre encarcelado,
o en el duro esperar de sus familias.

Ved, por tanto, en mis versos, solamente un pretexto
para deciros que también la brisa
de las dulces praderas de Yásnaia Poliana,
suavemente onduladas, bellamente mecidas,
se sintió compañera de mi angustia
por el tiempo fugaz de un claro día.

 

 

 

Álvarez, Carlos. Tiempo de siega y otras yerbas. Madrid; Ed. Helios, 1970.

 

  1. Aún no hay comentarios.
  1. julio 13, 2017 en 11:00 am

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