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PLAZA DE BELLUGA & LA ISLA

Libros de José Luis Martínez Valero

 

 

De ‘Plaza de Belluga’

 

La escritura como los pasos
requiere a alguien que la guíe.
Nada está escrito, todo se borra
en la plaza, mientras caminas.
¿Cómo sabré de los que han sido?
Apenas sombras en la noche
que caminaron entre sombras.
Las piedras no tienen memoria,
la carne no tiene memoria,
huesos son y ceniza aquellas sombras,
sólo la luz que de tan clara dice
sostiene la palabra.
¿Dónde la claridad aquella?
El pasado por un instante se acerca,
va a surgir de entre la niebla,
luego se desvanece,
no ha sido sino un reflejo
sobre el estanque quieto de las horas.
De su fondo vuelve la sombra
como única respuesta.

 

 

 

 

No siempre el grito es de todos,
a veces ocurre que alguien,
especialmente dotado, clama
al cielo o a los hombres
y hace un recorrido por el infierno,
o bien, bajo palio, formula
insostenibles argumentos,
porque como buen orador vence
a los enemigos de un país imaginario
al que llama por su nombre,
aunque, sólo los otros son el pecado,
la mentira, la falsedad…
Otra vez el grito, otra vez el silencio.

 

 

 

 

Estanque de piedra,
muralla que defiende frente al tiempo,
siempre a punto de ser vencida,
te tambaleas, pero no caes.
Te mantienes erguida como una joven
que bailara en medio de la plaza.
Y no es la piedra, no el conjuro
de los santos, ni el número
que dejó escrito el arquitecto,
no la esperanza en otro mundo,
sino el resuelto deseo de permanecer,
porque estás,
nube reflejada en la piedra
como imagen del hombre, vacía.

 

 

 

 

El paraíso no tiene puertas,
es una plaza.
El paraíso es sólo una esperanza
de trabajo.
Pero sin papeles no hay paraíso,
sin papeles, sólo albergue,
ropero y comedor.
No te dejaremos morir,
pero tampoco vivir.
‒¡Policía, identifíquese!
‒Playa Paraíso,
vengo de playa Paraíso.

 

 

 

 

De ‘La isla’

 

LA ISLA

Imagínate que, de pronto,
tu país se hace isla,
y tú quedas en medio del océano,
a merced de las olas.
Imagínate que tu país,
ahora isla, es sólo acantilado,
farallón gigante,
siempre cercado por las aguas,
y que, desde allí,
en lo más alto de la roca,
todos sus habitantes
sueñan románticos sueños,
y en ellos se dejan caer,
resbalando lentos al abismo,
mientras ven, instante último,
la espuma entre las rocas
y el latido verde de la ola.
Imagínate días después:
la soledad de la isla,
el acantilado,
su sueño y el suicida.

 

 

 

 

CALA DORADA

Hay una playa de arenas doradas
apenas visitada por turistas,
alejada de toda
comodidad,
cubierta por los despojos que arrojan
los barcos.
Restos de viejas
pateras sobresalen de la arena,
testigos de tiempos mejores,
cuando esta tierra fue un paraíso
para algunos desheredados.
La cercan montes,
que impasibles contemplan la espuma
del agua sobre la arena,
entre tanto crecen romeros,
palmitos y el esparto
sobre sus lomas abiertas
por cientos de pozos,
que recuerdan el trabajo penoso
de miles de hombres.

 

 

 

 

AGUA

Aunque esta isla carece de ríos,
sin embargo, conserva la huella
del agua que durante siglos
ha caído
desgastando rocas, abriendo fosas,
arrasando fértiles tierras.
Los hombres siempre tienen sed
y al cielo levantan la cabeza
para preguntar por una lluvia,
que nunca llega.
La isla, expuesta al sol,
tiene ese color amarillento
de esponja gigante y reseca
que un día volverá al mismo mar
de donde la sacó aquel dios,
torpe y borracho.

 

 

 

 

CREENCIAS

Unos rindieron culto al caballo,
otros al sol y a la luna, también a las montañas,
más tarde fue al Crucificado,
aunque no todos comprendieron
aquello de la hermandad y la pobreza,
el reino de éste o el otro mundo,
luego fue Alá y su profeta,
para después continuar
aquellas disputas que terminaban
con algún creyente a la parrilla.
Es natural que esta isla
conserve cierto fanatismo,
fueron muchos sus inquisidores.

 

 

 

 

EXTRANJERO

Dialogo con los isleños a veces,
gente amable en contraste con la tierra
donde han nacido,
gustan de la palabra
y aman las fiestas populares,
se aferran a creencias entrañables,
educan a sus hijos
y cuidan los escasos árboles,
los pequeños huertos,
las alegres casas
que heredaron de sus antepasados.
Me siento uno de ellos,
paseo por los caminos polvorientos,
poblados de matas espinosas,
contemplo el mar oscuro de la tarde
y vuelvo a casa triste
sin que conozca bien por qué.
Esta tierra convierte en extranjeros
a quienes han nacido en ella.

 

 

 

 

SILENCIO

Los padres callaron demasiado
tiempo, sobre todo las madres
No se recordaba un silencio
tan prolongado.
Algunos afirmaban:
es la fuerza de la costumbre,
para que se olvidase la causa,
y así atravesamos aquel tiempo
de espaldas a los tiempos.

 

 

 

 

ADOLESCENTE

Escapas como un adolescente
para que no te aplasten
los últimos pétalos de la tarde,
para que no te atrapen
las primeras sombras de este bosque.
Como si estuvieses perdido,
gritas y sin sentido
atacas lo que tienes a tu alcance.
Tú siempre quieres la primera vez,
por eso protestas, por eso huyes,
y te hundes en el parque
o desesperadamente bebes,
porque has deseado mucho,
porque ahora es de noche
y todo va quedando vacío.

 

 

 

 

UN BARCO

Ayer un barco
encalló sobre la roca,
se han perdido muchas vidas,
otras se han salvado.
Los isleños se lanzaron al agua
en sus pequeñas embarcaciones
para rescatarlos,
unos volvieron con ropas,
otros con relojes y anillos.
Todos tenían el mismo gesto
de ahogados
cuando despertaron a la mañana
siguiente.

 

 

 

 

GRITO

Pese a que Bécquer
fuera partidario del susurro,
aquí siempre predominó el grito.
Para ello no se necesita
azar la voz,
basta un cierto matiz de rabia,
dejar a un lado la cabeza,
de modo que la angustia
interior que a todos nos habita
pueda manejarse con facilidad
y, una vez en la mano,
impulsarla con toda nuestra fuerza
contra aquel otro,
que ajeno en su exterior descansa plácido.

 

 

 

 

PASADO

La conversación gira
sobre el pasado,
nunca especulan sobre el futuro,
si acaso trata de los hijos.
Conocer a alguien
es conocer su pasado.
A menudo cuentan sobre la guerra,
un pasado sin guerra sería insólito.
Aunque no lo confiesen
todos están marcados
por ese cataclismo
que dejaba a los muertos
apresuradamente en las cunetas.

 

 

 

 

PALABRAS

Al final permanece
sobre la lengua una palabra amarga,
destila sabor agrio,
extendida sobre la acera
semeja la sombra cansada,
aún caliente, de la multitud
que vuelve a casa,
tras una jornada sin trabajo.
Sin duda es un aviso,
me preguntas cuál es esa palabra,
pero es imposible saberlo,
sé que tiene el color de algunas dudas,
y ese tedio que impide
a la sorpresa alumbrar la mañana.
He abierto la ventana
por si descubriese la primera
letra sobre el paisaje,
pero es tarde oscura lo que veo,
también la lluvia apaga mis sentidos
y se adormecen en los diccionarios
sílabas sin sentido.

 

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