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CHISPAS (101 MICROCUENTOS)

Amor a la lectura

 

XXXV. VARIEDAD

xxCuando se casó en segundas nupcias todos sus amigos pensaron que repetía el mismo tipo de mujer de la que acababa de divorciarse. Sin duda, los mecanismos inconscientes habían actuado de la misma manera que en la primera elección. Pero él lo negaba tajantemente y aducía que su esposa actual no era rubia como la primera.

 

 

 

XLIV. LA MÁSCARA

xxEn el sueño intentó quitarse la máscara. Tiraba, arañaba, rasgaba. Entonces se dio cuenta de que no era una máscara sino su propia cara. Sólo que él no se identificaba con ella.

 

 

 

XLIX. EL SUEÑO

xxEn la madrugada, en su dormitorio, se oyó una voz como de ultratumba:
-¡No despertarás!

xxPero, si alguien se creía que se iba a inquietar por ello estaba equivocado. A él lo que le gustaba era dormir. Una mueca feliz se dibujó en su rostro al oír aquellas palabras.

 

 

 

LIII. RUPTURA

-¡Sinvergüenza! ‒me dijo.

xxEra una gran avance. Mi futuro suegro nunca me había dirigido la palabra hasta ese momento. Pero cuando entró en el salón de su casa y vio a su hija con la falda remangada casi por completo y con los dos pechos al aire, pensó lo peor y me lanzó el insulto antedicho. Yo, la verdad, no sabía lo que hacer ni lo que decir. No se me ocurría ninguna excusa, como que estaba revisándole un hematoma o algo parecido. Entonces dije lo primero que se me vino a la cabeza. Dije: “quiero a su hija y deseo casarme con ella y que sea mía”.

xxYo, en realidad, ni la quería ni la dejaba de querer, pero pensaba que le debía esta reparación aunque, al hacerla, hipotecara mi vida. Mi futura suegra, que entró en ese momento en la estancia, aprovechó la coyuntura y me dijo que contaba con su bendición si era formal y responsable con su hija. Pero, mi futuro suegro seguía sin apearse del burro.
-¿Este formal y responsable? ‒dijo. Éste lo que es es un indeseable.

xxHubiera podido convencerlo; soy bastante persuasivo y la hija no tenía tantos pretendientes. Pero pensé en qué era lo que podía causarle más daño y creí que serían las recriminaciones de la madre y de la hija (no sé por cuánto tiempo) por no haberme cogido la palabra. Se imponía, pues, una ruptura sin paliativos.
-Es usted un hijo de puta que ha truncado mi futuro ‒dije. Y salí orgullosamente de la casa para no volver jamás.

 

 

 

LXVII. NOCHEBUENA

xxEra Nochebuena, y el anciano, solo en su pequeño apartamento, se sentía sobrecogido por sus recuerdos íntimos: sus padres, ya fallecidos, sus hijos, desperdigados por el mundo, sus amores, de los que ya ni se acordaba. Pensaba en la pobreza del mundo, en las enfermedades o la decrepitud de algunos amigos, y se decía que él era un privilegiado. No es que estuviera bien del todo, pero tampoco estaba rematadamente mal. Tenía comida para esa noche y un techo, pero no se le ocurría llevarse nada a la boca, salvo el güisqui doble que se había servido a media tarde. Hubiera podido quedar con algún amigo y compartir su frugal cena con él, pero a todos les puso como pretexto que estaba invitado esa noche. Lo que quería era estar solo. Quería llorar sin que nadie lo viera. Una Mala Noche la tiene cualquiera.

 

 

 

LXXI. LA TEMPESTAD

xxMi amigo Pedro y yo habíamos salido a dar un paseo en barca como hacíamos algunas tardes. Sin darnos cuenta nos fuimos alejando de la costa, aunque en una ocasión mi amigo, que apenas sabía nadar, me rogó que diésemos la vuelta pues el tiempo parecía empeorar. En efecto, el cielo se ensombreció con rapidez, comenzó a llover de pronto con bastante intensidad y las olas fueron aumentando de tamaño. Pronto la ligera barca experimentó los embates de las agresivas olas, fue remontada a la cresta de una de ellas y volcó. Yo pude reaccionar con presteza y conseguí cogerme a la quilla para salvaguardarme del oleaje, pero Pedro cayó varios metros más allá y gritaba pidiéndome ayuda. Nadé hacia él remolcando la barca, alargué el brazo, y cuando creía que iba a darle la mano me desperté.

xxAl salir del sueño me encontraba bañado en sudor recordando las imágenes que acababa de sentir. Cuando me tranquilicé procuré borrarlas de mi mente y la primera reacción fue telefonear a casa de mi amigo. Se puso su madre que me dijo que estaba preocupada porque Pedro le había dicho que iba a dar un paseo en barca conmigo y tenía miedo de la tormenta que había. Supe de inmediato la peligrosa tarea que me esperaba: tenía que volver al sueño, salvar a mi amigo y luego salvarnos los dos de la borrasca. Sin muchos ánimos, me eché de nuevo a dormir.

 

 

 

LXXXIV. EL ASESINO

xxEscribió un cuento policíaco perfectamente estructurado, lógico, como si fuese un puzzle en el que todos los detalles parecían encajar para que el lector dedujese quién era el asesino. Eran, además, sólo tres personajes, de los cuales uno era la víctima, asesinada en la primera página, con lo cual la resolución del caso parecía simple. No obstante, el cuento acababa sin descubrir al culpable y el autor cortaba por lo sano con la fórmula de que el caso no había podido ser resuelto.

xxPero, para mí, estaba claro quién era el asesino: era el autor del cuento. De hecho, el relato, más que un cuento era una confesión que podía inculpar perfectamente al escritor. Para llevarlo ante los tribunales sólo faltaba un requisito: descubrir el cadáver.

 

 

 

XCVI. LA LLAMADA

xxEstaba solo en la casa y echaba de menos algún cariño. Cogió el teléfono y la llamó.
xx-¡Qué alegría oír tu voz! ‒dijo él.
xx-A mí también me alegra oír la tuya. Llevo un día malo, apenas sí he hablado con alguien…
xx-Echo de menos también el roce de tu cuerpo, tus labios, tus pechos…
xx-Todo eso lo tendrías si estuvieras conmigo. Acabo de salir del baño y estoy solamente con bragas y sujetador que, por cierto, tengo que comprarme otro; el que tengo se me ha quedado pequeño y los pechos parecen querer salirse de la tela. Tengo los pezones muy sonrosados y erectos, quizás por efecto de tu llamada.
xx-Hazme el favor de sacarte una teta y acariciarla en mi nombre.
xx-Que me saque ¿qué?
xx-Una teta; aunque yo no pueda verla me la imaginaré.
xx-Bueno, ya la tengo en la mano, pero apenas sí me cabe de lo grande que es ¿qué hago con ella?
xx-Acaríciala suavemente, pellízcala, retuerce un poco los pezones…
xx-Oye, tengo la obligación de decirte que la llamada telefónica es a un euro el minuto. Me supongo que lo sabrás, que lo habrás leído en el anuncio.
xx-Lo sé, sigue, sigue…

 

 

 

CI. LACONISMO

xxCuando se puso a escribir, decidió extenderse dos o tres páginas sobre el tema. Pero sólo escribió el título ‒”cansancio”‒ y confió en que el resto lo sobreentendería el lector inteligente.

 

 

 

Ayala, José Antonio. Chispas (101 microcuentos). Murcia; Editora Regional de Murcia, 2005.

 

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