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JOSÉ ANTONIO GABRIEL Y GALÁN

Puede leerse en el prólogo de ‘Un país como éste no es el mío’, prologo escrito por Fernando Savater:

“Es sin duda muy difícil ser cuando lo que uno es ‒mejor, ese proyecto por el que uno quiere llegar a ser lo que es‒ no tiene existencia paladinamente reconocida en el registro oficial de lo posible; es difícil ser cuando ni la soledad nos devuelve certificación de nuestros propios rasgos ni cabe esperar compañía alguna que suscriba suficientemente el debido reconocimiento.
(…) Lo que más nos dificultaba el ser eran las definiciones incesantes que caían a todas horas sobre nosotros, los sellos súbitos que estampillaban nuestro deambular de espectros, lo muy completo de las descripciones administrativas con cuyo acoso era prudente en cada caso contar. Ciertamente se nos dificultaba el ser, pero se nos obligaba a estar  y a estar ante todo conscientes del cómo y dónde estábamos.
xxEn lo único que llegamos a ser maestros fue en los malos usos de la paciencia. (…) Fue la nuestra la paciencia devastada de quien ya no tiene ante los días más exigencia que la de que pasen sin dejar rastro, la paciencia mendaz y traidora de quien todo lo remite a un futuro cuyo solo espejismo en el horizonte vacía el presente hasta la médula. Fue la paciencia del sobrino endeudado que acecha la interminable agonía de su avaro tío en espera de una herencia que los ratones ya han roído hace tiempo: ¡y ni siquiera tiene la audacia asesina de enenenarle de una vez el caldo cotidiano! Hicimos de la paciencia un uso tal que nos desautoriza para participar sinceramente en cualquier fiesta durante los próximos mil años…
xxEl poeta recogió las palabras usadas y zurció con impetuoso desánimo el mosaico del miedo. Ha estado atento, asustado como todos, paciente hasta el asco, ni mejor ni peor que los otros, pero infinitamente atento. Desde el corazón de su tierra natal nos grita sin sarcasmo, quizá sin remordimiento, que este país no es ciertamente el suyo. Estaba aquí, como nosotros: pero al enseñarnos el rostro de la supuesta patria como una tierra de nadie, nos desarma de amarras y lastres, nos empuja hacia ese desierto que también puede ser vivido como hogar.”

 

josé antonio gabriel y galán

 

 

I

Fortuita la luz y apareció
el depredador sin más signos que sus parcas palabras.
Algo hubo en sus gestos que cerró las bahías.
Hacia el anochecer se colmaba de citas
xxxxxxxxxxx(y el reparto
xxxxxxxxxxxde armas).
Mejor le comprendimos los más jóvenes
con su extremado código de peligros anuales.

Las provincias cedieron a su amenaza de extinción.

 

 

Recorrió los confines, quijadas de caballo
entre la arena o mitades de obuses,
conectó con los muertos,
como viejos amigos.
Su calma impenetrable sembró la alarma al fin en las ciudades
donde nuestras hermanas vivían displicentes.
Desenterró sombríos memoriales y despojos,
todos cerramos filas detrás de aquel enigma
que anunciaba costumbres más prudentes.

Jamás se detenía el depredador.

 

 

Los rostros desvaídos de las ventanas desconfiaban.
Nos enseñó una nueva forma de marchar,
las manos enguantadas
y la inmensa tormenta de los ojos
comenzó a retumbar en nuestro ánimo.
Mostró el depredador sus lejanías,
nunca se vio su risa,
sediento y contenido,
pocos pudieron aproximarle.

Él saludaba en nombre del año de la victoria.

 

 

 

 

VII

(II)

Y si alguien se atreve en estos tiempos
a exhibir su alegría
que lo tumben de un tiro entre los ojos
públicamente.

 

 

 

 

XI

(III)

Mirando atentamente, ¿qué garantías hay
de volver algún día?

 

 

 

 

XII

(I)

Ha pasado tanto tiempo
y sólo ahora caemos en la cuenta.

 

 

 

 

XV

(II)

Hubo de establecerse el toque de incomunicación.
Les hemos ordenado
un sistema prudente y vertical,
oleaginoso y místico,
en el sentido en que la vida calla,
la vida,
esa zahína indiferencia.

Y las conversaciones acaban convirtiéndose en harapos.

 

 

(IV)

El pueblo catatónico:
“No moverse es la fuerza.”

Las antesalas de los despachos abarrotadas,
las antesalas innombrables.
El olvido
juega en la muerte
el papel de rufián.

 

 

 

 

XVI

(I)

Cogimos a trescientos cincuenta y nos dijeron:
“Ejecutemos a trescientos
y el resto
una vez libre
dará fe.”
Cuantos aquella noche
gozaron de una carne de hembra a bajo precio
susurraban raras casualidades,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxrevelando
una cierta impotencia frente al pánico.

 

 

Los relojes daban muestras de incertidumbre
ni una luz se movía en los vagones,
así es que resistamos
este futuro impávido,
jamás penséis pedir ayuda
o aventuraros en la noche,
pues sólo los vencidos con su presencia,
etcétera.

 

 

Pero él, inminente, aún aprovecha
las luces amarillas
para obtener los últimos informes,
él piensa por nosotros con años de adelanto,
y sabe, en su pirámide,
en su ciego sarcófago,
que nadie debe escapar.

 

 

 

 

XV

(III)

Os negamos toda esperanza,
podemos controlar la sangre y el antojo,
plantaros soledad de cipreses y alerces,
desecar vuestros pueblos súbitamente,
nuestro representante en cada aldea o barrio
es un resucitado de la guerra.

 

 

 

 

XIV

Vuestros gestos caducos,
ásperos eslabones de la esterilidad y el desencanto,
nuestra historia es muy simple,
la que es, la que viene,
perded toda esperanza de retorno,
jamás olvidaréis esta ciudadanía,
los pueblos que se pudren poco a poco
necesitan espejos y promesas,
no empleéis la avidez del enemigo,
la lucha de clases ha acabado,
hay quienes ya nacieron con la guerra perdida.

 

 

Así en la anochecida
nos veréis descender hacia vuestros elogios,
perfumados, ahistóricos,
juntos recorreremos la elevación que fluye
lejos del desacato,
aquella arquitectura irreparable,

porque nuestro poder será la paz,
el poder que se exilia cada tarde,
y hay que estar preparados
allí donde los niños persiguen venturosos sus crímenes futuros.

 

 

 

 

XIII

¿Qué puedo decir yo?
La paz que os pertenece siempre nos fue
provisional.
Imágenes
que cualquiera puede apropiarse con el paso del tiempo,
son antiguos colores los que expresan
ya un cierto ahogo.

 

 

Delegaciones
tal vez un poco escépticas
recorren las provincias repitiendo
no sin cierta ternura ante la ausencia:
“Soportad la unidad, ahora
solamente exigida, un día
apreciaréis la justificación.”

¿Qué mensajeros se han enviado a veces,
qué cruce de correos adversarios?

 

 

La indecisión malvive
horadada por una tristeza inexplicable,
un consorcio de inválidos que logra
sostener la producción,
los rebaños cuando bajan ardiendo,
los signos de una espera cuya finalidad resulta imaginaria,
polvo de los sombreros como escamas de búfalo,
el ritmo de erección de monolitos ha descendido
sin órdenes expresas.

 

 

Esa paz y estas llaves gratuitas
desmontan la paciencia de los que antaño fueron
la más feroz vanguardia,
impune víctor.
Los años ensordecen, las bodegas
cuentan en sus catálogos con cosechas excelsas,
las viñas andan algo descuidadas.

 

 

La costumbre hizo bajar la voz.
¿Aceptarán los pueblos
este nuestro descenso a la nostalgia añeja?

 

 

Nuestra unión es si acaso
punto de referencia para provocaciones
cada vez más lacónicas:
¡oigan los evadidos,
los sin rostro,
estilitas,
ciegos de Bakunin,
nobles proscritos,
rojos tricéfalos!
Como si muchas eras
hubiesen sido derrotadas epidérmicamente
ya nadie se refiere a momentos históricos,
fracciones de comida,
lenguas secas.

 

 

Quizá nos olvidamos de las grandes ciudades,
pero allí, si se quiere,
las leyes pesan más que el horizonte.
¡Reformemos las leyes,
aún es tiempo!
No hay azar en los juicios,
los intestinos suben hasta los hospitales,
largos como infelices solos de trompeta.

 

 

Aun con nuestros errores,
¿aceptaréis que amamos esta tierra
como la más sublime y lucrativa?

 

 

 

 

XII

(II)

No acabábamos nunca
de rematar las cosas,
todo seguía su curso,
siempre y por siempre,
así.

Los muertos ya dejaron
de ser nuestros,
de nadie.
Si alguna vez
alguien sucumbe en algún descampado
o al salir de una fábrica o un pozo
no podréis achacarlo a nuestras armas,
sino a la paz.

 

 

 

 

XI

(III)

Primero la arbitrariedad,
luego las leyes,
un enjambre de leyes, remolinos
engullendo sospechas,
impuestos y tributos.

 

 

 

 

VII

(¿Quién habla
con quién
sobre qué?)

Un gran principio de violencia
ha dominado nuestras costumbres,
ciertamente.

 

 

 

Gabriel y Galán, José Antonio. Un país como éste no es el mío. Madrid; Ed. Hiperión, 1978.

 

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