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MÁS AIRE NUESTRO

Aire Nuestro'

 

Carta a Fidel

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxLa Habana, junio de 2008

xxQuerido Fidel: oye mi voz, es una voz de la memoria, pero también del presente, ahora mismo es del presente. Tardé un tiempo en darme cuenta de que estaba muerto. Tú esa sensación nunca la conocerás. Les pasa a los que mueren jóvenes. Tardan, tardan en estar muertos del todo. Desde aquel 9 de octubre de 1967 han pasado muchas cosas en el mundo, bien lo sé. Hasta que me di cuenta de que estaba muerto, no me dejaron verlas. Ya te he dicho que tardé un tiempo; un tiempo en que giras y te repliegas sin hallar materia, pero sigues girando. Al fin supe que ya no estaría más al lado de la vida como lo había estado hasta ese 9 de octubre de 1967. Y, entonces, me fue permitido viajar por el mundo con mi cámara de hacer fotos. Pude fotografiar el mundo, sí. Más de treinta años llevo dando vueltas por el mundo, como una nube. Un día, a principios de la década de los setenta, me di cuenta de que podía tocar las cosas, que podía intervenir como una fuerza invisible a la que vosotros llamáis azar, pero no era azar, era yo. Movemos objetos, cerramos puertas, hacemos crujir muebles, escondemos cosas, empujamos a la gente. Hacemos milagros o causamos accidentes, según tengamos el día. Docenas de nosotros somos lo que vosotros, tan filosóficamente, llamáis el azar. Tampoco somos tantos, pues la Historia acaba de comenzar, como quien dice. Paso a relatarte, querido Fidel, dónde he estado durante todo este tiempo. Estuve en Madrid, a mediados de noviembre de 1975. La tromboflebitis de Francisco Franco no la causé yo, claro, ésa la organizó el tiempo y la vejez, pero yo sí podía cerrar alguna puerta inexplicablemente, dilatar una cura, entorpecer el paso de las enfermeras, esconder un tubo, camuflar unas tijeras, apagar la luz de repente. Todas esas cosas que llevaron al doctor José Luis Palma Gámiz a pensar que en El Pardo había fantasmas y denunciarlo así al coronel Estrada Marqués, jefe de la seguridad del moribundo Caudillo. A pesar de mis desvelos, Franco resistía. Al ver su resistencia, casi me conmoví. No era un tipo cualquiera. Estaba a la cabecera de su cama, fumándome un puro, cuando Franco expiró. Aplaudí pero no sonaron los aplausos. Él también hubiera aplaudido de ser yo el muerto, cosa que era, tiene gracia. Él llevaba aplaudiendo sus muertos durante cuarenta años. Pude ver su memoria y su inteligencia en el tránsito de la vida a la muerte. Vi que había sido feliz y dichoso, vi que amaba la vida tanto como despreciaba a los españoles, tiene gracia eso. Sirvió a algo oscuro que no era él. En realidad, acabó sirviendo a la monarquía. También él era la monarquía, una monarquía sin sangre de la buena, sólo con sangre de los otros, de todos aquellos desgraciados a quienes reventó la vida. Pero la gente lo quería, Fidel, la gente lo quería. O se querían a sí mismos, o querían la vida qué el les dio porque carecían de imaginación para pensar una vida distinta a la que él les daba. Quiero decir que su pueblo era como él. Cuando decidieron que ya no querían ser así, lo tiraron a él en vez de tirarse ellos. Para eso sirven los generales, Fidel. Pensaron que nunca habían sido como él y le dieron a Franco el protagonismo absoluto, pero Franco sólo era una emanación de ellos, de millones de españoles que eran así. Esto es jodido de afirmar. Se escudan diciendo que no podían hacer nada, y bla, bla, bla, pero es mentira, Fidel, una puta mentira. A la media hora ya estaba el espíritu de Franco dando vueltas por el mundo, sin destino. Entre el afán de los médicos por mantenerlo vivo y mi afán en entorpecer su labor, el sufrimiento final de Franco fue comparable al de los mártires, esos que tanto le gustaban. Por fin, el hijoputa tuvo su martirio. Era alucinante ver cómo el espíritu de un hombrecillo había oscurecido la vida de treinta millones de personas. Eso da náuseas. No son gente normal, esos tipos, los españoles. Aspiran a joderse los unos a los otros, Ahora, en este 2008, se creen que ya han resuelto su mala hostia endémica, pero yo te digo, Fidel, que no la han resuelto. Se siguen jodiendo la vida, a menor escala si quieres, pero se dan por culo todo lo que pueden. En 1988 estuve en Alemania. El 9 de noviembre ‒otro noviembre‒ de 1989 estuve presente en la caída del Muro de Berlín. Siempre participando, un empujón a la hora de que un guardia apriete un gatillo, un teléfono descolgado, un motor de un coche que no se enciende, esas pequeñas cosas que hacemos los espíritus y que la gente llama azar. Un mareo de Erick Honecker (igual la gente ya no sabe ni quién fue Erick Honecker), provocado por una inexplicable presencia de abundante insecticida derramado en su dormitorio que le causa un dolor de cabeza tremendo y una falta de reflejos inexplicables, cosas así. Un ascensor que no funciona y alguien que tenía que tomar una decisión militar llega tarde y cansado y sudando. También fui el fantasma que perseguía a Egon Krenz y los objetos que se movían en su casa, y su paranoia. A estas cosas me he dedicado durante todos estos años, Fidel. No son tareas de primera línea, pero te aseguro que dan resultado. Son tareas de espionaje revolucionario. Fui fantasmagóricamente hábil con Honecker. Y ahora que pienso en Honecker, no sé, siento como ganas de vomitar, pero de vomitar algo maravilloso. Porque Honecker no era un mal tipo, incluso tenía sentido del humor; y tenía una verga descomunal que empleaba muy de tarde en tarde. Los comunistas nunca fueron comunistas, eso es lo que pasó, mayormente. Eran funcionarios. Eran mierda. Pero te aseguro que el Muro no hubiera caído sin los frecuentes y escondidos dolores de cabeza que asolaban a Honecker. Te cuento si acaso las cosas más graciosas o las más sonadas, pero también las hay de corte personal, privado. Por ejemplo, estuve, cuando todavía no era muy consciente de mi muerte, escuchando el último concierto de los Beatles, un 30 de enero de 1969, en la azotea de los estudios Apple Records. Fidel, tío, entonces me di cuenta de que la alegría tiene que ver con gritar, saltar y amar. John Lennon estaba guapísimo. Había cerrado un buen trato económico con sus colegas. Después del concierto se fue a cenar a un italiano de luxe de Picadilly Circus. Yo le acompañé. Iba con Yoko. Cerraron el restaurante para ellos dos solos. Mandaron poner música de Elvis. Les encantaba besarse con Elvis de música de fondo. Comieron espaguetis a la boloñesa y bebieron vino de Rioja. Tenían el mundo a sus pies, eso es brutal: saber que eres dueño de la materialidad de todo lo inventado por el hombre, así eran John y Yoko, los dueños incluso de las emociones relacionadas con la bondad, un capitalismo nuevo que me dejó hecho polvo, no estaba preparado para eso: capitalismo y bondad, Fidel, eso era la hostia, era una mezcla poderosa, me di cuenta de que contra eso no había nada que hacer. La gran invención de John: soy bueno, y da igual que sea riquísimo, os voy a echar una mano: voy a pedir la paz en el mundo. Después de los espaguetis se comieron un tiramisú de la casa, especial. Y tomaron champán francés, claro. Una botella de Dom Pérignon. Sí, el último concierto de los Beatles fue un concierto maravilloso, pero enumerar este tipo de cosas más personales me alargaría demasiado. También estuve en la Factory de Andy Warhol, en Nueva York, escuchando conversaciones, disfrutando un poco de todo aquello, me gustaba mucho cómo cantaba Nico, una rubia alemana que se destruyó lentamente en los años ochenta. Nico era una máquina de follar. Se los fue tirando a todos. Yo la acompañaba. Me sentaba en una silla y veía cómo Nico se cepillaba a medio centenar de artistas neoyorquinos de la época. Era un chocho loco, sí. A veces me acercaba hasta su frente y le soplaba en el sudor amatorio y ella notaba una brisa venida del fin del mundo. Nico los asustaba a todos. Asustó a Alain Delon, a Lou Reed, a John Cale, a Jim Morrison, a Dylan, a Jagger, los trituraba y luego no sacaba nada. Se quedaba mirando por la ventana como una sosa. Yo me daba vidilla y me iba a ver mujeres. Me metía en los pisos de las mujeres más hermosas de la Tierra: las veía dormir, ducharse, comer, hacer el amor. Las cuidaba, las tapaba por la noche para que no se enfriasen. Me quedaba mirándoles el culo durante días enteros. Me encantaba Raquel Welch, cuántas veces le soplé en el sexo cuando tomaba el sol desnuda en las playas de Miami. Ella se creía que era el maravilloso viento del Atlántico, pero era yo, Ernesto Guevara, el fantasma solitario, dando vueltas por el mundo, por la realidad del mundo. Le soplaba el sexo, y el cabello, y las piernas, y ella sentía una gran felicidad, se sentía plena, radiante. Raquel era un arquetipo. Raquel era como la madre de la Humanidad, el gran sueño, la gran dignidad, o algo así. Verla desnuda ha sido una de las cosas más hermosas de esta estresante vida de ultratumba. Y lo más increíble: guardaba sus hermosos pechos en una camiseta con mi efigie. Detrás de mí, iban los pechos más perfectos de la creación. ¿Pongo creación con mayúsculas? Me enamoré de muchísimas mujeres y muchas de esas mujeres vestían camisetas con mi rostro. Hasta Bob Dylan llevaba una camiseta con mi rostro. Cuanto más consciente era de que ya no tenía ni masa ni materia, más me enamoraba de las mujeres. Mira, Fidel, si quieres entender un poco lo mío, lo que me pasa es más o menos lo que se describe en la película Jumper. El espacio a nuestra disposición. Los fantasmas somos sociedades de neutrinos enamorados. Hermandades de neutrinos, somos física cuántica. Saltamos, como en Jumper. A las tres de la tarde estamos en España, a las tres y un segundo en las antípodas, en Nueva Zelanda. Una vez me metí en el apartamento neoyorquino de Greta Garbo. Estaba sentada en un sillón rojo, en mitad de un salón de ciento veinte metros cuadrados, en silencio; recuerdo que fue una tarde de agosto de 1971. Se quedó así seis horas seguidas, casi sin mover un músculo. Sudaba, había apagado el aire acondicionado, y sudaba. Un silencio atroz, le di un beso en la mano derecha y ella abofeteó su mano derecha con la izquierda creyendo que mi beso era un mosquito, y me fui. Me gustaba mucho ir a las conferencias de Stephen Hawking. Me sé de memoria sus ideas sobre el universo. El universo es una novela de terror, Fidel. Una auténtica novela de terror, créeme. También iba a los estrenos de las distintas entregas de Batman. Yo fui algo Batman. Me colaba en las grandes fiestas: en Nueva York, en Los Ángeles, en París, en Londres, en Hong Kong. Me metía en los camerinos de las artistas famosas. A veces me quedaba en mitad del océano Atlántico sin saber dónde ir, si hacia Europa o hacia América. En mitad de los océanos, observando la estupidez del agua. Los vivos aún no lo sabéis, pero el agua os roba el territorio. El futuro es acabar con el agua. El agua sobra. Con agua virtual es suficiente. Cuando me sentía solo, procuraba ir a algún concierto de Elvis, hasta que murió y qué pronto murió. Estuve allí, sí. Era como ver sumergirse a una estrella en la antimateria. Arrastró consigo remolinos de carne, peces muertos, quarks y protones moribundos. Me encantaba Elvis. Los setenta fueron muy buenos años. También iba bastante a España en esas fechas. Me encantaba el turismo. El turismo era una celebración. Los franceses, los alemanes empezaron a viajar a España en masa. Y yo iba con ellos. Iba a Torremolinos, a Ibiza, a Salou, a Marbella, a Benidorm, a Mallorca, a Lanzarote. Los turistas venían a España llenos de ilusión; y a los fantasmas, a los quarks enamorados, la ilusión de los otros nos ciega y nos atrapa. Las cofradías de neutrinos enamorados vamos a donde brilla la ilusión de los seres humanos, como los mosquitos van a la luz en las noches de verano. He visto a alemanes morir en estos primeros años del siglo XXI recordando sus vacaciones en España. Alemanes de Múnich o de Fráncfort que fueron felices en España en la década de los setenta y que entran en la antimateria en el siglo XXI. Nadie sabe por qué ocurre. Me presentaba en sus camas de hospital tecnogermánico, donde agonizaban al cuidado de médicos de última generación, y les soplaba al oído palabras españolas, les decía acuérdate de aquel agosto del 72 en Ibiza, acuérdate de tus baños en el Mediterráneo, y sonreían y, finalmente, se los llevaba la antimateria. Cuando se los llevaba la antimateria, me quedaba yo a solas con los recuerdos-spam de esa gente. Todo es spam. Y lo que no es spam es antimateria. Tuve miedo de convertirme en un jodido fantasma-neutrino psicótico. Los neutrinos pueden enloquecer. Me he sentido muy solo, sí. Tan solo como el universo hasta que llegamos nosotros, los comunistas. Estuvo bien ser comunista. Si volviera a nacer, volvería a ser comunista. Era honesto ser comunista. Era como acordarse de las teorías de Hawking en cada segundo de tu vida. Quiero decir que era ser consciente de todas las cosas. No sé, me gustaba tanto Madonna, y aún me gusta, a pesar de que se hace vieja. Madonna envejece y a veces entro en sus mansiones y la veo sentada encima de su cama, desnuda, mirándose al espejo, pensando en la antimateria, como Elvis. Lo extraño es que también estuve un 8 de diciembre de 1980 en Nueva York y no moví un dedo a favor de nadie, lo dejé en manos del azar, porque yo soy el azar, el azar paseando por el maravilloso edificio Dakotta. Lo tuve en mi regazo mientras agonizaba. Le di un beso. Le cogí la mano. Pesaba setenta y nueve kilos, y los pesaba en oro, y en millones de dólares. Se daba cuenta de eso, conforme se iba, se daba cuenta de todo eso. Me vio y me sonrió, pero no abrió la cartera. Qué extrañamente corpulenta y baja de estatura era Yoko Ono, y qué vieja está ahora. Pero sufrió; cuando lo vio morir, esa mujer sufrió como nadie ha sufrido nunca. Esa mujer amaba a ese hombre con una intensidad salvaje. Tuve que apartarme como espíritu al ver el fuego de su amor. Casi me abraso.
xxSon cosas del más allá, Fidel. A veces entraba en ese edificio, husmeaba en el edificio Dakotta, nunca llegaremos a eso, Fidel, nunca tendremos eso en La Habana, pero no te preocupes: yo administro el azar de ricos y pobres, un karma marxista, hermano mío. Yo hacía todas estas cosas porque me gusta que la Historia cambie. Honecker no era como nosotros, no era como tú y yo. No era un verdadero revolucionario. Puede que fuese un comunista consistente, pero desde luego que con él me empleé a fondo. Le gastaba toda clase de putadas. Le escondía las gafas. Le ensuciaba la corbata. Le escondía el bolígrafo.
xxHonecker no entendía lo que estaba pasando, pero era un animal reaccionario y sabía cómo parar a la gente. El cáncer que lo mató finalmente estuvo lleno de insecticida de la antigua RDA, sí, y de más cosas que encontraba en su casa: productos de limpieza de la Alemania del Este.
xxA veces los acontecimientos históricos me sobrepasaban. Necesitaba pensar con tranquilidad. Veía cómo las conciencias cambiaban. Luego estaba el monstruo de la tecnología, que hacía que los hombres ya fuesen distintos. Y decidí que tenía que estar el 11 de septiembre en Nueva York, al lado de quien tú sabes. Sigue habiendo miles de razones para que la revolución regrese, millones de razones, millones de seres humanos empobrecidos, humillados. La novedad es que los opresores, en este junio de 2008, están más psiquiátricamente alienados que los oprimidos. La riqueza sin finalidad humana aliena más que la pobreza radical. Hay una ironía en lo que acabo de decir que todavía no acabo de entender, pero te aseguro que es así; veo a esa gente dando vueltas por el mundo, con sus cincuenta casas, con sus cincuenta aviones, con sus quinientos mil millones, y veo que están súper estresados, y encima se mueren. Una cosa es segura, para la nueva revolución necesitaremos más psiquiatras. Quizá más psiquiatras que guerrilleros.
xxTe abraza,

xxErnesto.

 

xxP. D.: Estoy muy orgulloso de ti. Lo has hecho muy bien. También estoy muy orgulloso de Gabriel García Márquez, es el mejor amigo que tienes. Ese tío es bueno de cojones. Fidel: eres el mejor de los hombres. Claro que sigo ayudándote. No te imaginas las balas de las que te he salvado en estos últimos treinta años. Como Neo en la película Matrix yo ponía mi mano delante de las balas que iban hacia ti y esas balas se detenían en el espacio y caían al suelo como chatarra cantarina. La CIA creía que los rusos habían diseñado un prototipo de cinturón térmico antibalas exclusivamente para ti, pero era yo, era yo en un episodio de su propio cine hollywoodiense, de su propia imaginación. A ellos se les ocurren cosas estupendas, y yo aplico esas cosas en beneficio de la revolución final, o algo así. Ay, Fidel, los abrazos que nos dimos, los grandes besos en la oscuridad de las suites de la planta 22 del antiguo Hilton. Tío, eres el mejor. Es acojonante que el mejor no sea ni un ruso ni un chino, sino tú, joder, un cubano. Volveremos, sí, porque la revolución está aquí de nuevo. Fidel, tío, este amor, este enorme amor a todo, no puedo más, no me quieren los muertos porque dicen que estoy vivo, que sigo viviendo, Dios mío, Fidel, la vida, Dios, qué cosa más grande. Yo serví a la vida. Fidel: The revolution is now, my love.

 

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