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LAS LUCES NÓMADAS

Fumando en el puerto

 

Es este un libro en el que podemos ver una lucha (dialéctica dirían algunos pedantes) entre el recuerdo propio y el olvido ajeno impuesto por una enfermedad.

Si tuviera que resumir el prólogo de Jenaro Talens diría que siguiendo la clara diferencia entre los dos estatutos que puede adoptar la memoria establecida por Paul Ricoeur, este libro se inscribiría en el recuerdo (en contra de la rememoración), ese proceso de invención sin argumento lineal, sino de imágenes fragmentadas, flashes de perfiles borrosos que surgen y se articulan según una lógica similar a la de los sueños y que ne psicoanálisis se conoce como “asociación libre”. El hecho de escoger este camino sintomatiza el hecho del tránsito, no la búsqueda de un origen ni de una finalidad y adopta, por lo general, como hilo conductor, no ya un argumento cerrado, sino un explícito deambular, una suerte de viaje iniciático de alguien que como afirmaba el poema de Teodor Roethke, “aprende mientras camina adónde ir”.
La pluralidad del libro define claramente la inexistencia de un centro y se apoya en la fragmentariedad como sistema, haciendo que el yo del poema bucee para construirse una contingente, precaria y cambiante identidad.
Paul de Man, tal y como resumía uno de sus más lúcidos comentaristas, Wlad Godzich, “opone la oscuridad inmediatamente aprehensible de lo sensible a la eventual claridad de lo inentiligible y, sin embargo, hace de la primera la condición y el medio de acceso a la segunda”. El éxito de la lectura depende, por ello, en gran medida, de las capacidades de quien lee. “No se trata de des/cifrar lo aparente mediante códigos compartibles y genéricos para desvelar lo que está oculto, sino de partir de una matriz diferente cuyo modelo sería el relámpago. Y es que no es el relámpago mismo lo que deseamos ver, sino lo que su destello revela, la configuración interna del entorno circundante y las fuerzas en juego en su interior. El ojo permanece atento a la oscuridad, sabiendo que guarda un secreto que el destello revelará. El destello no es el secreto, sino la oportunidad del momento en el que todo queda expuesto a la luz -la recompensa por mirar en la oscuridad”.

De ahí que los primeros versos que utiliza el poeta en este ‘Las luces nómadas’ sean: La luz se amortece en la palabra luz,/ se enturbia en el poema, se opaca/ en su abstracción untuosa: el ideal.

 

Y aquí tienen una selección de poemas del libro.

 

MUESTRARIOS

Hay objetos en los que nos vaciamos
-el tacto como una brecha o una herida
de fluir lento o presuroso-
y se nos queda el ánimo en un asa,
en la empuñadura de una costumbre.
Hay objetos oportunistas, leves,
que sólo crecen con el uso
como el cuchillo que desvista la fruta
y vacía después la cuenca de unos ojos.
Hoy otros objetos, sin embargo,
que nadie acoge, que están -y es suficiente-;
objetos que nos incardinan sin sernos nada.
Pero nunca hubo hombre que no se soñase
en cada una de las cosas que usara.

 

 

 

 

PECERA

Una gigantesca copa de vidrio
en un estante del mueble. Dentro,
dos pececillos como mermados
terrones de azúcar, aún no disueltos,
ingrávidos en un agua definitivamente
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesanimada.
Acerco los ojos al cristal
y empieza a trasvasarse en ellos
ese fatalismo de los peces cautivos…

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxAhora, treinta años después,
siguen los peces dentro de mis ojos,
languideciéndome.

 

 

 

 

MERCADO INMOBILIARIO

Siguiendo una de esas ancestrales tradiciones
subiremos a un pequeño altillo
donde unos abuelos previsores habrán guardado
-con el tesón del olvidadizo o del coleccionista-
un cuaderno de extraños garabatos,
un plumier, una cometa de colores vivos,
ropa inefable para días de celebración,
una bolsa de hilo con canicas, ya pocas
porque acaban rodando hacia no se sabe dónde,
un balón descosido, un garaje
con coches de bomberos y ambulancias,
el dibujo de familia feliz con perro,
las revistas de moda de la época
donde nuestros ojos descubrieron un escote,
un paraguas hurtado a no se sabe quién,
algunas zapatillas desparejas,
y esas muñecas de pubis inútiles, angelicales…
Así apunta la tradición que debe ser
un encuentro feliz con el pasado,
pero las razones del mercado inmobiliario
nos dejaron sin altillos, ni arcones,
ni abuelos tampoco en nuestras casas,
y lo que es peor, nos devolvieron la infancia
aferrada a unas pocas fotografías
y con el miedo inconfesable a un último desahucio.

 

 

 

 

LLUVIA CON NIÑOS

La lluvia humilla a los adultos,
los hace claudicar y encorvarse
bajo palios negros. Corren
entornando los ojos y, azorados,
recogen el alma y la guarecen
en alguna estancia seca
pero lóbrega.
xxxxxxxxxxxxLos niños van a la lluvia,
se abrazan a ella con el alma entera
en las manos. Levantan la mirada
hasta el útero mismo de la nube.
Así la poesía: el niño. El agua.

 

 

 

 

UN PASEO

Si llueve, el cuerpo se confirma.
El cuerpo, si llueve, se adhiere al paisaje,
se hace grumo. Acecho a las jóvenes
bajo el agua. Empapadas y felices
recobran el brillo del barro original.

 

 

 

 

RECUERDO CON TRUCHAS

Volver a la infancia es abrir puertas antiguas
o, con la mano y alguna esperanza de antes,
remover muebles, fisgar sin moderación
en armarios, baúles, cobertizos, alacenas;
reasignar imágenes a algunos olores que resisten,
andar descalzo, reorganizar las fotografías
con el riguroso e infalible criterio del capricho,
reparar el paisaje dentro del marco de una ventana y
buscar entre las ollas y los cazos el sabor de la ternura.
…Pero, en mi caso, volver a la infancia es otra cosa.
Es reinventar una casa derribada al borde de una acequia,
un invierno aniquilador, mi madre volcada sobre el frío,
el dolor con la mano en alto y sólo, en verano,
xxxxxxxel río, el río con sus truchas.

 

 

 

 

NIÑOS Y RÍO

El recuerdo siempre es mítico, pensé
mientras mirábamos el río. El agua soltaba
sus lenguas heladas entre las piedras. Os dije:
el filósofo se equivocó y reconozco esta agua
en la de entonces. Corre en circuito cerrado,
como nuestra sangre. Si levanto una piedra,
quizá salte un destello y huya un pez y sea distinto,
pero el agua reconocerá mi tacto y se dejará llevar.
Hermanos, rehagamos el dique en medio del cauce.
Se lo debemos a los niños que fuimos. Y nosotros,
que seremos ya ellos, chapotearemos en el agua
desde sus cuerpos menudos, niños felices.

 

 

 

 

INTERIORES CON NIEVE

Nieva tan blandamente que es triste observar
la agonía de los copos sobre el barandal.
Mi madre cuelga la ropa recién enjuagada
sobre los respaldos de las sillas del comedor
mientras nosotros miramos con desencanto
la extinción de una alegría: un paisaje
de nieve torpe, derrotada al fin.
Mi madre excomulga el dolor -ya antiguo-
a tiro de animal terco. Sus ojos dejan,
a veces, frágiles carámbanos sobre las cosas.
Con el tiempo he sabido que, como la nieve,
los recuerdos de mi madre iban a hacerse
de la misma blanda, triste, rendida transparencia.

 

 

 

 

AQUÍ, NO IMPORTA QUIÉN

Escribir sobre tu enfermedad
me lleva a hablar del amor.
Lo voy a hacer esta vez
para que sirva de precedente
y el delirio que ha de venir
se encuentre un camino minado
de palabras y unas cuantas certezas
y tenga que pactar algunas servidumbres.
Demencia, aquí me tienes.
Afina tu ingenio
si pretendes una humillación más onerosa.

 

 

 

 

LA VIDA JUSTA

Otoño en un julio sombrío.
Chascarrillos de leña en mayo.
Las moras maduras bajo el puño de febrero.
En un solo día, todas las estaciones.
¡Pasa todo tan deprisa ahora
que casi no me doy cuenta, hijo! -me dices
con un enfado inapelable.

 

 

 

 

EL CUERPO

Para hacerte oír o, quizá, oírte en ti
entre el silenciado desamparo
en que te dejó el abandono de tu padre
hiciste del cuerpo un púlpito
y en él congregaste tantas voces distintas
con los años…
Hablaron sin orden establecido
pero sin atropellos: la mentira, el dolor, la ternura,
el miedo, la ira, la ilusión,
la otra que inventaste, la que te inventamos,
el sentimiento retórico, la rutina,
la que no supo qué decir, y la que
-en los espacios vacíos de las palabras-
lo dijo casi todo.

Ahora,
no te queda más que esta alma y está muda.

 

 

 

 

VEJEZ

Te veo llegar del mercado
siguiendo la firme línea de la costumbre,
pero esta vez los árboles parece
que te cargan sus sombras más pesadas.
Te miro y me duele el arco de tu espalda.
Nunca antes en tus ojos claros
había visto caer piedras tan hondamente
y en silencio. Los años te han abierto pozos
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxcasi sin fondo.

 

 

 

 

NICHO

Mi madre viene a adecentar el mármol;
esa es su idea del Día de Difuntos.
Trae un trapo blanco de algodón
y una botella de cristal con agua limpia.
El nicho está alto, en un tercer piso,
y se requiere apostar una escalera.
(Aunque te costase un paso más llegar a Dios,
mejor hubiera sido a ras de tierra, padre).
Subo yo y con el trapo húmedo froto
a conciencia mientras mi madre les explica
confusas historias a sus nietos y mira, de reojo,
si consigo sacarle el brillo que se merece.
Las papeleras del cementerio rebosan
de ramos putrefactos y celofanes y alguna lágrima
del Día de Difuntos de hace un año.
Volvemos a casa y durante todo el trayecto
mamá apenas dice nada. Nuevamente ha envejecido.
En la cocina, sigue limpiando la encimera.

 

 

 

 

TU MUERTE

He pensado en tu muerte
y un resquicio de luz
te ha iluminado el gesto.
¿Me has oído, madre, el pensamiento?
He pensado en tu muerte
como un paisaje conocido y feliz
aunque no sepa situarlo con exactitud.
Y yo te llevaba de la mano.

 

 

 

 

SÍNTOMA

Quizá porque nos has amado
y el amor siempre arde en lo que ama,
ahora nuestra tristeza huela a humo.
O porque necesitamos volver a creer
en el poder fertilizante de la ceniza.

 

 

 

 

TRASLADO

Vacía la casa y liberada de las últimas servidumbres
se convierte, otra vez, en territorio propicio
para nuevas invasiones. Colonizan hordas de luz
las pequeñas patrias que creó la costumbre,
nuestros rincones privados, pero también aquellos que pactamos
cederles al miedo o al placer o a la desidia.
Nada está escrito. Nada hay, pues, que deba respetarse.

 

 

 

 

TE HE DICHO

Te he dicho que esto de vivir es tan sencillo
como aprender a leer la soledad sin altibajos
-con la voz media y clara de la aceptación-
diciéndola primero a los amigos, después a la mujer,
a los hijos, diciéndola así, como te digo ahora
que el jarrón de las begonias está mejor sin flores
y que un día de estos arrinconaré los cuadros
y me pondré a pintar, ya sin prisas, las paredes.

 

 

 

 

PÁJAROS

Me gustaría ver el vuelo del pájaro
pero sin el pájaro;
la línea melódica del ala
pero sin el ala, sin el aire
hendido suavemente por el ala,
sin el cielo tampoco
en el que se cuelga el aire
del que os hablo.
Ver sólo el vuelo desde dentro
empujado -debe ser la única manera-
desde el sueño obcecado del pájaro.

 

 

 

 

UN POCO DE ORDEN

Me resulta muy difícil empezar un poema
cuando no he dado por acabado otro anterior
y está aquí, a la intemperie, con la pulpa
expuesta al inmisericorde abandono.
Pero si por algún motivo quiero o debo hacerlo,
intento escribir en un lugar distinto,
mirando hacia otro lado,
incluso pruebo algunas modificaciones
en los rituales de invocación,
pero casi nada resulta -o muy pocas veces-
porque llega a los nuevos versos
un tufo de fruta pudriéndose,
de enfermo terminal en la habitación contigua.

 

 

 

 

LA PALABRA

Presto atención a alguna letanía de ecos antiguos.
Cierro los ojos para que nada me distraiga
ni me ate esta luz a un puñado de evidencias.
xxxxxxEl ojo esclaviza, nos somete.
Persigo voces como quien descansa las yemas de los dedos
sobre la piel del agua queriendo adivinar el balbuceo
de aquel pez que ya no existe, pero sin duda estuvo.
Su reflejo aún pervive entre las piedras como una pulsación,
una descarga eléctrica dulcísima.

Por eso cierro los ojos y miro en las palabras lo que la realidad
se niega a decir de otra manera, la historia que se amontona
en los objetos con solo invocarlos, nombrarlos, escribirlos.
En las palabras,
la realidad alcanza su mayoría de edad sobre la tierra.

 

 

 

 

LEGADO

La posteridad está siempre en obras:
cerrada por inacabables reformas
o por liquidación de existencias
o cambio de orientación del negocio.
Por eso resulta mejor no dejar nada,
que nada se extravíe entre el desorden.

 

 

 

Martínez Serra, Esteban. Las luces nómadas. Madrid; Ed. Bartleby, 2010.

 

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