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COMPAÑERA DE NUESTROS DÍAS

Miguel Hernández

 

Compañera de nuestros días
Frente Sur nº1
21 de marzo de 1937

 

Imagen de tierra
La compañera de los días del hombre ha llevado en España una vida humillada, animal, apaleada, moribunda. Me refiero a la mujer nacida encima del jergón pobre del pueblo, en el rincón ceniciento de la aldea, sobre la misma extensión del campo. Áspera y triste de carne desde su nacimiento, como si fuera la obra cansada de un arado secular y una besana rendida, la campesina española aparece ante mí con su imagen de tierra y de encina escuálida, con su silencio expresivo, con sus ojos de abatimiento, por los que su alma avanza llena de llanto íntimo, de dolor encarcelado. No es una mujer: es una corteza que se apoya en unos pies duros, que suben por un vientre donde los partos dejan huellas de torrente, que se derriba en unos pechos sin lozanía, cabizbajos desde la adolescencia, marchitos y requemados desde que comenzaran a ser pechos. El sol, el hambre, la pena, el trabajo, han mordido las facciones y proporciones de esta mujer que pudo ser bella y que resulta terriblemente hermosa bajo el arco de su pañuelo. Tengo muchos motivos para pegar martillazos contra los culpables de la tristeza de las campesinas de España: mi madre ha sido, es, una de las víctimas del régimen esclavizador de la criatura femenina. Enferma, agotada, empequeñecida por los grandes trabajos, las grandes privaciones y las injusticias grandes, ella me hace exigir y procurar con todas mis fuerzas una justicia, una alegría, una nueva vida para la mujer.

Con el sudor de su frente
Creció sobre la tierra con dificultad de rama pobre de savia,y la abundancia de hijos de su madre y la escasez de pan pesaron pronto sobre sus brazos de chiquilla hambrienta. Desgastó las losas de su casa fregándolas arrodillada en sus ocho, diez, doce años; perdió pelo en las palizas que recibía de su madre si no fregaba con el esmero que le exigía, y lloró dentro de muchos inviernos de frío lavando la ropa de sus hermanos al agua de nieve que hay en todos los arroyos a las cuatro de la mañana. Recuerdo a mis hermanas cuando escribo estas palabras, y recuerdo a todas las hermanas de los pobres. Yo he visto sangrar manos queridas sobre las piedras donde las sábanas habían de recobrar la blancura perdida en el transcurso de los sueños del hombre que trabaja, suda y lleva a la cama restos de barbecho, polvo de camino, trozos de madera combatida por los hachazos, resina, semilla. A los catorce años, la chiquilla ganaba un jornal humillante recogiendo aceituna, espigando rastrojos, trillando centeno, cogiendo la fruta de los huertos de los señores amos.
Luego, ya de mayor, vinieron labores más rudas y deshonrosas para su cuerpo: empuñó la hoz y la esteva como el hombre y si sus huesos y su carne, a pesar de las agotadoras faenas se resistían a la deformación, no se masculinizaban, se alzaban prodigiosamente bellos, femeninos, eran presa forzosa del rico que poseía la tierra de su padre.

Indignante situación
A fuerza de respirar una atmósfera brutal, la campesina se hizo a vivir con ella con resignación, y el palo el salivazo, todo cuanto la humillaba y envilecía, llegó a parecerle cosa de irremediable origen. Así llega hasta nosotros, con una mentalidad rendida, sin horizontes, y con sus manos varoniles, encallecidas, que se ve que son de mujer cuando cogen al hijo entre sus dedos y lo acarician: entonces, debajo de las arrugas, la obscuridad que les dio el sol y los callos, se transparentas delicadezas, rasgos, gestos que sólo a unas manos maternas corresponde. Llega hasta nosotros, y parece fatigada, sin ganas de hacer otra cosa que tomar compañero, parir y resistir sobre sus espaldas las indignas cargas que se le han ido echando durante varios siglos.

Luchamos porque sea otra
Es preciso conmoverla en los más hondo con el ademán más noble. Es preciso encauzar esa fe religiosa que la domina, y que es el afán de su corazón terrestre vuelto al cielo por habérsele negado en la tierra su expansión amorosa. Al hombre de este tiempo corresponde sacar el generoso cuerpo, acostumbrado a la esclavitud, a la libertad sana y a la claridad de la alegría. Los hijos brotados de las entrañas de esta mujer luchan, sueñan, mueren y viven para ello y para las demás pasiones populares en los páramos de Castilla, en las piedras de Extremadura, en los olivos de Andalucía y en las montañas mineras de Asturias. Obra de esta mujer son nuestros soldados reivindicativos, y ella es la que siente la inmensidad y el peso doloroso y glorioso de sus muertes y de sus vidas. Ella es la que reviste de luto hasta el último rincón de su corazón y su casa, y nosotros somos los que plantaremos en ellos un resplandor alegre de victorias. Nuestras madres, nuestras novias, nuestras mujeres han de venir pronto hacia nosotros detrás de la risa, por una avenida de trigales, ante un firmamento despejado de pólvora, con rastrillos relucientes al hombro.

 

 

 

Hernández, Miguel. Crónicas de la guerra civil. Barcelona; Ed. Sol 90, 2009.

 

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