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TODOS NOSOTROS

Amorsilábico

 

MADERA DE BALSA

Mi padre está en el fogón delante de una sartén con sesos
y huevos. Pero ¿quién tiene ganas de comer algo
esta mañana? Me siento tan frágil
como la madera de una balsa. Alguien acaba de decir algo.
Fue mi madre. ¿Qué dijo? Apostaría
a que algo relacionado con el dinero. Contribuyo
si no como. Mi padre se vuelve desde el fogón,
“Estoy en un agujero. Imposible hundirme más”.
La luz se filtra desde la ventana. Alguien llora.
Lo último que recuerdo es el olor
a quemado de los sesos y los huevos. Toda la mañana
estuvieron en el cubo de la basura mezclados
con otras cosas. Poco después
él y yo vamos en coche hasta el vertedero, a diez millas.
No hablamos. Arrojamos las bolsas y los cartones
al oscuro montón. Chillidos de ratas.
Silban cuando salen de las bolsas podridas
arrastrando la tripa. Volvemos al coche
para mirar el fuego y el humo. El motor en marcha.
Huelo en mis dedos el pegamento del avión.
Me mira cuando me llevo los dedos a la nariz.
Luego mira a lo lejos otra vez, hacia la ciudad.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a muchas millas de distancia. Ambos estamos muy lejos
de aquí, y alguien sigue llorando. Es entonces
cuando empiezo a entender cómo es posible
estar en un sitio. Y en algún otro, a la vez.

 

 

 

 

DONDE HAYAN VIVIDO

Fuera donde fuera, aquel día andaba
por su propio pasado. Dando puntapiés a jirones
de recuerdos. Mirando las ventanas
que no hace mucho le habían pertenecido.
Trabajo, miseria y pocos cambios.
En aquella época vivían para sus deseos,
decididos a ser invencibles.
Nada les detendría. Al menos
durante muchísimo tiempo.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEn la habitación del motel
aquella noche, de madrugada,
abrió una cortina. Vio nubes
cubriendo la luna. Se apoyó
en el cristal. Le traspasó un aire frío
que puso la mano sobre su corazón.
Te amé, pensó.
Te he amado mucho.
Hasta que se me acabó el amor.

 

 

 

 

EL TELEVISOR DE JEAN

Mi vida va sobre ruedas
en este momento. Aunque ¿quién se atreve
a decir que no volveré a flaquear?
Esta mañana me acordé
de una novia que tuve justo después
de mi ruptura matrimonial.
Una chica muy dulce llamada Jean.
Al principio, ella no tenía ni idea
de la parte mala de las cosas. Llevó
su tiempo. Pero, de todos modos,
me amaba un montón, decía.

Y sé que era cierto.
Me dejó quedarme en su casa
cuando dirigía
los mezquinos asuntos de mi vida
por su teléfono. Me compraba
bebida, me decía
que no era un borracho
como todos esos otros, decía.
Me extendía cheques
y los dejaba sobre su almohada
cuando se iba al trabajo.
Me regaló una chaqueta Pendleton
aquella Navidad, y todavía la uso.

Por mi parte, le enseñé a beber.
Y a dormir
con la ropa puesta.
Cómo despertar
llorando en mitad de la noche.
Cuando la dejé, me pagó dos meses
de alquiler. Y me dio
su televisor en blanco y negro.

Hablamos por teléfono una vez,
meses después. Estaba borracha.
Y seguro que yo también.
Lo último que me dijo fue,
¿Podría ver mi tele otra vez?
Miré alrededor
como si el televisor pudiera aparecer
de repente en su sitio otra vez,
sobre la silla de la cocina. O si no,
salir del armario de la cocina
y presentarse. Pero ese televisor
había sido arrojado calle abajo
semanas antes. El televisor que Jean me regaló.

No se lo dije.
Le mentí, claro. Pronto, le dije,
muy pronto.
Y colgué el teléfono
después, o antes, de que colgara ella.
Pero aquellas palabras oídas como en sueños
me hicieron sentir
que había llegado al final de una historia.
Y ahora, con esa última mentira
a mis espaldas,
xxxxxxxxpodía descansar.

 

 

 

 

ESPERANZA

xxxxxxxxxx“Mi mujer -dijo Pinnegar- espera verme tirado como un perro
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcuando me deje. Es su última esperanza”.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxD. H. Lawrence,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx“Jimmy and the Desperate Woman”

Me dejó el coche y doscientos
dólares. Dijo, Hasta siempre, cariño.
Que te sea leve. Eso
tras veinte años de matrimonio.
Ella sabe, o cree que sabe,
que gastaré  la pasta
en un día o dos, y que finalmente
estrellaré el coche ‒que estaba
a mi nombre y necesitaba reparación, de todos modos.
Cuando salí de casa, ella y su novio
estaban cambiando la cerradura
de la puerta delantera. Me saludaron.
Les devolví el saludo para que se dieran cuenta
de que no le daba importancia
alguna. Luego pisé a fondo
hasta la frontera del estado. Estaba lleno de ira.
Ella tenía razón al pensarlo.

Me uní a los perros y
nos hicimos buenos amigos.
Pero salí adelante. Un largo
camino sin volver la vista.
Dejé a los perros, mis amigos, atrás.
Sin embargo, cuando asomé
la cabeza otra vez por aquella casa,
meses o años después, conduciendo
otro coche, ella se puso a llorar
cuando me vio en la puerta.
Sobrio. Vestido con una camisa limpia,
pantalones y botas. Su última esperanza
no se había cumplido.
Y no tenía ningún otro motivo
para la esperanza.

 

 

 

 

POR EL ESTE, LA LUZ

La casa agitada y llena de gritos toda la noche.
Hacia el amanecer, llegó la calma. Los niños,
buscando algo de comer, se abren
paso a través del desastre del salón
para llegar al desastre de la cocina.
Allí está el padre, dormido en el sofá.
Seguro que se paran a mirar. ¿Quién no lo haría?
Escuchan sus violentos ronquidos
y comprenden que las antiguas costumbres
han vuelto otra vez. ¿Es eso algo nuevo?
Lo que de verdad les sorprende, sin poder apartar la mirada,
es que el árbol de Navidad está en el suelo.
Yace de lado, frente a la chimenea.
El árbol que ellos ayudaron a decorar.
Ahora está roto, los carámbanos y los caramelos
ensucian la alfombra. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?
Y ven que su padre ha abierto
su regalo, el que le hace la madre. Es un trozo de cuerda
que asoma a medias de su bonita caja.
Que se cuelguen los dos,
eso es lo que les gustaría decir.
Al diablo con todo, y
con ellos también, eso es lo que están pensando. En fin,
hay cereales en el armario, leche
en la nevera. Llevan los tazones
hasta la televisión,buscan su programa favorito,
e intentan olvidar el revoltijo que hay por todas partes.
Suben el volumen. Otra vez, y luego otra vez.
El padre se vuelve y refunfuña. Los chicos ríen.
Suben el volumen otro poco para que se dé cuenta
de que está vivo. Alza la cabeza. El día comienza.

 

 

 

 

HIJO

Me despertó esta mañana una voz de mi infancia
que decía Hora de levantarse, me levanto.
La noche entera, en sueños, tratando
de encontrar un sitio donde pueda vivir mi madre
y ser feliz. Si quieres que me vuelva loca,
dice la voz, perfecto. Pero si no,
¡sácame de aquí! Soy el único culpable
de haberla traído a este pueblo que odia. De alquilarle
una casa que odia.
De ponerle unos vecinos que tanto odia.
De comprarle unos muebles que odia.
¿Por qué no me diste el dinero y lo gasto yo?
Quiero volver a California, dice la voz.
Me moriré si sigo aquí. ¿Quieres que me muera?
No tengo respuesta para eso ni para nada
en la vida esta mañana. Suena y suena
el teléfono. No quiero acercarme a él por miedo
a oír una vez más ni nombre. El mismo nombre
al que respondió mi padre durante 53 años.
Antes de obtener su recompensa.
Murió justo después de decir: “Lleva esto
a la cocina, hijo”.
La palabra hijo brotando de sus labios.
Temblando en el aire para que todos la oigan.

 

 

 

 

CADILLACS Y POESÍA

Nieve limpia sobre el hielo de esta noche. Ahora,
camino de la ciudad, distraído,
frena demasiado rápido.
Y se ve a sí mismo en un gran coche sin control,
moviéndose de un lado a otro de la carretera en la inmensa
quietud de la mañana de invierno. Enfocado
inexorablemente hacia el cruce.
¿Las cosas que le pasan por la cabeza?
El reportaje de televisión sobre tres gatos callejeros
y un mono con electrodos implantados
en sus cerebros; aquella vez que se paró para fotografiar
un búfalo cerca de donde el Little Big Horn
se une al Big Horn; su nueva caña de pescar
garantizada de por vida;
los pólipos que el médico le encontró en el intestino;
la frase de Bukowski que le viene
a la mente de vez en cuando:
A todos nos gustaría pasearnos por ahí en un Cadillac del 95.
Su mente como una colmena de secreta actividad.
Incluso mientras hace un derrape
en la autopista y se queda mirando
hacia atrás, en la dirección de la que venía.
La dirección de casa y de la relativa seguridad.
El motor se paró. Una vez más
le envolvió aquella inmensa quietud. Quitó la capota
y se secó la frente. Pero, tras considerarlo un momento,
arrancó el coche, dio la vuelta
y continuó hacia la ciudad.
Con más cuidado, sí. Pero pensando todo el rato
en las mismas cosas que antes. Hielo sucio, nieve limpia.
Gatos. Un mono. Pesca. Un búfalo salvaje.
La sutil poesía de pensar en Cadillacs
que aún no han sido fabricados. El efecto castigador
de los dedos del médico.

 

 

 

 

ASIA

Está bien vivir cerca del agua.
Pasan los barcos tan cerca de tierra
que un hombre podría alargar la mano
y arrancar una rama de uno de los sauces
que crecen aquí. Los caballos corren libres
junto al agua, por la playa.
Si los hombre de abordo quisieran, podrían
hacer un lazo con una cuerda, lanzarla y
llevarse uno de los caballos a cubierta.
Algo que les haga compañía
en su largo viaje hacia Oriente.

Desde la terraza puedo observar las caras
de estos hombres mientras se fijan en las caballos,
los árboles y las casas de dos pisos.
Sé lo que piensan
al ver a un hombre saludándoles desde una terraza,
su coche rojo a la entrada.
Le miran y se consideran
afortunados. Qué misterioso deseo
de buena suerte les llega hasta la cubierta de un barco
rumbo a Asia. Aquellos años de trabajos ocasionales
en los almacenes o en los muelles
o de vagar por el puerto sin nada que hacer,
están olvidados. Todo eso les pasó
a otros, a hombres más jóvenes,
si es que pasó.
xxxxxxxxxxxxxLos hombres de a bordo
alzan el brazo y devuelven el saludo.
Luego se quedan quietos, apoyados en la barandilla,
mientras el barco pasa lentamente. Los caballos
salen de debajo de los árboles al sol.
Se quedan quietos como estatuas de caballos.
Mirando el barco que pasa.
Las olas que rompen contra el casco.
En la playa. Y en la mente
de los caballos,donde
siempre es Asia.

 

 

 

 

EL REGALO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Tess

Empezó a nevar en plena noche. Húmedos copos
contra las ventanas, la nieve cubriendo
las claraboyas. Estuvimos mirando un rato, sorprendidos
y felices. Contentos de estar aquí y en ningún otro sitio.
Cargué la estufa y ajusté la temperatura.
Nos fuimos a la cama, cerré enseguida los ojos.
Pero por alguna razón, antes de dormirme,
me acordé de aquella vez en el aeropuerto
de Buenos Aires, la tarde en que nos íbamos.
¡Qué tranquilo y desierto estaba todo!
Un silencio mortal salvo el ruido de los motores de nuestro avión
cuando salimos de la terminal
y rodamos por la pista bajo una ligera nieve.
Las ventanas del edificio estaban en penumbra.
No se veía a nadie, ni siquiera al personal de tierra. “Parece
un lugar de luto”, dijiste.
Abrí los ojos. Tu respiración me hizo ver
que estabas dormida profundamente. Te abracé
y salí de Argentina para recalar en el sitio
en que viví una vez en Palo Alto. No nieva en Palo Alto.
Pero tenía una habitación con dos ventanas que daban
a la autopista de Bayshore.
La nevera estaba al lado de la cama.
Cuando despertaba deshidratado en mitad dela noche
todo lo que tenía que hacer para calmar la sed era estirar la mano
y abrir la puerta. La luz interior me llevaba
hasta la botella de agua fría. Un plato caliente
en el baño, junto al lavabo.
Cuando me afeitaba, el cazo de agua borboteaba
junto al tarro de los granos de café.

Una mañana me senté en la cama, vestido, recién afeitado,
tomando café, aplazando lo que había decidido hacer. Finalmente
marqué el número de Jim Houston en Santa Cruz.
Y le pedí 75 dólares. Me dijo que no los tenía.
Su mujer se había ido una semana a Méjico.
Sencillamente no los tenía. Andaba muy justo
ese mes. “Claro”, le dije, “lo entiendo”.
Y lo entendía. Hablamos un poco
más y colgamos. No los tenía.
Terminé el café, más o menos a la vez que el avión
se elevaba hacia la puesta de sol.
Me volví en el asiento para echar una última ojeada
a las luces de Buenos Aires. Luego mantuve los ojos cerrados
todo el largo viaje de vuelta a casa.

Esta mañana hay nieve por todos lados. Reparamos en ello.
Me dices que no has dormido bien. Te digo
que yo tampoco. Pasaste una noche horrible. “También yo”.
Somos extremadamente cuidadosos y tiernos,
como si percibiéramos el desarreglo mental del otro.
Como si supiéramos lo que está sintiendo el otro. No lo sabemos,
claro. Nunca lo sabemos. No importa.
Es esta ternura lo que me importa. Es el regalo
que me sostiene y me hace avanzar.
El mismo de cada mañana.

 

 

 

Carver, Raymond. Todos nosotros (Trad. Jaime Priede). Madrid; Ed. Bartleby, 2006.

 

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