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LA NOCHE DEL INCENDIO

Es este un libro que respira templanza por los cuatro costados. Templanza a la hora de mirar el mundo, o de que el yo poético lo describa. Hay en el libros instantes que poseen ese algo que sube de la tierra/ y que no necesita de palabras/ para existir en el poema. Da igual, Antonio Aguilar les da forma y, no importa que hable de un derrumbe vital o del (re)descubrimiento del amor, con una acertadísima mirada nos muestra que de pronto algo ha cambiado, es algo imperceptible./ Ha cambiado la luz, que es siempre lo primero/ que cambia. El “personaje” que cruza las páginas de este poemario se sienta y con ardid desteje/ los hilos de la vida, también la tela/ de su contrario, pero -se pregunta- ¿cuál es su contrario?
Hay en este libro, que exuda calma a borbotones, magníficos momentos de una gran altura poética. Pero si no fuera así (que repito que lo es), el poema que cierra el libro valdría por el libro entero. Cuánta verdad y cuánta poesía, cuánta verdad poética en esos versos finales.

 

Aquí tienen una pequeña selección del libro.


Antonio Aguilar

 

ES LA MANERA DE GUARDAR EL EQUILIBRIO

La manera en que tiendes la colada
-el pelo recogido,
el olor a café-,
la forma en que te adentras en el bosque
de la ropa tendida. Te deslizas,
fluyes, vas en volandas. Es lo fácil
que parecen las cosas en tus manos,
lo fácil que haces esto o aquello.

Es también la mañana, el patio, los vencejos
sobrevolando la espesura de la noche.

Es la manera de guardar el equilibrio,
mientras el universo gira imperceptible
y tiendes las constelaciones
con apenas un movimiento de tus brazos.

Es la canción que tarareas,
algo más que un deseo,
lo que pone cordura a la mañana,
la manera en la que entras
y con tus manos húmedas
desordenas mi pelo.

 

 

 

 

SEGUÍ LA GUÍA DE LOS ÁRBOLES

Seguí la guía de los árboles
a través de la acera.
Todo estaba tranquilo.
Miré por la ventana.
La casa estaba a oscuras.
Los platos de la cena
se amontonaban en la mesa.
Al final del pasillo
alguien cantaba.

Yo sólo tuve que poner los labios.

 

 

 

 

CANCIÓN DE LOS GATOS

Nunca pensé que en una vida se pudiera
vivir dos veces. Retornar a casa,
vestir de nuevo las habitaciones,
apuntalar el corazón en el jardín,
decirte buenos días, y que sea cierto,
escuchar esa música que es nueva,
las notas de tus pasos diminutos
a media noche en el pasillo,
decirte amor a ti, de quien apenas sé nada,
amor mío, y que sea cierto.

 

 

 

 

ABRES DE PAR EN PAR LAS VENECIANAS

Me das los buenos días
y abres de par en par las venecianas.
Entra la luz.
A la hora del café
desayunamos luz,
comemos con las manos
sobre un mantel de sábanas y ropas
desordenadas.

Desde la cama me regalas
el ventalle de cedros,
amor, yo con amor te pago,
uso los dedos para rebañar
tu cuerpo.
xxxxxxxxxxApenas hace un rato
era de noche
y estábamos dormidos.

Ahora es esta luz
la que ha traído cuanto deseamos
después de la emboscada de las sombras:

tiendo mis brazos y te toco,
tengo sed y me sacias.

 

 

 

 

HABLA CON LA VOZ DEL CUERPO

Hubo una fiesta en la mañana.
Descalza, con los pies descalzos
por el pasillo, hasta el cuarto de baño.
Toda la casa fría,
menos tu cuerpo,
toda la casa que no era tu cuerpo.

No hay más, me dices.
Tampoco hay menos.
Hay dos cuerpos, hay una cama,
hay ropa en el pasillo.

No hay más. Cierras los ojos. Te acaricio.
El alba huele a noche abierta.

 

 

 

 

HOY HA MUERTO MI ABUELA

Hoy ha muerto mi abuela,
un ser pequeño, exangüe,
horizontal.
Una sábana blanca y una mantilla,
que alguien le regaló en vida,
tapaban su cuerpo enjuto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxNo estaba hermosa.
No se podría decir que estuviera en paz.
Estaba allí simplemente
a expensas del dolor.

Todos sabíamos que aquel cuerpo
era el cuerpo sin vida de alguien
a quien habíamos amado,
a quien habíamos conocido,
de quien habríamos oído hablar en algún momento.

Observé a través del cristal
su nariz pronunciada por la delgadez extrema,
los pómulos descarnados,
la piel flácida.
Un ser único e irrepetible,
frente a esa masa informe
que poco a poco iba llenando la sala de espera,
diluyendo el dolor
en un dolor compartido en fracciones minúsculas,
en porciones de un pastel de cumpleaños.

Luego en la homilía
al cura le sonó el móvil.
Un hombre obscenamente gordo
que levantaba los brazos
como marcando unas comillas imaginarias
sobre la palabras de dios.

Tan sólo en una ocasión citó su nombre,
y luego habló de un padre y un hijo,
-de Agamenón y de Ifigenia-,
habló de cosas extrañas
que en algún lugar
dentro de muchos años
tendrán sentido,
cuando ya no nos importen,
cosas que se esclarecerán para tener algo que ver
con los que estábamos allí,
con la que estaba allí,
frente al altar,
dentro de la caja cerrada.

No dijo que el dolor era como un eclipse,
que llega poco a poco,
que lentamente da su bocado seco,
que luego se aleja dejando un rumor
de hojarasca pisada,
que es áspero como una cicatriz.

En aquel momento, en mitad de la homilía,
sólo sentí el estómago vacío,
los pies cansados,
nada que ver con mi abuela,
nada que ver con nadie que estuviese allí,

y aún menos con aquel hombre
que miraba la pantalla de su móvil
mientras recitaba los Evangelios
de una memoria aburrida y monótona.

No dijo que el dolor nada tiene que ver
con quien lo provoca,
que el dolor es cosa nuestra.

Más tarde en el coche
me eché a llorar,
me eché a llorar por mi abuela muerta,
mientras sonaba la música
en el coche
de vuelta a casa, solo,
con esa emisora,
escuchando el adagio de la sonata II
para viola de gamba y clavecín
de Juan Sebastián Bach.

Lloré por mi abuela
en el coche
de vuelta a casa, solo,
cuanto no había llorado por mi abuelo,
al que quise con locura,
como el amor que hay entre dos amantes.

Lloré por mi abuelo.
Lloré por mi abuela.
Lloré por mí.
Espacios estancos.
Eso era todo.
Dolor por dolor.

 

 

 

Aguilar Rodríguez, Antonio. La noche del incendio. Madrid; Huerga & Fierro editores, 2015.

 

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