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Archive for 11 julio 2015

LOS HELECHOS ARBORESCENTES

Metáfora del FMI

 

Nada glorifica y aurediza a la cultura como la ignorancia. La gloria no está hecha con entramado de lectores cultos, sino con argamasa de ignorantes.

 

 

 

Umbral, Francisco. Los helechos arborescentes. Barcelona; Ed. Argos Vergara, 1980.

 

LA NOCHE DEL INCENDIO

Es este un libro que respira templanza por los cuatro costados. Templanza a la hora de mirar el mundo, o de que el yo poético lo describa. Hay en el libros instantes que poseen ese algo que sube de la tierra/ y que no necesita de palabras/ para existir en el poema. Da igual, Antonio Aguilar les da forma y, no importa que hable de un derrumbe vital o del (re)descubrimiento del amor, con una acertadísima mirada nos muestra que de pronto algo ha cambiado, es algo imperceptible./ Ha cambiado la luz, que es siempre lo primero/ que cambia. El “personaje” que cruza las páginas de este poemario se sienta y con ardid desteje/ los hilos de la vida, también la tela/ de su contrario, pero -se pregunta- ¿cuál es su contrario?
Hay en este libro, que exuda calma a borbotones, magníficos momentos de una gran altura poética. Pero si no fuera así (que repito que lo es), el poema que cierra el libro valdría por el libro entero. Cuánta verdad y cuánta poesía, cuánta verdad poética en esos versos finales.

 

Aquí tienen una pequeña selección del libro.


Antonio Aguilar

 

ES LA MANERA DE GUARDAR EL EQUILIBRIO

La manera en que tiendes la colada
-el pelo recogido,
el olor a café-,
la forma en que te adentras en el bosque
de la ropa tendida. Te deslizas,
fluyes, vas en volandas. Es lo fácil
que parecen las cosas en tus manos,
lo fácil que haces esto o aquello.

Es también la mañana, el patio, los vencejos
sobrevolando la espesura de la noche.

Es la manera de guardar el equilibrio,
mientras el universo gira imperceptible
y tiendes las constelaciones
con apenas un movimiento de tus brazos.

Es la canción que tarareas,
algo más que un deseo,
lo que pone cordura a la mañana,
la manera en la que entras
y con tus manos húmedas
desordenas mi pelo.

 

 

 

 

SEGUÍ LA GUÍA DE LOS ÁRBOLES

Seguí la guía de los árboles
a través de la acera.
Todo estaba tranquilo.
Miré por la ventana.
La casa estaba a oscuras.
Los platos de la cena
se amontonaban en la mesa.
Al final del pasillo
alguien cantaba.

Yo sólo tuve que poner los labios.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LOS GATOS

Nunca pensé que en una vida se pudiera
vivir dos veces. Retornar a casa,
vestir de nuevo las habitaciones,
apuntalar el corazón en el jardín,
decirte buenos días, y que sea cierto,
escuchar esa música que es nueva,
las notas de tus pasos diminutos
a media noche en el pasillo,
decirte amor a ti, de quien apenas sé nada,
amor mío, y que sea cierto.

 

 

 

 

ABRES DE PAR EN PAR LAS VENECIANAS

Me das los buenos días
y abres de par en par las venecianas.
Entra la luz.
A la hora del café
desayunamos luz,
comemos con las manos
sobre un mantel de sábanas y ropas
desordenadas.

Desde la cama me regalas
el ventalle de cedros,
amor, yo con amor te pago,
uso los dedos para rebañar
tu cuerpo.
xxxxxxxxxxApenas hace un rato
era de noche
y estábamos dormidos.

Ahora es esta luz
la que ha traído cuanto deseamos
después de la emboscada de las sombras:

tiendo mis brazos y te toco,
tengo sed y me sacias.

 

 

 

 

HABLA CON LA VOZ DEL CUERPO

Hubo una fiesta en la mañana.
Descalza, con los pies descalzos
por el pasillo, hasta el cuarto de baño.
Toda la casa fría,
menos tu cuerpo,
toda la casa que no era tu cuerpo.

No hay más, me dices.
Tampoco hay menos.
Hay dos cuerpos, hay una cama,
hay ropa en el pasillo.

No hay más. Cierras los ojos. Te acaricio.
El alba huele a noche abierta.

 

 

 

 

HOY HA MUERTO MI ABUELA

Hoy ha muerto mi abuela,
un ser pequeño, exangüe,
horizontal.
Una sábana blanca y una mantilla,
que alguien le regaló en vida,
tapaban su cuerpo enjuto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo estaba hermosa.
No se podría decir que estuviera en paz.
Estaba allí simplemente
a expensas del dolor.

Todos sabíamos que aquel cuerpo
era el cuerpo sin vida de alguien
a quien habíamos amado,
a quien habíamos conocido,
de quien habríamos oído hablar en algún momento.

Observé a través del cristal
su nariz pronunciada por la delgadez extrema,
los pómulos descarnados,
la piel flácida.
Un ser único e irrepetible,
frente a esa masa informe
que poco a poco iba llenando la sala de espera,
diluyendo el dolor
en un dolor compartido en fracciones minúsculas,
en porciones de un pastel de cumpleaños.

Luego en la homilía
al cura le sonó el móvil.
Un hombre obscenamente gordo
que levantaba los brazos
como marcando unas comillas imaginarias
sobre la palabras de dios.

Tan sólo en una ocasión citó su nombre,
y luego habló de un padre y un hijo,
-de Agamenón y de Ifigenia-,
habló de cosas extrañas
que en algún lugar
dentro de muchos años
tendrán sentido,
cuando ya no nos importen,
cosas que se esclarecerán para tener algo que ver
con los que estábamos allí,
con la que estaba allí,
frente al altar,
dentro de la caja cerrada.

No dijo que el dolor era como un eclipse,
que llega poco a poco,
que lentamente da su bocado seco,
que luego se aleja dejando un rumor
de hojarasca pisada,
que es áspero como una cicatriz.

En aquel momento, en mitad de la homilía,
sólo sentí el estómago vacío,
los pies cansados,
nada que ver con mi abuela,
nada que ver con nadie que estuviese allí,

y aún menos con aquel hombre
que miraba la pantalla de su móvil
mientras recitaba los Evangelios
de una memoria aburrida y monótona.

No dijo que el dolor nada tiene que ver
con quien lo provoca,
que el dolor es cosa nuestra.

Más tarde en el coche
me eché a llorar,
me eché a llorar por mi abuela muerta,
mientras sonaba la música
en el coche
de vuelta a casa, solo,
con esa emisora,
escuchando el adagio de la sonata II
para viola de gamba y clavecín
de Juan Sebastián Bach.

Lloré por mi abuela
en el coche
de vuelta a casa, solo,
cuanto no había llorado por mi abuelo,
al que quise con locura,
como el amor que hay entre dos amantes.

Lloré por mi abuelo.
Lloré por mi abuela.
Lloré por mí.
Espacios estancos.
Eso era todo.
Dolor por dolor.

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. La noche del incendio. Madrid; Huerga & Fierro editores, 2015.

 

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL MÓDEM

Tumbada

 

xxxxxVII

Nadie duda que está por todas partes
es el 20% del sistema
hay vídeos mensajes grabaciones
anuncios reportajes hay espías
que buscan pederastas y masocas
hay fotos que avergüenzan nuestra raza
ni siquiera esto es ya lo que parece
Internet ha acabado con el sexo
aquí se vende pero no se hace
aquí se muestra pero no se toca
se habla pero ahí estáis a solas

tu ordenador y tú

nadie te puede ver pero es tan triste
tocarse sin que nadie pueda verte
tus abuelos decían la verdad
vas a quedarte ciego si lo haces
por tanta radiación de la pantalla.

 

 

 

Mora, Vicente Luis. Mester de cibervía. Valencia; Ed. Pre-textos, 2000.

 

GAME OVER

Su auténtica cara

 

ESPIRITUAL

Un cuerpo comprendido es más que un cuerpo:
y nada lo contrario.
Es todo cuanto necesitas, todo,
un cuerpo comprendido, un cuerpo cerca.

Es cuanto quieres, nombra cada cosa,
según su vida, normas o costumbres,
un cuerpo con quien todo fue posible:
hay que cambiar lo incierto en cotidiano.

Un cuerpo es sólo parte de un desnudo,
hay que llegar al nombre que lo habita.
Su piel es una crema contra el tiempo,

ocurre cuando nada existe en sí,
pues nadie se acostumbra a lo distinto:
feliz aquel que puede autoyudarse.

 

 

 

 

YO

Me declaro importante para mí.
Hermosos días en que otros declararon
esto. Ya ni siquiera lo demás.
Porque sabes que toda

cuestión es necrológica, consciente,
personal, inmadura,
honrado lo inmediato
y sin declive nuevo, conocido.

Me gustó pensar lo contrario a veces.
Me gustó cualquier pausa.
No quiero ser anónimo, sino otro.

 

 

 

Pérez Cobos, Raúl. Game over. Valencia; Ed. Pre-textos, 2009.

 

AHORA QUE EMPIEZAN LOS SANFERMINES

Toros matatoreros

 

 

CARLOS MARZAL

Plaza de la catedral

 

POR SI NO LO SABÍAS
xxxxx(Del autor)

Quien escribió estas líneas,
el tipo que ha venido
con su huesos a dar en esta página,
-por si no lo sabías- no es tu benefactor,
no es un filántropo, no siente compasión
por quien ahora le mira más allá de este libro.
Conque ni semejante, ni hermano, ni otras estupideces.
Tiene un arma en la mano y lo que quiere
es descargarla entera en tu cabeza.
(Y eso tampoco significa mucho
para él ni para nadie.) Así que ya lo sabes:
nunca le dés la espalda,
no le profeses nunca gratitud.
Lo que él quiere de ti sólo es tu miedo,
lo que vino a robarte es tu dolor,
a cambio del dolor que él ha sentido.
Y cuando te lo aprendas será tarde.

 

 

 

 

SOMBRAS CHINESCAS

Cuando salimos, espalda contra espalda,
de aquel maldito banco,
y los coches patrulla nos aguardaban fuera;
antes de que empezara
aquel fuego cruzado del infierno
pude verlos allí, por un momento, solos.

En una noche hostil, bajo niebla africana,
al ver cómo el avión se deslizaba torpe
pista del aeropuerto arriba, hasta perderse
-y no era yo quien iba junto a ella-,
creí volver a verlos, al fondo, agazapados.

O cuando mi montura se desplomó, escupiendo
sangre por los ollares, y silbaron las balas
en el Desfiladero de la Muerte,
y estuve convencido de que el Sur
ya no sería el Sur tras esa guerra,
y maldije a los yanquis y juré no rendirme,
en ese mismo instante, los divisé a lo lejos.

Mientras me vaciaba sobre el rostro
de una de las dos negras vestidas de enfermera,
y la otra, endemoniada,
calmaba mi demonio a latigazos,
los observé, espectrales,
un grupo en la tiniebla, sin pronunciar palabra.

Y la feliz mañana en que el Profeta
tendió otra vez su mano sobre el mar,
y aquellas aguas rojas volvieron a cerrarse
y sepultaron carros, ejércitos, escudos.

Y en la playa de Omaha, y a bordo del Nautilus,
y al perseguir a la Ballena Blanca,
y al cantar y bailar, calado hasta los cuernos,
con aquella farola de un callejón sin nombre,
y al morder otro cuello de nácar
y degustar la sangre de mujer londinense…

Siempre frente a nosotros, alineados y mudos,
un bosque de cabezas culpables que nos juzga,
una tropa incapaz, carne de desaliento,
un batallón que busca dar consuelo a sus vidas
a través de las vidas que jamás ha emprendido.
Siempre del otro bando, en la otra orilla,
ellos, los que no actúan,
los que alguna vez piensan
que el precio de su vida es como el precio
que vuelven a pagar por su butaca.

 

 

 

 

EPITAFIO PARA WILLIAM CUTHBERT FAULKNER

xxxxxxxxxxxxxxxxxPara Ramiro Fonte, de Oxford, Mississippi

Aspiró a la holgazanería y la contemplación;
él, que escribió infatigable.
Hizo de casi todo en este perro mundo.
La vida, observada tras su lente de aumento,
aparece siniestra con frecuencia,
un perverso lugar donde sucede
algo que no sabemos explicar ni explicarnos.
Bebió más de la cuenta,
amó, montó a caballo.
Su recuerdo y su prosa
son un puerto, un emblema
y un dique contra ese perro mundo,
para los holgazanes y los contemplativos.

 

 

 

 

JUEGO DE NIÑOS

Cuatro o cinco palabras aprendidas
en la noche del tiempo, siendo niños,
nada más que esas cuatro o esas cinco
palabras aprendidas son precisas,
para nombrar los dos o tres asuntos
que merecen nombrarse en esta vida.

El resto es lo que queda cuando a la poesía
le hemos quitado todo lo que es la poesía.

 

 

 

 

LOS ÁNGELES HERMÉTICOS

xxxxxYa se durmió la sangre vida arriba.
xxxxxSoledad de futuro, sin futuro.

Cuando se nos imponen las palabras,
no siempre hay que saber por qué se imponen
ni hay siempre que saber qué es lo que han dicho.
Hablan en ti de aquello que soñabas,
y más allá de ti sueñan contigo.
Eres culpable de cualquier sospecha
que puedan imputarte por su causa.
Cualquier evocación y cualquier crimen
que no hayas perpetrado en las palabras
son tus evocaciones y tus crímenes.

Es extraño vivir con las palabras,
que aumentan la extrañeza del asunto.
No son como la vida, y la construyen.
No explican su misterio, y lo pretenden.
Quisieran preservarnos, y fracasan.

La voz, en ocasiones, se parece al silencio,
y en ocasiones hablas si estás mudo.
Hay siempre una frontera, y no existe frontera
para hablar de la vida con palabras.

(Este camino lleva a un precipicio.
No avances. Retrocede.
No insistas en la niebla.
Más allá hay dragones.)

xxxxxYa se durmió la sangre vida arriba.
xxxxxSoledad de futuro, sin futuro.

 

 

 

 

LA GLORIA NECESARIA

Es sólo una palabra. Como todo.
Y como todo, como cualquier palabra,
tiene un incierto cuerpo evanescente.
La gloria de tus ojos, la gloriosa
historia incomprensible de los hombres,
y el cielo de los héroes, en la gloria
dormidos para siempre, y otras glorias.

A finales del XX, donde estamos,
hay quien teme nombrar esa palabra.
No son tiempos gloriosos. Ningún tiempo
parece que lo sea. Cualquier gloria
requiere cierto olvido y la distancia.
Habrá quien piense que hablo de la fama,
o que conjuro el éxito, que son
tan sólo una azarosa unión de confusiones.

La gloria, en un poeta, es haber dicho,
con exactas palabras para el dolor del hombre,
algo que lo acompañe en la noche futura,
y que secretamente el hombre lo agradezca.

No temerá la gloria sólo quien crea en ella.
Sólo quien no la tema merecerá esa gloria.
Quien la merezca, sólo, nos hablará en la noche.

 

 

 

 

LA OSCURIDAD DEL BORRADOR

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxOscuro el borrador y el verso claro.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLope de Vega.

Estas palabras aspiran a la luz.
Pero sé que la luz y las palabras
son iluminaciones en la sombra.
Por mucho que refuljan,
por más que nos alumbren,
por más puentes que tiendan en lo oscuro,
las palabras son siempre tenebrosas.
Callan lo que afirman decir,
y a menudo confiesan
lo que dicen guardar bajo secreto.

Tras de cualquier palabra que persiga la luz,
hay noche y hay insomnio,
hay miedo, indefensión.
Eso las ennoblece,
nos las vuelve cercanas, aunque no
les otorga la luz, ni las transforma
en dignas, por eternas, de leerse.

Ahora bien, las palabras
crecen hacia la luz. Deben hacerlo.
Por más oscuro
que sea el borrador de nuestras vidas
y el papel tenebroso que se nos ha asignado,
nuestras palabras deben crecer hacia la luz.

 

 

 

 

LA MATERIA DEL TIEMPO

Tal vez no exista el tiempo -eso dicen algunos.
El presente, tal vez, contenga todo
el futuro que aguarda y el pasado
en donde fuimos otros. Eso dicen.
El tiempo, para mí, que sé que las palabras
son un juego cualquiera con que pasar el tiempo,
está hecho de los rostros de los desconocidos
en andenes, y de lunas de espejos
en donde mi fantasma se detuvo,
de mentiras que no distingo ya de la verdad,
del antiguo dolor, que no ha de ser nombrado,
quienes amé y perdí, derrumbadero abajo,
confusión y derrota, niebla y ruido.
El tiempo es lo que invento para escapar a tiempo.

No sé cómo hay quien piensa que el tiempo no es real.
(Algunos, por hablar, inventan un absurdo demonio,
al que terminan regalando el alma.)

El tiempo no es un sueño, y para demostrarlo
aquí está el mismo tiempo, que convierte
estas palabras y a quien las pronuncie
en carne de un olvido sin remedio.

 

 

 

 

DERIVAS

xxxxxxxxxA Celina, Emilia y Pere Rovira

Vagar por la ciudad sin hacer nada,
en la deriva de una tarde absurda,
es una ocupación como cualquiera,
y que, como cualquiera, nos ayuda
a no entender la tarde, a no entender
esa ciudad, a no entender ninguna
de todas nuestras vidas toleradas.

(El sol ya ha declinado. Por las turbias
aguas de nuestra tarde, cada cual
naufraga en solitario. La locura
tiene un orden, un ritmo y un idioma.)

Nada son las ideas, las lecturas,
las experiencias y las ilusiones
en el sinrumbo de esta singladura.
Ninguna tarde lleva a ningún puerto,
en ningún puerto atraca la fortuna
que no recuerdo bien dónde perdimos,
en la deriva de otra tarde absurda.

Pero ¿quién dijo que las tardes deben
tener sentido? Que yo sepa, nunca
se dijo en mi presencia. ¿Quién ha dicho
que se nos vaya a conceder la música
por la que el mundo gira? ¿Quién ha dicho
que esa música exista y que su pura
melodía redima del dolor?

Las tardes -esta tarde- nos expulsan
del jardín de la infancia. El corazón
no obtiene por moneda la ternura
que alguien le prometía. ¿Y quién nos dijo
que nuestro amor y los jardines duran?
Tener razón es triste, y aún más triste
es que de esa razón no exista duda.

Eso ocurre en la tarde. No se entiende,
pero sucede igual. En la impostura
de la ciudad y de nosotros mismos,
el corazón y el mundo con su música
y el amor y la infancia y sus fantasmas
y el jardín y el dolor y la ternura,
se pierden vida abajo, a la deriva,
rumbo a una noche un poco más absurda.

 

 

 

 

LA EDAD DEL PARAÍSO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA César Simón

Supongamos que exista -argumentaste-
ese lugar que el hombre ha ambicionado,
desde que al primer hombre le ofendió
la luz, que se perdía; el tiempo, que no vuelve;
la belleza, que exalta, pero que no apacigua;
o la felicidad, que, aunque la merezcamos,
parece inmerecida; ese lugar que es suma
de todas nuestras cuentas pendientes con la vida,
ese lugar en donde
los días no nos dejan su rencorosa huella,
y todo allí es ameno, y se escucha la música,
y no hay cuerpos enfermos, ni hay tentación
ni hay fieras.
xxxxxxxxxxxxSupongamos.

Vayamos más allá. Imaginemos
-y es mucho imaginar-
que se te concediera la ocasión
de acceder a ese llámalo Cielo,
o Arcadia, o Nolugar,
o Tapiado Jardín, o Paraíso,
y que fueses capaz de permitirte
-y que te permitieran
escoger tú la edad con que vivir,
o, más exactamente, perdurar,
en esa paz ajena al rapto de esta vida.
Supónlo.
xxxxxxxxxImagínatelo,
y dime ¿con cuál de las edades
de toda nuestra edad desearías
habitar para siempre el Paraíso?
¿Querrías regresar a la inocencia
tenaz y sostenida de la infancia,
en donde fuimos dioses y demonios
al tiempo y sin saberlo?
¿O volver a arriesgar en la estación violenta
llamada juventud, que nos abrasa
sólo con pronunciarla? ¿No te hechiza,
acaso, el equilibrio de la mediana edad,
cuando lo que ya sabes,
cuando lo que te queda por conocer aún,
ni te arrebata el sueño ni te aflige?
¿O por qué no escoger la carta venerable
de una vejez ya de vuelta de todo:
la madurez ingrata,
la juventud candente, la infancia sin memoria?

Me dejó sin aliento la pregunta,
y no por lo intrincado de su formulación,
tampoco por su tema, aventurado, abtruso,
sino por el momento en que la realizaron:
estábamos bebiendo, y la noche fluía,
por entre la terraza de aquel bar,
igual que un río en paz con su conciencia.
(La buena educación no nos permite
colocar a la gente en aprietos nocturnos,
sugerirle que ordene la vida, el universo,
en una improvisada  charla de café.)
Salí del paso con un par de bromas
y el fluir de la noche prosiguió hacia su nada.
Sin embargo, hoy regreso
hasta aquella reunión y sus preguntas,
no sé si por un caprichoso azar de la memoria,
o si porque contraje esta pequeña deuda,
para conmigo mismo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxSupongamos.

¿Qué es ese Nolugar,
ese Jardín, Qué es ese Paraíso?
Parece en los relatos
un limbo insoportable de fantasmas,
un lugar en el cual no existe la inquietud,
porque no existe nada de lo cual inquietarse.
Y, dime, en ese caso,
¿a qué viene desear otra infancia,
una sabia vejez? La juventud candente,
dime, ¿a quién le importa?
Ahora bien, si ese Cielo,
fuese un trasunto nuevo de esta vida,
una nueva ocasión donde enmendar
nuestro propio fracaso, en el fracaso
total de la existencia; otro momento,
para poder decir lo nunca dicho,
otra noche en su cama hasta matarnos,
otro viaje, otro trago y otro precio,
ya veis, a fin de cuentas, otra vida
sin fin y sin castigos; en ese caso, pues,
poco me importa volver para ser niño
otras mil veces más, o regresar
como cualquier anciano, como un joven sin tregua,
porque regresaría incluso como un perro
tirado en la basura.

Pero de lo contrario no contéis conmigo,
pasad la página, apagad la luz,
conceded mi rincón a quien quiera ocuparlo,
y a mí perdedme luego,
en ese otro lugar en donde nada existe
y que es más viejo aún que el Paraíso.

 

 

 

 

LLENO DE RUIDO Y FURIA

En otra esquina más del laberinto,
una cualquiera, en otra arruga más
de la desfigurada cara de este mundo,
nuestros pasos se cruzan sin saberlo.

Alguien pierde la historia de su historia,
por no pararse a tiempo en un escaparate,
mientras, al otro lado de aquel mismo cristal,
alguien ya se ha dolido
de una definitiva carencia incomprensible.
En una calle anónima, un sujeto en la sombra
nos perdona la vida, después de haber pensado:
Hoy has vuelto a nacer, hijo de puta,
y el caminante próximo es la víctima.
Una voz al azar en un transporte público
no sabe, compungida,
explicarse por qué alguien sobre el que habla
estuvo en un lugar que jamás frecuentó,
en el instante exacto en que estalló la bomba.
Un teléfono suena,
en la casa vacía suena y suena,
y quién sabe qué vidas ya se han precipitado
en quién sabe qué pozos
de qué impensable noche.

A veces he querido
traducir ese rostro con expresión idiota
con que el mundo nos mira y lo miramos,
y termino contándome, idiota, alguna historia,
cuyo humor no he aprendido a traducir aún.
Ya saben: el coche mortuorio,
parado a nuestro lado, en el semáforo,
en el centro de un día que esplende, indiferente.
O aquella, tortuosa, de hospital:
un tipo muy contento, tras un feliz diagnóstico,
entra en un ascensor donde alguien llora.

 

 

 

Marzal, Carlos. Los países nocturnos. Barcelona; Ed. Tusquets, 1996.

 

LOS PAÍSES NOCTURNOS

Carlos Marzal

 

DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

Todo lo que ha empezado ya no importa,
lo que estrené dejó de interesarme,
regalos abiertos de nuestras ilusiones,
inocencia perdida a quién le importa cuándo.
El principio es el fin, y cualquier medio
para empezar de nuevo nos es lícito.
Las palabras se agotan al pensarlas,
los libros se terminan en sus títulos,
qué cansancio insistir, nos han anticipado
cuál será el desenlace de la trama.
No hay posible sorpresa, y lo que nos aguarda
son unos aburridos minutos de basura.

 

 

 

 

SANGRE JOVEN

Quiero tu sangre joven, que es querer
todo lo que la vida aún no ha podido hacerte.
De lo que me alimento
es de esa inútil sangre esperanzada,
de cuanto sé que ignoras hasta hoy,
y que más nos valdría que no supieses nunca.
De esa manera, por obra de tu sangre,
creo en lo que no creo, y olvido lo que sé
que te ha de suceder. Quiero esa risa
que aún no ha tenido tiempo de hacerse más prudente,
de pensarse dos veces si reír
es celebrar el mundo o lamentar su estado.
Envidio el que no hayas vendido
ninguna alma al diablo, y que bailes con él
a la luz de la luna, a veces, sin conciencia.
Juego contigo, porque no sabes reglas,
ni tan siquiera las de tu propio juego,
y mientras las aprendes
soy el que ya no soy desde ya no sé cuándo.
Quiero la impunidad con que te entregas
a la tarea de vivir la vida,
sin paz, sin horizonte, sin infierno,
que son el argumento de las vidas ajenas.
Viéndote hacerlo, se diría
que desconozco todo lo que conozco.

Así es tu sangre.
xxxxxxxxxxxxxxxYa sabes lo que busco.
Qué tristeza que el tiempo, o yo, o tú misma
tengamos que matar, en ti, toda tu sangre.

 

 

 

 

EL ANIMAL DORMIDO

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxA Luis García Montero

Has llegado en la noche,
como otras tantas noches,
hasta la casa apuntalada en sombras.
La puerta ha clausurado el alba amenazante,
y, tú mismo una sombra, te desvistes
con las voces aún y el sabor de esa noche
hurgando en la memoria.

La habitación todavía es más ciega,
y la invade, corpórea,
la familiar tibieza de una niebla invisible.
Has tumbado tu noche, tu cansancio y tu cuerpo,
junto al cansado cuerpo de su noche.
Quién sabe qué fantasmas la estarán visitando,
con quién departirá
en la hora puntual de los demonios,
por qué tierras salvajes de los sueños
andará extraviada y sin echarte en falta.
Toda la suma de casualidades,
de planes no cumplidos,
de rutas postergadas, de incertezas,
y que llevan por fin hasta esta noche,
resulta un laberinto incomprensible.

Mientras rumias un violento deseo,
ella duerme a tu lado,
flota sobre las aguas del lago de la noche,
ajena a tus preguntas sin respuesta,
y su respiración, en esas aguas,
es el fiel testimonio de que hay vida,
de que aún no te has ahogado.

Qué está ella haciendo aquí,
qué estoy haciendo.
El lago no responde desde sus aguas frías.
No creo que mañana obtenga la respuesta.
Mientras tanto,
ya me he acercado al animal dormido,
su orilla me ha abrazado,
y sin más tiempo para pedir ayuda
nos hemos ido al fondo de la noche.

 

 

 

 

LA LLUVIA EN REGENT’S PARK

Debe de estar lloviendo en Regent’s Park.
Y una suave neblina hará que se extravíe
la hierba en el perfil del horizonte,
los robles a lo lejos, las flores, los arriates.
Pausada, compasiva, descenderá la lluvia
hoy sobre el corazón de la ciudad,
su angustia, su estruendo,
sobre el mínimo infierno inabarcable
de cada pobre diablo.
Igual que aquella tarde en la que fui feliz,
igual que aquella luvia
que me purificó, caritativa.

En las horas peores,
cuando el desierto avanza,
y no hay robles, ni hay hierba, cuando pienso
que no saldré jamás del laberinto,
y siento el alma sucia,
y el cuerpo, que se arrastra,
cobarde, entre la biografía,
la lluvia, en el recuerdo, me limpia, me acaricia,
me vuelve a hacer aún digno,
aún merecedor
de algún día de gloria de la vida.
La amable, la misericordiosa,
la dulce lluvia inglesa.

 

 

 

 

LA MAGIA DE LOS DÍAS

La magia de los días no se encuentra
oculta en la excepción de nuestros días mágicos.
La magia no reside en las ciudades
que, mágicas, preserva la memoria,
porque en ellas vivió nuestro fantasma
y, en aquel tiempo ardido, ardió feliz.
No has de buscar la magia de tus días
en la noche feroz y su embeleso,
en citas victoriosas,
en batallas de cama hasta crucificarte.
La magia, en la aventura, es transparente,
y no hay que ser un mago para verla.
Las mañanas radiantes, los caballos,
los barcos que se pierden en la bruma
son mágicos por sí.

A través de los días, es casi imperceptible
la magia de los días. Vive en lo rutinario,
monótona y sin voz entre lo oscuro.
Lo mágico consiste en proseguir
con la respiración, aliento por aliento,
en la perseverancia que nos mantiene en pie,
en la conciencia absurda que nos muestra
como una inútil pieza prescindible
del engranaje absurdo de este mundo.

Es mágico el afecto renovado
que algunos nos profesan, y permite
distraer por instantes
el curso, enfurecido, de la vida.

Recuérdalo a menudo
-y recordar es mágico-:
recuerda que tus días
se esfumarán al fin entre tus dedos,
como por arte de una magia negra.

 

 

 

 

OMNIA SECUNDUM LITEM FIUNT

Contra nosotros mismos, y contra la idea
que de nuestro demonio hemos formado,
para que de él se sirvan los demás,
para que nos sirvamos. Contra la vieja sangre
que quiere destruirte. A contratiempo,
contra el tiempo, que ya se ha terminado
aun antes de empezar. Y contra las inútiles
lecciones del dolor. Contra el azar ya escrito,
inapelable. Y contra la ciudad de las ciudades,
que es la ciudad del alma. Contra lo que ahora olvido,
contra lo que podría recordar y contra
el fracasado propósito de esta enumeración,
que es encerrar el mundo.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxTodo es contienda,
todo nos duele y ya nos abandona,
y todo permanece y es lo mismo.

Salvar la piel un día es un milagro.

 

 

 

 

LA FIEBRE

Fue demasiado tarde desde siempre.
La bala de tu muerte está en camino.
No te ilumina el sol que te ilumina.
Ya has vuelto de los viajes no emprendidos.
Principio y fin están igual de lejos.
El orden y el desorden son lo mismo.
Debajo de la tierra sientes vértigo.
Esta calle te lleva a ningún sitio.
De lo que nunca has hecho tienen pruebas.
La fiebre es un certero sinsentido.

Anochece. Es de día. Y todo esto
otros, mucho mejor, ya lo han escrito.

 

 

 

 

CAUTELA

Tu infierno aún tiene un escalón no descendido.
Hay muertes que no has muerto todavía.
Por poco que imagines, si imaginas,
sabes que no has llegado tarde al infortunio.
Las fuentes del dolor no se han secado.
En el ojo del miedo aún hay más miedo.
Ni los tuyos ni tú estáis a salvo ahora
de todo lo que fuera está aguardando.
Aún puede hacer más frío. Aún hay más noche
dentro de la noche, y el desierto
se renueva detrás de aquel desierto.

 

 

 

 

EL SUR IRREPARABLE

Todos los sures adonde no has viajado
ya no serán el Sur, aunque los veas,
porque no has sido nunca,
a este lado de ti y en este espejo,
esos otros viajeros de ti mismo.
Y el Sur al que viajaste no es el Sur
adonde tú has viajado: se quemó
con lo que pudo ser y lo que ha sido.

Una idéntica hoguera de fuego irreparable
consume el desconcierto: hay mil caminos
por cada uno de los que emprendiste; hay mil noches
por cada noche memorable tuya; hay mil palabras
por las que tú has callado y las que has dicho;
hay mil rostros perdidos
por cada rostro que recuerdes hoy,
y ya no existe arreglo para nada,
ya nadie puede desandar los rostros,
o desdecir las noches,
o desencaminar cualquier palabra.

A este lado de ti y en este espejo
todo lo que sucede es para siempre,
todo lo que sucede es en el Sur.

 

 

 

 

DESPUÉS DE LAS NOTICIAS DE SU MUERTE
XXXXXXXXXX(J.G. de B.)

xxxxxxxxxxxxxx¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxL.C.

Qué curiosa, cuando muere un poeta -es decir,
cuando termina el tiempo del hombre que trazó
los versos de un poema que no muere en el tiempo-,
qué curiosa y qué estúpida
la forma en que la tribu lo despide.

Toda la estupidez habitual y la curiosidad
aumentan en su caso. Pues a quien los demonios
quieren perder, hoy día, no le otorgan desdicha,
ni amor insatisfecho, ni amor correspondido que se apague,
sino que lo convierten en carne de periódico.
Lo peor de la muerte no es nuestra muerte misma,
sino que nuestra muerte sea noticia
a juicio de unos cuantos. Quienes todo lo ignoran,
pero de todo escriben,
remueven las cenizas de no importa qué muerto,
en nombre de un deber para con sus lectores,
que nadie solicita. Esos que nunca leen, esos mismos
que piensan que un poema es la efusión de un tipo
que contrajo fiebres del sentimiento siendo joven,
en ciertas ocasiones -con cadáver por medio, si es posible-,
se descubren como incondicionales de la Literatura,
que escriben con mayúscula.

Toda la estupidez, repito, se acrecienta en su caso.
Por si no fuera poco el castigo diario
del diario papel de los periódicos, algún antiguo amigo,
antiguo compañero de aquel antiguo viaje,
aprovechó el momento para corroborar lo ya sabido:
que sólo los cobardes atacan a los muertos,
y que la estupidez es para algunos
el único caudal que atesoran los años.

Después de las noticias de su muerte,
su muerte era noticia -parecía-, a pesar de su obra,
y no gracias a ella. Al fin y al cabo, sólo su enfermedad,
o su reputación de bebedor, o lo que fornicaba,
interesaron a la gran mayoría a quien nada interesa.

De esta crónica extensa se desprende
-querría desprenderse- un deseo futuro,
que quizá algunos cuantos sí compartan,
aunque no todos tienen derecho a compartirlo.
No ayuda a bien morir, sino a no ser estúpido
en la muerte de otros.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxCuando muera un poeta
-es decir, cuando termine el tiempo
de quien trazó unos versos que al tiempo sobreviven-,
quienes lo conocieron,
pero no lo apreciaban, que callen y demuestren
el respeto que a los muertos se debe;
que sus viejos lectores agradezcan
la eternidad privada de su propia memoria;
y que el resto, es decir, casi todos,
nos hagan el favor de estar callados,
pues, si algo necesitan los poetas
-y los poetas muertos siguen siéndolo-,
es que se callen en las ocasiones
los que siempre callados estuvieron.

Y para terminar, que quien dio pie a estas líneas
pueda gozar en muerte lo que la muerte debe
tener de recompensa:
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxno escuchar a los vivos,
incluida esta crónica.

 

 

 

Marzal, Carlos. Los países nocturnos. Barcelona; Ed. Tusquets, 1996.

 

LAS LUCES NÓMADAS

Fumando en el puerto

 

Es este un libro en el que podemos ver una lucha (dialéctica dirían algunos pedantes) entre el recuerdo propio y el olvido ajeno impuesto por una enfermedad.

Si tuviera que resumir el prólogo de Jenaro Talens diría que siguiendo la clara diferencia entre los dos estatutos que puede adoptar la memoria establecida por Paul Ricoeur, este libro se inscribiría en el recuerdo (en contra de la rememoración), ese proceso de invención sin argumento lineal, sino de imágenes fragmentadas, flashes de perfiles borrosos que surgen y se articulan según una lógica similar a la de los sueños y que ne psicoanálisis se conoce como “asociación libre”. El hecho de escoger este camino sintomatiza el hecho del tránsito, no la búsqueda de un origen ni de una finalidad y adopta, por lo general, como hilo conductor, no ya un argumento cerrado, sino un explícito deambular, una suerte de viaje iniciático de alguien que como afirmaba el poema de Teodor Roethke, “aprende mientras camina adónde ir”.
La pluralidad del libro define claramente la inexistencia de un centro y se apoya en la fragmentariedad como sistema, haciendo que el yo del poema bucee para construirse una contingente, precaria y cambiante identidad.
Paul de Man, tal y como resumía uno de sus más lúcidos comentaristas, Wlad Godzich, “opone la oscuridad inmediatamente aprehensible de lo sensible a la eventual claridad de lo inentiligible y, sin embargo, hace de la primera la condición y el medio de acceso a la segunda”. El éxito de la lectura depende, por ello, en gran medida, de las capacidades de quien lee. “No se trata de des/cifrar lo aparente mediante códigos compartibles y genéricos para desvelar lo que está oculto, sino de partir de una matriz diferente cuyo modelo sería el relámpago. Y es que no es el relámpago mismo lo que deseamos ver, sino lo que su destello revela, la configuración interna del entorno circundante y las fuerzas en juego en su interior. El ojo permanece atento a la oscuridad, sabiendo que guarda un secreto que el destello revelará. El destello no es el secreto, sino la oportunidad del momento en el que todo queda expuesto a la luz -la recompensa por mirar en la oscuridad”.

De ahí que los primeros versos que utiliza el poeta en este ‘Las luces nómadas’ sean: La luz se amortece en la palabra luz,/ se enturbia en el poema, se opaca/ en su abstracción untuosa: el ideal.

 

Y aquí tienen una selección de poemas del libro.

 

MUESTRARIOS

Hay objetos en los que nos vaciamos
-el tacto como una brecha o una herida
de fluir lento o presuroso-
y se nos queda el ánimo en un asa,
en la empuñadura de una costumbre.
Hay objetos oportunistas, leves,
que sólo crecen con el uso
como el cuchillo que desvista la fruta
y vacía después la cuenca de unos ojos.
Hoy otros objetos, sin embargo,
que nadie acoge, que están -y es suficiente-;
objetos que nos incardinan sin sernos nada.
Pero nunca hubo hombre que no se soñase
en cada una de las cosas que usara.

 

 

 

 

PECERA

Una gigantesca copa de vidrio
en un estante del mueble. Dentro,
dos pececillos como mermados
terrones de azúcar, aún no disueltos,
ingrávidos en un agua definitivamente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesanimada.
Acerco los ojos al cristal
y empieza a trasvasarse en ellos
ese fatalismo de los peces cautivos…

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora, treinta años después,
siguen los peces dentro de mis ojos,
languideciéndome.

 

 

 

 

MERCADO INMOBILIARIO

Siguiendo una de esas ancestrales tradiciones
subiremos a un pequeño altillo
donde unos abuelos previsores habrán guardado
-con el tesón del olvidadizo o del coleccionista-
un cuaderno de extraños garabatos,
un plumier, una cometa de colores vivos,
ropa inefable para días de celebración,
una bolsa de hilo con canicas, ya pocas
porque acaban rodando hacia no se sabe dónde,
un balón descosido, un garaje
con coches de bomberos y ambulancias,
el dibujo de familia feliz con perro,
las revistas de moda de la época
donde nuestros ojos descubrieron un escote,
un paraguas hurtado a no se sabe quién,
algunas zapatillas desparejas,
y esas muñecas de pubis inútiles, angelicales…
Así apunta la tradición que debe ser
un encuentro feliz con el pasado,
pero las razones del mercado inmobiliario
nos dejaron sin altillos, ni arcones,
ni abuelos tampoco en nuestras casas,
y lo que es peor, nos devolvieron la infancia
aferrada a unas pocas fotografías
y con el miedo inconfesable a un último desahucio.

 

 

 

 

LLUVIA CON NIÑOS

La lluvia humilla a los adultos,
los hace claudicar y encorvarse
bajo palios negros. Corren
entornando los ojos y, azorados,
recogen el alma y la guarecen
en alguna estancia seca
pero lóbrega.
xxxxxxxxxxxxLos niños van a la lluvia,
se abrazan a ella con el alma entera
en las manos. Levantan la mirada
hasta el útero mismo de la nube.
Así la poesía: el niño. El agua.

 

 

 

 

UN PASEO

Si llueve, el cuerpo se confirma.
El cuerpo, si llueve, se adhiere al paisaje,
se hace grumo. Acecho a las jóvenes
bajo el agua. Empapadas y felices
recobran el brillo del barro original.

 

 

 

 

RECUERDO CON TRUCHAS

Volver a la infancia es abrir puertas antiguas
o, con la mano y alguna esperanza de antes,
remover muebles, fisgar sin moderación
en armarios, baúles, cobertizos, alacenas;
reasignar imágenes a algunos olores que resisten,
andar descalzo, reorganizar las fotografías
con el riguroso e infalible criterio del capricho,
reparar el paisaje dentro del marco de una ventana y
buscar entre las ollas y los cazos el sabor de la ternura.
…Pero, en mi caso, volver a la infancia es otra cosa.
Es reinventar una casa derribada al borde de una acequia,
un invierno aniquilador, mi madre volcada sobre el frío,
el dolor con la mano en alto y sólo, en verano,
xxxxxxxel río, el río con sus truchas.

 

 

 

 

NIÑOS Y RÍO

El recuerdo siempre es mítico, pensé
mientras mirábamos el río. El agua soltaba
sus lenguas heladas entre las piedras. Os dije:
el filósofo se equivocó y reconozco esta agua
en la de entonces. Corre en circuito cerrado,
como nuestra sangre. Si levanto una piedra,
quizá salte un destello y huya un pez y sea distinto,
pero el agua reconocerá mi tacto y se dejará llevar.
Hermanos, rehagamos el dique en medio del cauce.
Se lo debemos a los niños que fuimos. Y nosotros,
que seremos ya ellos, chapotearemos en el agua
desde sus cuerpos menudos, niños felices.

 

 

 

 

INTERIORES CON NIEVE

Nieva tan blandamente que es triste observar
la agonía de los copos sobre el barandal.
Mi madre cuelga la ropa recién enjuagada
sobre los respaldos de las sillas del comedor
mientras nosotros miramos con desencanto
la extinción de una alegría: un paisaje
de nieve torpe, derrotada al fin.
Mi madre excomulga el dolor -ya antiguo-
a tiro de animal terco. Sus ojos dejan,
a veces, frágiles carámbanos sobre las cosas.
Con el tiempo he sabido que, como la nieve,
los recuerdos de mi madre iban a hacerse
de la misma blanda, triste, rendida transparencia.

 

 

 

 

AQUÍ, NO IMPORTA QUIÉN

Escribir sobre tu enfermedad
me lleva a hablar del amor.
Lo voy a hacer esta vez
para que sirva de precedente
y el delirio que ha de venir
se encuentre un camino minado
de palabras y unas cuantas certezas
y tenga que pactar algunas servidumbres.
Demencia, aquí me tienes.
Afina tu ingenio
si pretendes una humillación más onerosa.

 

 

 

 

LA VIDA JUSTA

Otoño en un julio sombrío.
Chascarrillos de leña en mayo.
Las moras maduras bajo el puño de febrero.
En un solo día, todas las estaciones.
¡Pasa todo tan deprisa ahora
que casi no me doy cuenta, hijo! -me dices
con un enfado inapelable.

 

 

 

 

EL CUERPO

Para hacerte oír o, quizá, oírte en ti
entre el silenciado desamparo
en que te dejó el abandono de tu padre
hiciste del cuerpo un púlpito
y en él congregaste tantas voces distintas
con los años…
Hablaron sin orden establecido
pero sin atropellos: la mentira, el dolor, la ternura,
el miedo, la ira, la ilusión,
la otra que inventaste, la que te inventamos,
el sentimiento retórico, la rutina,
la que no supo qué decir, y la que
-en los espacios vacíos de las palabras-
lo dijo casi todo.

Ahora,
no te queda más que esta alma y está muda.

 

 

 

 

VEJEZ

Te veo llegar del mercado
siguiendo la firme línea de la costumbre,
pero esta vez los árboles parece
que te cargan sus sombras más pesadas.
Te miro y me duele el arco de tu espalda.
Nunca antes en tus ojos claros
había visto caer piedras tan hondamente
y en silencio. Los años te han abierto pozos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcasi sin fondo.

 

 

 

 

NICHO

Mi madre viene a adecentar el mármol;
esa es su idea del Día de Difuntos.
Trae un trapo blanco de algodón
y una botella de cristal con agua limpia.
El nicho está alto, en un tercer piso,
y se requiere apostar una escalera.
(Aunque te costase un paso más llegar a Dios,
mejor hubiera sido a ras de tierra, padre).
Subo yo y con el trapo húmedo froto
a conciencia mientras mi madre les explica
confusas historias a sus nietos y mira, de reojo,
si consigo sacarle el brillo que se merece.
Las papeleras del cementerio rebosan
de ramos putrefactos y celofanes y alguna lágrima
del Día de Difuntos de hace un año.
Volvemos a casa y durante todo el trayecto
mamá apenas dice nada. Nuevamente ha envejecido.
En la cocina, sigue limpiando la encimera.

 

 

 

 

TU MUERTE

He pensado en tu muerte
y un resquicio de luz
te ha iluminado el gesto.
¿Me has oído, madre, el pensamiento?
He pensado en tu muerte
como un paisaje conocido y feliz
aunque no sepa situarlo con exactitud.
Y yo te llevaba de la mano.

 

 

 

 

SÍNTOMA

Quizá porque nos has amado
y el amor siempre arde en lo que ama,
ahora nuestra tristeza huela a humo.
O porque necesitamos volver a creer
en el poder fertilizante de la ceniza.

 

 

 

 

TRASLADO

Vacía la casa y liberada de las últimas servidumbres
se convierte, otra vez, en territorio propicio
para nuevas invasiones. Colonizan hordas de luz
las pequeñas patrias que creó la costumbre,
nuestros rincones privados, pero también aquellos que pactamos
cederles al miedo o al placer o a la desidia.
Nada está escrito. Nada hay, pues, que deba respetarse.

 

 

 

 

TE HE DICHO

Te he dicho que esto de vivir es tan sencillo
como aprender a leer la soledad sin altibajos
-con la voz media y clara de la aceptación-
diciéndola primero a los amigos, después a la mujer,
a los hijos, diciéndola así, como te digo ahora
que el jarrón de las begonias está mejor sin flores
y que un día de estos arrinconaré los cuadros
y me pondré a pintar, ya sin prisas, las paredes.

 

 

 

 

PÁJAROS

Me gustaría ver el vuelo del pájaro
pero sin el pájaro;
la línea melódica del ala
pero sin el ala, sin el aire
hendido suavemente por el ala,
sin el cielo tampoco
en el que se cuelga el aire
del que os hablo.
Ver sólo el vuelo desde dentro
empujado -debe ser la única manera-
desde el sueño obcecado del pájaro.

 

 

 

 

UN POCO DE ORDEN

Me resulta muy difícil empezar un poema
cuando no he dado por acabado otro anterior
y está aquí, a la intemperie, con la pulpa
expuesta al inmisericorde abandono.
Pero si por algún motivo quiero o debo hacerlo,
intento escribir en un lugar distinto,
mirando hacia otro lado,
incluso pruebo algunas modificaciones
en los rituales de invocación,
pero casi nada resulta -o muy pocas veces-
porque llega a los nuevos versos
un tufo de fruta pudriéndose,
de enfermo terminal en la habitación contigua.

 

 

 

 

LA PALABRA

Presto atención a alguna letanía de ecos antiguos.
Cierro los ojos para que nada me distraiga
ni me ate esta luz a un puñado de evidencias.
xxxxxxEl ojo esclaviza, nos somete.
Persigo voces como quien descansa las yemas de los dedos
sobre la piel del agua queriendo adivinar el balbuceo
de aquel pez que ya no existe, pero sin duda estuvo.
Su reflejo aún pervive entre las piedras como una pulsación,
una descarga eléctrica dulcísima.

Por eso cierro los ojos y miro en las palabras lo que la realidad
se niega a decir de otra manera, la historia que se amontona
en los objetos con solo invocarlos, nombrarlos, escribirlos.
En las palabras,
la realidad alcanza su mayoría de edad sobre la tierra.

 

 

 

 

LEGADO

La posteridad está siempre en obras:
cerrada por inacabables reformas
o por liquidación de existencias
o cambio de orientación del negocio.
Por eso resulta mejor no dejar nada,
que nada se extravíe entre el desorden.

 

 

 

Martínez Serra, Esteban. Las luces nómadas. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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