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UN SENDERO NUEVO A LA CASCADA

La casa sobre la cascada

 

HUMO Y DECEPCIÓN

Cuando después de la cena Tatiana Ivanova se sentó en silencio y cogió su labor de punto, mantuvo los ojos fijos en sus dedos y charló sin cesar.
xx«Daos toda la prisa que podáis por vivir, amigos míos…» -dijo-. «¡Dios perdonará que sacrifiquéis el presente por el futuro!» Ahora hay juventud, salud, fuego; ¡el futuro es humo y decepción! En cuanto tengáis veinte años, empezad a vivir».
xxTatiana Ivanova dejó una de las agujas de hacer punto.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl consejero privado

 

 

 

 

CONSPIRADORES

Sin dormir. En un punto de los bosques cercanos, el miedo
envuelve las manos del centinela.

El techo blanco de nuestro cuarto
ha bajado alarmantemente debido a la oscuridad.

Las arañas salen y se meten
en todas las tazas de café.

¿Asustado? Sé que si saco la mano
tocaré un viejo zapato de unos ocho centímetros de largo
que enseña los dientes.

Querida mía, es la hora.
Sé que estás escondida ahí, detrás
de ese inocente manojo de flores.

Sal.
No te preocupes. Te lo prometo.

Escucha…
Hay un golpe a la puerta.

Pero el hombre que iba a entregar esto
en lugar de hacerlo te apunta con un arma a la cabeza.

 

 

 

 

NO TE ALEJES

Nadia, mejillas encendidas, feliz, los ojos brillando con
lágrimas a la espera de algo extraordinario, bailaba y
daba vueltas, con su blanco vestido ondulando y dejando ver
fugazmente sus esbeltas y bonitas piernas en sus medias color
carne. Varia, extremadamente contenta, cogió a Pogdorin por el
brazo y le dijo en voz muy baja con expresión significativa:
«Misha, no te alejes de la felicidad. Acéptala
mientras se te ofrece gratuitamente, después correrás
detrás de ella, pero no la podrás alcanzar».

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxVisita a unos amigos

 

 

 

 

VINO

Leyendo la vida de Alejandro Magno, de Alejandro
cuyo inculto padre, Filipo, contrató a Aristóteles
como tutor de su joven heredero y guerrero, para que
puliera un poco sus suaves hombros. Alejandro que, después,
en las campañas en Persia, llevaba un ejemplar de
La Iliada en una caja forrada de terciopelo, adoraba aquel
libro. También le gustaba luchar y beber.
Llego a ese momento de la vida en que Alejandro, después
de una larga noche de juerga, borracho de vino (el peor tipo
de borrachera -resacas que no se olvidan), arrojó la primera
tea para incendiar Persépolis, capital del Imperio Persa
(antiguo incluso en la época de Alejandro).
La dejó completamente arrasada. Posteriormente, claro,
a la mañana siguiente -puede que mientras todavía ardía la
ciudad- tuvo remordimientos. Pero nada parecidos a los
remordimientos que sintió la tarde siguiente cuando, durante
un altercado que se puso feo y, por parte de Alejandro, sin
afeitar, con la cara roja por tantas copas de vino, Alejandro se
puso de pie tambaleante,
agarró una espada y atravesó el pecho
de su amigo, Cleto, que le había salvado la vida en Granico.

Alejandro lamentó su muerte durante tres días. Lloró.
Se negó a comer. «Se negó a atender sus necesidades
corporales». Hasta prometió
dejar el vino para siempre.
(He oído semejantes promesas y las lamentaciones que
las acompañan.)
No es necesario decir, que en el ejército la vida se
interrumpió por completo mientras Alejandro se entregaba a
su pena. Pero al terminar esos tres días, el terrible calor
empezó a exigir su parte del cuerpo del amigo muerto,
y convencieron a Alejandro para que se pusiera en acción.
Salió de su tienda, cogió su ejemplar de Homero,
lo desató y empezó a pasar páginas. Finalmente dio órdenes
de que los ritos funerarios descritos para Patroclo debían
de seguirse al pie de la letra: quería que Cleto tuviera la mejor
despedida posible. ¿Y cuando prendieron fuego a la pira y las
copas de vino circulaban durante la ceremonia? Claro, ¿qué se
te ocurre? Alejandro bebió y perdió el sentido.
Tuvieron que llevarle a su tienda. Tuvieron que levantarle
para meterle en la cama.

 

 

 

 

CANCIONES A LO LEJOS

xxComo era fiesta, compraron un arenque en la taberna
e hicieron una sopa con la cabeza del arenque. A mediodía
se sentaron a tomar té y siguieron tomándolo hasta que
todos rompieron a sudar: se diría que el té los había hinchado;
y luego atacaron la sopa, reunidos todos en torno a una
cazuela. La abuela había escondido lo que quedaba de arenque.
Al atardecer un alfarero hacía cacharros en la ladera. Abajo,
en el prado, las niñas cantaban canciones bailando al corro…
y a los lejos las canciones sonaban dulces y melodiosas.
En la taberna y sus alrededores los campesinos armaban lío.
Cantaban con voces de borracho, desafinadas, y se insultaban
entre sí… Y las niñas y los niños oían cómo se insultaban
sin inmutarse; era evidente que se habían acostumbrado
a eso desde la cuna.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxXxxxxxxxxxxxxxxxxxxLos campesinos.

 

 

 

 

LOS TIRANTES

Mamá dijo que no tenía ningún cinturón que me sirviera y que
iba a tener que llevar tirantes al colegio
el día siguiente. Nadie llevaba tirantes en segundo,
y lo mismo pasaba en los demás cursos. Dijo:
Los llevarás puestos o si no te pegaré con ellos. yo no
quería más problemas. Entonces mi padre dijo algo. Estaba
en la cama que ocupaba la mayor parte de la habitación
de la casita donde vivíamos. Preguntó si no podíamos estarnos
tranquilos y resolverlo por la mañana. ¿Es que por la mañana
no tenía que levantarse pronto para ir al trabajo? Me pidió
que le trajera un vaso de agua. Es por culpa de todo
ese whisky que toma -dijo Mamá-. Estaba deshidratado.

Fui al fregadero y, no sé por qué, le traje
un vaso de agua jabonosa de fregar los platos. La tomó
y dijo: Esto sabe raro, hijo. ¿De dónde sacaste este agua?
Del fregadero -dije yo.
Creía que querías a tu padre -dijo Mamá.
Y le quiero -dije yo-, y fui al fregadero y metí un vaso
en el agua jabonosa y me tomé dos vasos sólo
para que lo vieran. Quiero a Papá -dije.
Sin embargo, creía que me iba a poner malo allí mismo.
Mamá dijo: Si yo fuera tú me sentiría avergonzada. No entiendo
que puedas hacerle esas cosas a tu padre. Y bien lo sabe Dios
que mañana vas a llevar esos tirantes, pues si no,
te arrancaré el pelo a tirones. No quiero llevar
xxtirantes
-dije yo. Pues vas a llevarlos -dijo ella. Y con eso
cogió los tirantes y se puso a pegarme con ellos en
las piernas que llevaba al aire mientras yo daba saltos
por la habitación y gritaba. Mi padre
nos chilló que parásemos, que por el amor de Dios, parásemos.
Le dolía mucho la cabeza y además tenía mal el estómago
por culpa del agua de fregar los platos. Es decir, por culpa
de éste -dijo Mamá-. Fue entonces cuando empezaron
a dar golpes en la pared de la casita de al lado de
la nuestra. Al principio, sonaba como si fueran puñetazos
pom, pom, pom– y luego pareció que golpeaban con el mango de
una escoba. ¡Por el amor de Dios! ¡Váyanse a la cama!
-gritaron, volviendo a dar golpes-. Y nos acostamos. Apagamos
las luces y nos metimos en la cama y quedamos en silencio.
El silencio de una casa en la que nadie puede dormir.

 

 

 

 

DOMINGO POR LA NOCHE

Utiliza las cosas que te rodean.
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este pitillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock-and-roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda a trompicones
Borracha por la cocina…
Coge todo eso,
Utilízalo.

 

 

 

 

ADVERTENCIA

Al intentar escribir un poema mientras afuera todavía
estaba oscuro, tuvo la inconfundible sensación de que
le estaban observando. Dejó la pluma y miró a su alrededor.
Un momento después se levantó y recorrió las habitaciones de
su casa. Miró dentro de los armarios. Nada, claro.
Con todo, no quería arriesgarse.
Apagó las luces y se quedó sentado a oscuras.
Fumó su pipa hasta que pasó la sensación
y hubo luz afuera. Bajó la vista
al papel en blanco que tenía delante. Luego se levantó
y volvió a hacer la ronda de su casa.
El sonido de su respiración le acompañaba.
Sólo eso. Evidentemente.
Nada.

 

 

 

 

UNO MÁS

Se levantó temprano, la mañana teñida de emoción,
listo para ponerse a escribir. Tomó una tostada y huevos,
café, y fumó unos pitillos, mientras pensaba en el trabajo
que le esperaba, el difícil sendero a través del bosque.
El viento empujaba a las nubes en el cielo,
agitando las hojas que quedaban en las ramas,
al otro lado de la ventana. Unos pocos días más y habrían
desaparecido, esas hojas. Había un poema en eso, podría ser;
tenía que pensar en ello. Fue a su mesa,
dudó durante largo rato, y luego hizo
lo que demostró ser la decisión más importante
que tomaría en todo el día, algo para lo que toda
su imperfecta vida le había preparado. Puso a un lado
la carpeta de los poemas -un poema en concreto todavía
seguía en su mente después del inquieto sueño de la noche.
(Pero, en realidad, ¿qué es uno más o menos? ¿Qué más da?).
Contaba con todo un día abriéndose ante él.
Lo mejor será limpiar el suelo antes. Tenía que ocuparse
de unas cuantas cosas, incluso de unos asuntos familiares que
no debería dejar para mucho más tarde. De modo que no paró.
Trabajó sin parar el día entero -dominado por amor y odio,
un poco de compasión (muy poco), una sensación conocida,
incluso desesperación y alegría. Hubo ocasionales estallidos
de ira, que luego se calmaban, mientras escribía cartas
diciendo «sí» o «no» o «depende» -explicando por qué, o
por qué no a personas que nunca había visto y nunca vería.
¿Le importaban? ¿Le importaban algo? Algunas sí.
También atendió unas cuantas llamadas, e hizo algunas, que
a su vez provocaron la necesidad de hacer algunas más. Así es,
ahora se siente incapaz de hablar, prometió llamar al día siguiente.
Hacia la tarde, agotado y notando con claridad (pero
erróneamente, claro) que había pasado un día de trabajo
honrado, se detuvo a hacer inventario y tomar nota
del par de llamadas que tenía que hacer la mañana siguiente si
quería estar al tanto de las cosas, si no le apetecía
seguir escribiendo cartas, que no le apetecía. Ahora,
se le ocurrió, estaba harto de todos estos asuntos,
pero seguía igual, terminando la última carta que debería de
haber contestado semanas atrás. Luego, levantó la vista.
Afuera era casi de noche. El viento se había calmado. Y
los árboles -todavía seguían, casi despojados de todas
sus hojas. Pero, por fin, su mesa estaba despejada
si no se tuviera en cuenta esa carpeta de poemas que
le inquieta mirar. Mete la carpeta en un cajón, la
quita de su vista. Estará en buen sitio, segura y
él sabrás dónde descansar las manos cuando
sienta la necesidad de ello. ¡Mañana! Hoy ha hecho todo lo que
podía hacer. Había aún esas llamadas que tenía que hacer,
y olvidó que debía de llamar él, y había unas cuantas notas
que debía de mandar debido a algunas de las llamadas, pero
ahora no lo iba a hacer, ¿o sí? Estaba fuera del bosque.
Podía llamar día a hoy. Había hecho lo que debía hacer. Lo que
su conciencia le dijo que hiciera. Había cumplido con
sus obligaciones y no había molestado a nadie.

Pero en ese momento, sentado allí delante de su ordenada mesa,
sintió vagos remordimientos por el recuerdo del poema que
quería escribir esta mañana, y estaba ese otro poema
que tampoco conseguía recordar.
Así eran las cosas. La verdad, es que no hay mucho más que decir.
Qué se puede decir de un hombre que prefirió hablar por teléfono
el día entero, y escribir cartas estúpidas
mientras deja a sus poemas desatendidos, abandonados
-o peor aún, sin empezar-. Este hombre no merece poemas
y éstos no deberían acudir a él en ninguna forma.
xxSus poemas, si producía alguno más,
deberían de comerlo las ratas.

 

 

 

 

EL MERCADO DE PÁJAROS

No se engaña al aficionado a los pájaros. Ve y
entiende a su pájaro desde lejos -«No hay que confiar en
ese pájaro»- dirá un aficionado a los pájaros,
mirando dentro del pico de un cahamariz, y contando las plumas
de su cola. «Canta, es cierto, pero ¿qué
indica? También yo canto en compañía. No, muchacho, canta
sin ninguna compañía; canta en soledad si
es que puedes… ¡Dame
el que está callado!»

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxANTON CHÉJOV
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl mercado de pájaros

 

 

 

 

POEMAS

Este mes vienen todos los días.
Una vez dije que los escribía porque
no tengo tiempo para nada
más. Queriendo decir, claro, cosas
mejores -cosas distintas a meros
poemas y versos-. Ahora los estoy escribiendo
porque quiero.
Más que nada porque
es febrero
cuando normalmente no muchas más cosas
suceden. Pero este mes
han florecido los alerces,
y el sol está un poco más alto
cada día. Es cierto he tenido los pulmones
tan calientes como hornos.
Y qué, si hay alguien
esperando a que deje caer
el otro zapato en lo que a mí atañe, muy bien.
Bien, aquí está. Adelante.
Escríbelo. Espero que te entre
como un zapato.
Lo bastante ajustado, sí, pero no apretado
para que el pie pueda respirar
un poco. Levántate. Da un
paseo. ¿Lo notas? Irá
adonde vayas tú, y estará allí
contigo al final de tu viaje.
Pero por ahora sigue descalzo. Sal
un rato afuera, y juega.

 

 

 

 

CARTA

Cariño, por favor, mándame el block de notas que dejé
en la mesilla de noche. Si no está encima,
mira debajo de la mesilla. ¡O debajo de la cama! Está
en alguna parte. Si no se trata de un block de notas, serán
unas cuantas líneas garabateadas en unos trozos
de papel. Pero sé que están ahí. Tiene algo que ver
con lo que nos contó aquella vez nuestra amiga médico, Ruth,
de la vieja de ochenta y pico años
«sucia y endurecida por la porquería» -palabras de Ruth- tan
poco preocupada por sí misma que se le había pegado la ropa
al cuerpo y tuvieron que arrancársela
en la sala de urgencias. «Estoy tan
avergonzada. Lo siento» -decía sin parar-. ¡El olor
de la ropa irritó los ojos de Ruth! Las uñas de la anciana
habían crecido y empezaban a curvársele
en dirección a los dedos. Se esforzaba por respirar, los ojos
sólo expresaban miedo. Pero incluso así fue capaz de contarle
algo de su historia a Ruth. Se había presentado en sociedad
en Madison Avenue, pero su padre la repudió después
de que fuera a París a bailar en el Folies Bergère.
Ruth y otros de los que estaban de guardia en la sala de urgencias
estaban alucinados. Pero les dijo cómo se llamaba su hijo, al que no trataba, que
era gay y tenía un bar gay en la misma ciudad. Éste lo confirmó
todo. Todo lo que había dicho la anciana era verdad.
Luego, ésta sufrió un ataque al corazón y murió en los brazos de Ruth.
Pero quiero ver qué más cosas anoté de todo lo que nos contó.
Quiero ver si es posible recrear cómo era
sesenta años antes cuando esta joven desembarcó
en Le Havre, hermosa, decidida, dispuesta a triunfar
en el escenario del Folies Bergère, capaz
de echar atrás la cabeza y saltar al mismo tiempo,
de llevar plumas y medias de malla, de bailar y bailar,
con los brazos unidos a los de las otras jóvenes del Folies Bergère,
de levantar la pierna en el Folies Bergère. Puede que sea
ese block de notas con tapas de tela azul, el que
me regalaste cuando volví de Brasil. Puedo
ver mis notas junto al nombre del caballo que ganó
en el hipódromo de cerca del hotel: Lord Byron.
Pero la mujer, no la suciedad, eso no importa, ni siquiera
cuando pesaba cerca de ciento cincuenta kilos.
Al recuerdo no le importa dónde mora y se burla
del cuerpo. «Aprendí algo una vez sobre la identidad»
-dijo Ruth, recordando sus años de prácticas-, «todos nosotros,
jóvenes estudiantes de medicina, boquiabiertos ante las manos
de un cadáver. Es donde la humanidad se queda más tiempo.
En las manos». Y las manos de la mujer. Tomé una nota
entonces, como si pudiera mantenerlas pegadas
a sus esbeltas caderas, las mismas manos
a las que Ruth se refirió, y luego no pudo olvidar.

 

 

 

 

LAS JÓVENES

Olvida todas las experiencias que impliquen muecas de dolor.
Y cualquier cosa que tenga que ver con la música de cámara.
Museos en tardes lluviosas de domingo, etcétera.
Los viejos maestros. Todo eso.
Olvida a las jóvenes. Trata de olvidarlas.
A las jóvenes. Y a todo eso.

 

 

 

Carver, Raymond. Un sendero nuevo a la cascada. Últimos poemas. (Trad. Mariano Antolín Rato). Madrid; Ed. Visor, 1993.

 

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