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CONSTANTES VITALES

Constantes vitales

 

 

JAVIER ASIÁIN

IMPRONTA FEMENINA

Cristina la de mis primeras cartas a escondidas
vulnerando la censura de los Padres Capuchinos.
Begoña, casi con nombre de flor, de tallos carnosos
como sus labios: para ella mis primeros versos apretados
bajo sus elásticos negros. Idénticos al genuino color de sus ojos.
De Vicky sólo recuerdo su nombre y esos besos insaciables de loba desterrada pidiendo penitencia.
Marta y Amaya me robaron la vida una tarde
‒creo que fueron a medias‒
fue un atraco a mano armada,
aunque sólo duró lo que tardó en pasar el fin de semana.
Inés, sin embargo, tras doce o trece vodkas me introdujo en el bolsillo
las llaves de su ático y su empresa embargada de nueva cosmética.
Más tarde me enteré lo de su reincidente afición al bingo.
Junto a Rosana hubiera pasado toda una eternidad
pero nunca toleré la inoportuna puntualidad de su marido.
Itziar me dejó su virginidad en las pupilas una tarde de abril,
y ese gesto indolente y lejano
de gata malherida huyendo a los tejados.
Carolina sus vatios de belleza cuando
aporreaba desnuda esa vieja Fender Stratocaster.
Sólo por verla moverse me hubiera hecho músico.
Luego apareció Susana,
la niña cadenciosa de piel tostada y ojos aceituna
que por más que me besó nunca dejó a su novio.
Y Carlota, de mirada color cerveza, lencería de agua
y caderas muy ebrias…
Una noche en un Hostal madrugó más de la cuenta.
También se llevó mi Visa.
De María sólo me resta su risa inalcanzable,
de luna reflejada en la plata enfebrecida de su espalda
y esas ganas de hacer el amor a todas horas.
Todavía por momentos aún me escuece…la memoria.
Después vendrían las manos indulgentes de Judith
en un verano en la costa, sus diminutos culés
‒supongo que de amor‒ sobre la arena
y esa carita de ángel aristócrata encendiendo el litoral
de amanecida. Doctorarme en filología catalana
no fue suficiente para comer con sus padres.
Y Verónica a la que todavía espero en el altar vestido
de novio a los pies de la abundancia, y Raquel con la que
me casé y a la que definitivamente nunca quise
y Julia Hernández de Boadilla la sonrisa invertida
de mi tercer divorcio.

 

Todas me enseñaron el arte de la buena gramática,
el lenguaje con-sentido en adverbios de cantidad.
Aunque al final uno nunca sabe si realmente
es aquello que vivió de ellas
o ese extraño que pregunta su nombre,
todavía,
en los labios prosélitos de alguna mujer.

 

 

ANTOLOGÍA DE AFECTOS PARA ÁNGEL URRUTIA

Llegas armónico y proceloso con el corazón escrito de palabras
que nos dan la vista, como un Ángel de fabulación
en el lenguaje necesario, haciendo permeable la piel de los sentidos,
la humanidad primigenia de las letras navegables.
Quizá pudiera llamarte Pablo Urrutia, Ángel Neruda:
hijos de una misma madre encinta de ternura destada.

Esperando a la vida ‒con un saber que legitima‒ detrás de cada verso
en que despiertas, el rumor de las voces agrestes, las raíces de un pueblo
tatuado a tradiciones, los ecos del agua límpida labrando la sierra de Aralar
en las entrañas, ese ferrocarril antiguo que todavía atraviesa
el Valle de Larraún en la memoria, o los brillos secretos de la incontinente mujer azul de cada día.

Ahora sabemos que siempre nos quedarán
sonetos para no morir en la costumbre,
esas pequeñas concesiones detrás de los recursos dialécticos,
el abrazo pasional de las imágenes vertiendo
la cultivada mesura, la cadencia musical de tu sintaxis,
el dibujo azul del caligrama.

Y aunque nos hagas, a veces, objetar la vida
bajo los tules opacos de una existencia cuestionada
(quién alguna vez no afirmó el aserto: me clavé una agonía)
sabemos que al final de tus versos
siempre habitan espacios luminosos
como hallazgos necesarios a los que seguir naciendo.

Así, tan siempre tú: Ángel Neruda, Pablo Urrutia,
nosotros, discípulos de tu justa y necesaria humanidad,
nunca jamás querremos una vez, nuestra vocación será
un milquererte irrenunciable, y haremos el amor, la poesía,
para que los ojos de la luz que habitan más allá de nuestro esfuerzo
sepan un día justificar nuestra semilla.

 

 

 

 

 

ALFREDO RODRÍGUEZ

QUE NADIE PUBLICARA ESTOS VERSOS

Que nadie publicara nunca estos versos, quisieras
Que sólo ella pudiera leerlos, desearías
La amas tanto

Ser un Konstantin Kavafis, un Pessoa
Que jamás hubieran de publicar un solo verso en vida
Ni recital alguno dar
Como no tener consciencia de ser Poeta

¿Fueron por ello acaso menos Grandes
Dejamos de amar sus poemas alguna vez
Ahora que ya no se nos muestran inéditos, sino póstumos?

Que nadie nunca osara presentarlos a un concurso
‒hueca esperanza‒
Por qué el absurdo en que han de competir Arte con Arte
Nuestros sueños con nuestros sueños

¿Acaso compitieron en algo Homero con Shakespeare,
Dante con Goethe?
Poetas de la humanidad, regalo de los dioses
Aunque hubieran de vivir en épocas bien distintas
¿Fueron por ello sus escritos menos sobrehumanos
Menos inefables o excelsos, alguna vez quizá superados?

Que uno ha de escribir con el orgullo de medirse
Con Los Grandes del Pasado
Eso sólo ha de bastar
¿Leyó alguien en nuestro cercano mundo alguna vez
Algún ejemplar siquiera de Li Tai Po
No son por ello sus enseñanzas ahora
Pequeñas obras de Arte,
La sabiduría del vino en el claro de luna?
Miradlo ebrio dirigiéndose a la Montaña de Dai Tian
Triste descansando recostado en un pino

Extraviados en la noche de los tiempos
Como velos de lluvia en el Gran Teatro de la Literatura
O durmiendo el sueño de los justos en cajones de escritorio
Qué más da.
Tú los escribiste para ella. Eso sólo ha de importarte
No hay retorno en el tiempo de los poemas
Y eres tú quien ha de leérselos mañana

Al cabo de la noche
En una penumbra de aceites, labios, rosas
Y música de Mozart en Egipto
La amarás

Que te has de levantar ya con la noche avanzada
Como siempre lo haces sin poder dormir
Pues rodeada está tu vida de poemas sin retorno
Y acudir otra noche a tocar
La piel del cisne

Que sólo ella los ha de leer y emocionarse
Sólo ella los leerá
Mañana

 

 

NOCHE SUSPENDIDA SOBRE FLORENCIA

La noche aquella, felices
Escondidas las ansias, felices
Alcanzando casi a ver a Marcello a Corelli a Pergolesi
Cuando son los ojos del interior
Los que mejor te permiten ver

Dichosos aquella última noche sí
En Chiesa Santa Maria de’Ricci
Oh, aquella noche suspendida sobre Florencia
Quedando tan lejos el mundo atrás

La música más grande vivida en mí ‒me decías al oído‒
Y aquellas notas dolces, impresas en la memoria
‒concerti contratenore organo oboe‒
Transformándonos la expresión de la cara
La palabra no pronunciada que es cielo de piel suave
Los dolores más íntimos y el corazón cansado

Oh recuerdos, excesos del tacto
Ternura de las horas
Caminantes de todo un día atrás, un mundo atrás
Mariposa nocturna posada en el alma
Esplendor sin máscara

Y poder terminar ahora
Misterio de la muerte
Vida suspendida al fin
Aquella última noche sobre Florencia
Felices para siempre

 

 

 

Poemas extraídos del primer número de la revista de poesía del Ateneo Navarro – Grupo Ángel Urrutia.

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