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HUELLAS

Juan Malpartida 'Huellas'

 

RAÍZ DE LA MEMORIA

La luz se adensa: sombra
en tu vientre,
xxxxxxxxxxxxxhúmeda noche
donde bebe mi silencio
las palabras de tu cuerpo.

 

 

 

 

EXTENSIÓN DEL VACÍO

xxxxxxIV

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Charo Malpartida

Mi hija venía del colegio,
sus trenzas por el aire.
Yo, desde la ventana,
sin corazón la aguardo.

Un largo viaje, le digo.
Mira en mis ojos
el camino de nadie.

 

 

 

 

DÍPTICO

xxxxxI

Siete de la tarde y el mar inmenso:
lo que en mi oído suena rima es

de otro mar, espuma, piedra o nube
que como flecha del aire se pierde

entre los ecos de una sola sílaba
que a la deriva muerde las arenas.

Como quien camina, la tarde engendra,
en su propia luz oscura, la noche.

Contemplo la escritura de las algas
barridas por las columnas del agua,

fija en los jirones rojos del cielo,
ya púrpura o añil, negra quietud,

igual a sí misma y siempre diversa
entre las rápidas constelaciones.

 

xxxxxII

Al tiempo, la ciudad a mis espaldas
alza sus luces, el sordo rumor

que el deseo y la distancia despierta,
la llamada que viene desde lejos,

la sospecha nacida de la carne,
de otro mar y otro tiempo que aquí laten.

Algo distinto dice mi canción,
como quien camina sobre su voz

y sabe que es aire, verde escritura
del sueño y escalera sin peldaños,

por donde tú caminas al encuentro
mientras yo trazo la tensa maroma

desde el tráfago del mundo y la nada,
lugar donde sin saberlo me sueñas.

 

 

 

 

EL SUEÑO DE SÍSIFO

xxxxxI

xxSe aprieta la ciudad contra tus senos para contemplar el vacío, y busca desaguar sus pesadillas por los ríos de sombra que corren bajo nuestros pies. Está creciendo una ciudad en el brazo que apoyaste sobre mi hombro. Siento el hormigueo de su labor de zapa instalando una valla publivía sobre los labios que pronuncian el deseo. Un alcalde tras otro inaugura plazas en tus caderas, y edifican, en la blancura de tu garganta, ménsulas bajo las que ruge un minotauro celeste. Corren los caballos enloquecidos por las noches del sábado. Y alguien descifra las constelaciones en los vidrios rotos del alcohol. Alguien se asoma a la ventana de un décimo piso, alguien mira la luz de una habitación. Hay un mendigo que lee con lupa un periódico de hace años, y lechos, piras, sombras, un pájaro muerto en la boca del nostálgico, un comprador de oro, una ambulancia de cuidados intensivos y su sirena agitándose (del amarillo al rojo) como un buque que se hunde en el atasco del semáforo. En la acera, dos jóvenes se besan. Suena la sirena y fluye el tráfico mientras ellos están allí, sostenidos por un hilo invisible.

xxHay un rumor, pero no es del mar, creciendo en estas horas inciertas.

xxxxxII

xxOcho millones de ratas pululan por el inconsciente de los hoteles y hospitales de Madrid. En ocasiones alcanzan la superficie y algunas suben por las medias de malla negra de la enfermera de guardia. Yo vi una rata alzar su hocico a los pies de mi cama. Había una rata aquella noche entre tu cuerpo y el mío: una palabra letal invadió el aire de nuestras costillas y volvimos hacia la noche con una sílaba bajo los párpados, incendiando los pasillos de la memoria con un fuego frío. Nacidos bajo el signo de Saturno, levantamos la mirada en la proa del barco. Y no miréis hacia, dijeron como si supieran. Hemos edificado ciudades sobre tus pechos, hemos horadado tu vientre para instalar tamos de vías, escaleras metálicas para descender a tus venas. Estamos secando lagos movedizos que nos recuerdan el mar. Hoy inauguramos una arista nueva: desde su perfil de níquel alguien mira las siete cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete. Ocho millones de ratas se agitan en mis sueños.

xxxxxIII

xxEs necesario ser absolutamente moderno, dijo Arthur Rimbaud y se perdió entre Adén y Harar. Una temporada en el infierno ya es cosa de turistas. “Arthur Rimbaud Grand Hotel”. Oigo pasos, como de alguien que se aleja. Un cuerpo se aleja mientras crece la cuenta de los árboles y de las vitaminas, la cuenta de nuestra porción de ozono perdida, la cuenta de los orgasmos, la cifra exacta que debe alcanzar nuestra felicidad. Un cuerpo se aleja mientras se pone al día la cuenta de las eloísas y abelardos, tristanes e isoldas. Alguien está contando mi respiración. Pero una sola resta vendrá que hará estallar todas vuestras sumas.

xxxxxIV

xxNo tiene centro la ergástula, laberinto que contra un muro dibuja la ceniza de sus límites. Por eso deambular es todo, y pararse en las aceras, como a la orilla de un gran mar donde rugen olas motorizadas. Un termómetro callejero toma la temperatura a la ciudad,, un reloj sin cuerpo marca un número afilado y exacto, siempre el mismo. Un maniquí despatarrado muestra un sexo inexistente. De pronto, el cristal de la boutique grita, ulula (chichara mecánica) ante la herida constelada que un ladrón perpetró en su pecho. Se detiene el peregrino en el umbral del pub, ensancha el aire en sus pulmones y empuja, desde el frío de invierno, la puerta fosforescente. Se apoya en la barra, como los marineros en la baranda. Está creciendo el desierto, piensa mientras caliente entre sus manos la copa. Desde el no sé quien levanta su mirada y ella ¿desde dónde? le sonríe. Al caminante, como en el vuelco al moribundo, se le agolpa toda la vida en el vaso. Bebe. ¿Quién mira? ¿Cuál es el nombre de esta mirada? ¿Cómo se llama la agitación de los días, este murmullo de la sangre? Una mano a otra se enlaza, y horas después, los dos nombres dibujan signos rápidos en los espejos del agua. Un árbol se incendia junto a su abrazo, y en una habitación cercana al desamparo, ambos rememoran sobre la piel el día remoto en que se conocieron. No tiene centro la ciudad (tu cuerpo dibuja las líneas del cielo); no tiene tiempo la hora en los relojes (en tu vientre late el sol y la noche de la sangre). Aquí, bajo el calor de tus labios y de tu sueño, se oye el rumor de otra ciudad bajo el arco impalpable del deseo.

 

 

 

 

EL FANTASMA Y SUS APARICIONES

xxxxxII

Toda la noche con el rostro en sombra
porque la palabra se resiste a ser dicha.
Todas las palabras con la voz en sombra
porque la vida se resiste a ser dicha.

 

 

 

 

PIEDRA CONTRA PIEDRA EL VACÍO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA José María Luna

xxNací en la calle del Muro, muros árabes que cercaban en otro tiempo la ciudad. Yo jugaba entre las torres. ¿Era el preso o el guardián? Por el largo callejón, a la Puerta del Mar se llegaba.
xxPara jugar luego (¿cómo decirlo?) construí murallas de palabras, y seguí, como en la infancia, de un lado y otro del signo. La mar un día todo lo arrasó: muros y torres, nombres y niño.
xxDe pronto, y después de mil años, me hallé en lo blanco, contemplando un rostro enigmático y sabiéndome mortal.

 

 

 

 

DIARIO DE BITÁCORA
(Mar de fondo)

Lo irreal es demasiado táctil
y ha cercado a las cosas de un temblor
de platino y quijada antigua. Su sombra,
sobre el perfil del cuarto,
tiene más cuerpo
que estas manos empeñadas
en acariciar un rostro
ya desvanecido en el tacto.

 

 

 

 

LA RESTA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxA Juan Gil-Albert, in memoriam

No es saber más lo que de verdad importa, ni visitar países ni acumular camas que calientan la fiebre y enfrían el cuerpo. No es hablar más cerca hablar más alto. No hay más luz ni más azules porque cuentes astros y acumules viento. Sin intimidad no hay universo.

 

 

 

 

PARA OÍR SU VOZ

xxxxxxxxxxxxxxxxxxA Denis Long

xxxxxI

Para oír su voz,
para que la mano sobre la piedra
despertara del otro lado,
para que el roce de la mano
descubra entre sus líneas
el bosque de hayas.
Vine aquí para oír su voz.

 

xxxxxII

La lluvia barrió la terraza,
silbó el viento bajo la puerta
y el día se volvió sobre sí mismo.
No coincidía. No el agua ni el viento:
la mirada quemando en lo mirado
y el tiempo abriéndose sobre la hoja.
Crujió la leña en el fuego y un pájaro
gritó en el aire. Mi memoria
se hundía, más acá del mundo,
al borde de todo y de nada.
¿Dónde vive lo vivido? ¿Por qué
golpea el viento en los cristales?
Dibujé una puerta, se abrió la puerta
y no había nadie. Entré en la casa
para escribir estas palabras,
para labrar los muros lentamente
rozando una cosa con otra,
para oír su voz,
la memoria de este día de lluvia
sobre el momentáneo silencio
de la mirada.

 

xxxxxIII

Arriba, las nubes lentamente se recogen;
sobre la mesa, el sol garabatea.
La tela del día se tensa y desaparece.
Se alza en la línea de flotación
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxde la ventana
‒asidero de nieblas y de pájaros‒
la horda de polígonos de los tejados.
Lo que veo
xxxxxxxxxxla memoria lo reconstruye,
y la mirada, como el agua entre las piedras,
no acaba de ver lo mirado:
en sí duda y se reescribe. Más allá de mí
las cosas persisten en su indolencia.

En sombras el sol ha dibujado
los reflejos de mi paciencia. Tal vez nunca,
este incendiado atardecer de siempre,
pase a través de mí y no tropiece.

 

xxxxxIV

La tarde y sus rojos tejados,
el recuerdo de un día dividido
mientras la ciudad se petrificaba,
los signos que la nada envuelven,
la montaña invisible, el mar,
los libros, la muerte, lo no llegado,
la conciencia disuelta
en la irrealidad de lo real,
la irrealidad hecha marea
en la ondulación de tu cuerpo,
la tarde y el azul del cielo,
el rumor de unos pasos.
Acerca más cerca tu oído:
la página del crujiviento,
el craquelador de la nada:
redes que se sumergen
para ver lo invisible,
la eternidad de cada día,
hilo negro en la constelación blanca,
buzo del aire, el tiempo.

 

xxxxxV

Sin proponérselo llegó la noche,
con los ojos cerrados me deslizo
por el agua de un sueño no soñado:
nadie está solo en este mundo,
me digo, mientras palpito a solas en mi cuarto;
nadie es una sola mano
en el aire de nada. Percibir
es entrar en el bosque. Nadie
ha nacido solo, nadie ha muerto
alejado del mundo. Si por un instante
rozas la piel del tiempo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxel mundo reverbera,
parpadea el mar de Shanghai
sobre el pretil de mi ventana;
si como la noche llegó respiro
entonces tú aún no te has ido
y es tuya la voz que canta en la noche,
el soliloquio multimundo, el agua
de un sueño que despierta,
para que el roce de la mano
descubra entre sus líneas
el bosque de hayas.
Vine aquí para oír su voz.

 

 

 

 

TEJIDO AL SOL

xxxxxVI

Escribe con las palabras que puedas llevar mientras caminas, y el camino es largo;

escribe como si indicaras la hora sabiendo la extrema movilidad del tiempo;

escribe como quien dice adiós, como quien no ha llegado siquiera al papel en donde escribe;

escribe sin escribir, sin decir palabra, de ti mismo, en ti mismo, de nadie;

escribe sabiendo que tu última palabra no es la palabra última porque más allá de ella hay mil palabras y una más;

escribe para pasar el tiempo y que el tiempo pase sin saber a dónde;

escribe porque en la palabra mar hay agua y es un vacío, y esto enseña a vivir y también a morir;

escribe, no para decir palabras sino para que ellas te digan;

escribe ‒como esta tarde que al caer se tensa y se extiende‒ la palabra del otro lado, la que dibuja el vacío de la palabra, un poco de sonido entre dos tiempos a la deriva.

 

 

 

Malpartida, Juan. Huellas (Poesía 1990-2012). Barcelona; Ed. La Garúa, 2015.

 

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