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FÁBULA 20

Fábula 20

 

 

ANTONIO RIVERO TARAVILLO

TU VOZ Y TUS RELATOS me descubren
hálitos de un pasado que regresa
como ondas que atraviesan la acequia.
En las palabras tuyas, la memoria
del asombro infantil ante las pinzas
del arisco alacrán, los paseos
a la sombra solar de las palmeras,
la jofaina, los dátiles, el mimbre,
el plácido fastidio de la siesta
o el perfume de la alta madreselva.
Tus primos, las muchachas, los mayores
bajo la luna hablando, el embeleso,
los sueños de tus noches de verano…

Te escucho como un árbol a su lluvia.
Hablas de ti y me nombras sin saberlo.

 

 

 

NACE EN TUS PIES la aurora y se levanta.
Se esconde su poniente en tus cabellos.
Tu carne es un fulgor, unos destellos.
Tu luz es una música que canta.

Tu luz es la materia que me imanta,
oro que atrae mi hierro hacia los bellos
hontanares de tu cuerpo, y desde ellos
proclamo mi vivir por tu garganta.

La lava de tu sed contra la mía
me empuja hasta abrasarme, y no me sacio
de dar muerte a mis labios que iluminas.

Limita tu perfil tu claro espacio
y siempre es en tu vientre mediodía.
La noche empieza allí donde terminas.

 

 

 

ESTA TARDE de alcohol y misticismo
la mesa camilla nos reúne;
su oscura intimidad gozan las piernas,
dialogan las rodillas en su idioma.
Las cartas del tarot, desparramadas,
nos dicen que el futuro se retrasa.
También lo callan, juntos, nuestros labios.

Incienso y gregoriano nos acercan
al dios que unos minutos es el otro.
Caen ropas al son de las caricias.
Sobre la alfombra son prendas vacías,
unida vestimenta de un cuerpo tan sólo:
el nuestro que ahora está, nuevo Narciso,
amándose a sí mismo sobre el lecho.

 

 

 

QUIERO ENTRAR EN EL CLAUSTRO callado de tu vientre,
ser la luz que traspase su hondo compás, abriendo
la vela que lo tiñe con tonos irreales
de esa luz amarilla que se posa en las losas
de mármol que vetean mil hilos de tu sangre.
Quiero colmar mi sed de luz siempre fogosa,
beber en la honda fuente que en tu interior rezuma.
Quiero dormir mi luz en tu quietud sin nadie.
En tu oscura soledad quiero poder ser sombra.

 

 

 

A NADA le encontramos el sentido.
Creemos entonces que el mundo está mal hecho
y vamos por ahí con nuestras quejas
diciendo que la vida es algo horrible.

Así es, es cierto, hasta que un día
del todo diferente a los demás
en unas piernas de mujer se hace palpable
la tersa perfección de lo creado.

¿Dijimos que la vida es algo horrible?
La mano, acariciando, se retracta
en nombre de la boca que desea
reparar con el beso su blasfemia.

 

 

 

DOS VERSIONES DE UN MISMO POEMA

xxI

Tu mano desolada en el andén,
tu cuerpo en el andén, en la estación,
en esa ciudad gris que detrás queda,
en un país que estuve aquel verano
más breve que los otros de mi vida.
Allí regresa a veces mi memoria
volviendo a los lugares y a los hechos:
las cerradas cortinas, y tu blusa
de par en par abierta a nuestro amor,
aquel sonrojo tuyo al desvestirte,
aquella inexperiencia deliciosa.
Y fue sencillo al fin eso de amarse,
y aún mucho más bello descubrir
que fuimos más humanos desde entonces,
que fuimos desde entonces más divinos
unidos o escindidos, como ahora.
Y tres años después de aquella historia
de épica de besos y paces de mordiscos,
montado en este tren sobre raíles
que son labios que no encuentran su beso,
observo este vagón de pasajeros:
asientos vacíos, estatuas huecas
de tu ausencia, que nunca me abandona.

 

xxII

Península brumosa, en la tristeza,
en cinco finisterres el adiós.

 

 

 

 

O’CAROLAN

Me acuerdo de la Irlanda que no hemos conocido
porque un arpista ciego esta noche nos llora.
A pesar de los siglos y las tierras en medio;
a pesar del alcohol que mis ojos empaña.

Porque un arpista ciego esta noche nos llora
con una melodía tan triste como hermosa,
tan bella como el lago que en tu risa hubo un día.
Con sus dedos recorre las cuerdas de tu ausencia.

Son látigos las cuerdas y cuerpo la memoria,
y la música es siempre un suplicio aceptado,
compases más punzantes cuanto más te recuerdo
porque un arpista ciego esta noche nos llora.

Me acuerdo de la Irlanda que no hemos conocido,
florida como mayo cuando besa las zarzas.
Por eso me conmueve con su música el bardo,
y bebo, por ejemplo, porque tú no estás cerca.

Porque un arpista ciego esta noche nos llora
y sus ojos nos miran porque tú ya no estás.
Porque ya nada queda y sus ojos nos miran.
Cuando yo nada soy, porque soy tu carencia.

 

 

 

TEDIO

Despacio se consume tu vivir,
a ritmo perezoso marcha el tiempo
y aún tu vaso está todo vacío.
Persiste su cristal en el que nunca,
por mucho que lo observes, hallas nada
que abrace su pared y llene el hueco.

No mengua con los años ese hueco
que va dando su forma a tu vivir.
Tú ya sabes que no sirve de nada,
que sólo es una pérdida de tiempo,
quimera que no puede darse nunca,
cegar de alguna forma ese vacío.

Discurre por tus venas el vacío
y en medio de tu pecho late un hueco.
Así constantemente. Siempre. Nunca
conoces otro modo de vivir.
Al compás que tú mismo, al mismo tiempo,
se va espesando en ti, densa, la nada.

En tu mar solipsista boga y nada
un torpe cascarón, un pez vacío
que hace singladura y cruza el tiempo
como un grano rojizo por el hueco
de un reloj de arena: tu vivir
lento se encamina hacia tu nunca.

Pues esta es tu condena: que si nunca
quisiste el nacimiento, hoy ya nada
te es posible; solamente vivir,
plantando cara, heroico, a tu vacío,
que proeza es combatir con ese hueco
resistiendo sus embates algún tiempo.

Siempre el hastío es íntimo del tiempo,
la ansiada plenitud no llega nunca;
la felicidad es un vocablo hueco
cuya razón jamás responde a nada.
Debajo de la piel se abre el vacío,
la más propia sustancia del vivir.

No otra cosa es vivir: matar el tiempo.
Ama, pues tu vacío, porque nunca
nada más será tuyo ni más hueco.

 

 

 

 

BEGOÑA CALLEJÓN

LA ENFERMEDAD DEL COLOR

Soy la descarnada
la que mira de frente a la muerte al suicidio a la sangre
la que se excita de placer cuando te acercas.

Soy la no-madre la no-viva
la amante de mujer
la que hace la noche mientras te espera
la que no cobra
la zorra que llora cada noche.

Soy la que un día persigue la vida y otro la olvida
soy la muerta la no-madre la no-viva
la enferma a la que todos miran la que todos señalan
la misma que hace un rato miraba por la ventana.

 

 

 

 

SAÚL FERNÁNDEZ

LA MUJER CANÍBAL DE LA CALLE BAYARD

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEl gemido inquieto de un niño de meses llegaba de un vestíbulo
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxadyacente, donde, en la semipenumbra, se distinguían tres fi-
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxguras acostadas.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Jacob Riis, Cómo vive la otra mitad)

xxxxxI

xxUna mujer se comió a su bebé porque tenía hambre. Vivía en una escuálida habitación sin ventanas en la calle Bayard. Acompañaba a dos hombres llegados de Sicilia sin otra dedicación más que la que la muerte por encargo les proporcionaba.
xxLa mujer había desembarcado en Nueva York embarazada de cinco meses. Procedía de Liverpool. Hubiera debido encontrar en los muelles a un conocido de su familia encargado de facilitarle la vida en sus primeros días estadounidenses.
xxPero nadie la aguardaba.
xxMe llamo Martín Velasco, soy el secretario privado del Obispo Auxiliar de la ciudad. En la primera plana del “The Evening Sun” descubrí el nombre de la mujer caníbal: decía Valentina Hartime –así, con hache–, española, miserable, prostituta, borracha, asesina, caníbal. “Asturiana, de Luanco”, añadí yo para mis adentros. Nací hace cincuenta y nueve años en una aldea cercana al cabo Peñas, en el profundo norte español.
xxHe sabido que aquella mujer pretendía terminar su peripecia en la ciudad de Annmore, en Virginia Occidental; el padre del niño que tenía que nacer trabajaba para la Grasselli Chemical. La mujer era de Luanco y había iniciado su aventura en Gijón, diez meses atrás.
xxAl dejar el barco nadie la esperaba. Desconozco qué recorrido hay entre los muelles y la calle Bayard, entre la feliz mujer embarazada y la desalmada caníbal. Puedo imaginar que los dos sicilianos con los que compartía habitación pudieran explicar adecuadamente todos los cabos sueltos de la tragedia, pero ahora ignoro su paradero. Los bajos fondos de Nueva York son una frondosa selva, territorio perdido para forasteros.
xxLa calle Bayard, el lugar del crimen despiadado, cruza Mulberry, es la carretera que lleva al barrio judío y que termina en Little Italy. Los dos asesinos, al parecer, acompañaban a Valentina sólo las noches en que llovía, sólo cuando se escondían de otros sicilianos, sólo cuando la destrozaban ante un bebé hambriento que no paraba de llorar. Eran hermanos, Ricardo y Roberto di Marco, pasaban el día holgados en los portales convertidos en comercios para miserables del Bandit’s Roost. Fumaban lo que encontraban y discutían desorbitadamente sobre todos los temas. De vez en cuando visitaba aquel callejón algún vecino de la ciudad alta.
xxLa noche lluviosa de noviembre en que se descubrió el crimen de la mujer española Roberto y Riccardo llegaron demasiado pronto a la habitación compartida. Todo el edificio olía a guiso recién hecho. Abrieron la puerta del cuartucho y la descubrieron removiendo una cacerola. El horror fue salvaje: cocinaba al fuego el cuerpecito de un bebé y en el suelo había huesos descarnados, roídos con ansia. Los dos sicilianos la sacaron a rastras de su casa, la empujaron por la escalera y vocearon su crimen por todas las calles del distrito. La batahola que se formó fue inmediata. Junto al portal de la casa de vecindad se exigía justicia. Decidieron desnudarla, colgarla por el cuello y despedazarla como una bestia en el matadero.
xxSu apellido, Artime, llamó mi atención porque era muy común en mi tierra. Se escribe sin hache. Mi hermana reside en la ciudad de Avilés, muy cerca de Luanco. Todos los meses recibo una carta en la que me da noticias de mi pasado. Hace treinta años dejé Asturias y nunca he podido regresar. Su apellido y su nombre aparecían en aquellas cartas. Por mi hermana me aseguré la tristeza: la mujer caníbal de Nueva York había sido convecina de mi familia. Mi hermana asegura en una de sus últimas comunicaciones que yo casé a los padres de Valentina, a Aurelio y Elena, dos mineros pobres de la playa de Llumeres.
xxLas crónicas del crimen estaban firmadas por Rasmus Andersen. Envié una carta a la redacción de su periódico porque precisaba hablar con él. Rasmus Andersen era un danés de sangre gélida que ambicionaba tomar un barco hacia San Francisco, encontrar oro y olvidar sus años bullangueros entre Copenhague y Nueva York. Andersen describía en sus dos crónicas el canibalismo y posterior asesinato de Valentina Artime con la meticulosidad de un secretario municipal. Se defendió, cuando le interrogué, diciendo que él entendía que su trabajo no era el de enjuiciar ni a los vecinos desalmados, ni a la mujer caníbal.
xx-Los periodistas debemos contar los hechos tal cual han sucedido -explicó después de sorber un poco de la cerveza agria que había pedido en una taberna ilegal del Bend en la que habíamos concertado nuestro encuentro. -Usted no se asusta.
xx-La miseria no me asusta, me entra el pánico cuando descubro las consecuencias que la miseria trae consigo. Conozco estas calles.
xx-¿Qué es lo que le interesa de esa mujer? La ciudad de Nueva York oculta casos más tristes que este, se lo aseguro.
xx-No lo dudo. Valentina Artime nació en mi país, en mi pueblo, soy español.
xx-Todos los días fotografío estos arrabales. ¿Conoce a Jacob Riis? Él y yo somos los únicos que nos atrevemos. Nueva York entera es miserable: los ricos de la parte alta son ricos porque el sur es un nido gigante de ratas. La historia de la mujer caníbal ha pasado a formar parte de la estadística de la violencia. Hoy lo que de verdad interesa es saber quién de los dos candidatos llegará al Senado.
xx-Valentina Artime tenía veintiséis años.
xx-Le contaré una cosa: Dos días después de lo de la calle Bayard otra mujer se llevó a sus tres hijos al puente de Brooklyn con un solo deseo: tirarlos al río. Declaró a la policía que era incapaz de alimentarlos. ¿Había leído algo de esto?
xx-No sabía nada.
xx-Así todos los días. Al final te acostumbras -terminó el periodista danés camuflado en mendigo. Me explicó que cuando bajaba al Bend se disfrazaba con una chaqueta deshilachada y con un bombín demodé. El danés se liaba los cigarros con una velocidad pasmosa.
xx-El suyo es un trabajo desalentador.
xx-¿Qué hacía la mujer caníbal en Nueva York?
xx-No lo sé ahora mismo. Mi hermana me ha contado que se dirigía a Virginia Occidental, pero no estoy seguro. Sé bastante poco de todo esto: lo que usted ha escrito y que casé a sus padres hace treinta años.
xx-Me ha dicho que conoce estas calles. No le veo nunca por aquí.
xx-El Bend es un territorio salvaje. Cuando llegué a Nueva York me establecí en Five Points con un ímpetu evangelizador que duró apenas un año: no pude hacer nada y por eso decidí escapar de todo aquello. He luchado por la Unión, estuve en Bull Run. Soy americano: doctor en Teología.
xx-Le veo nervioso.
xx-Nadie se come a su cría.
xx-Sólo los pobres.
xx-No me sirve esa explicación. Nadie se come a su cría.
xx-Es usted un iluso.
xx-Usted quiere embarcar hacia California: ¿Quién es más iluso? ¿Por qué se disfraza con frialdad si sólo busca la huida?
xx-Llevo años por estas calles, ya se lo he dicho. He visto asesinatos, prostitución, atracos, pobreza, tristeza, siempre tristeza. Muchos de los que viven por aquí por no tener no tienen ni ventanas. Te acostumbras, por supuesto, pero eso no ahuyenta de tu vida el deseo de escapar. Me gustaría viajar hacia el oro de California, pero estoy aquí todavía. No me he movido.
xx-El oro se acaba.
xx-Pero habrá plata, estoy convencido.

xxxxxII

xxSupe que Valentina Artime, la hija de Aurelio y Elena, había sido despedazada en plena calle con sólo veintiséis años. Elena y yo paseamos juntos muchas tardes por la playa de Bañugues, ella era amiga de mi hermana.
xxValentina conoció en Avilés a Juan Manuel Briz, un obrero de la Real Compañía Asturiana. La relación se fue consolidando sin aceleraciones indebidas. Me ha dicho mi hermana que una larga huelga en la compañía trajo la pobreza a la comarca. Juan Manuel y otros compañeros supieron de una industria química en Estados Unidos. Decidieron partir en busca de su futuro. Valentina se quedó en Asturias prometiendo tomar pronto el barco que la conduciría a Virginia Occidental y a su futuro marido. Ella debía quedarse. En aquel entonces Elena veía la muerte de cerca.
xxValentina empezó a servir en una casa linajuda de Gijón. Gracias a este trabajo logró reunir rápidamente el dinero del pasaje que le iba a llevar a los Estados Unidos: El Musel, La Coruña, Liverpool, Nueva York.

 

xxxxxIII

xxRasmus Andersen, a pesar de su aparente desinterés por el caso de la mujer caníbal ha seguido investigando los crímenes de la calle Bayard. Me ha dicho que mi insistencia es estremecedora. Me ha contado que gracias al empeño que he puesto en este asunto, y a una llamada del Arzobispo, el alcalde de la ciudad ha ordenado la detención de los dos hermanos sicilianos compañeros de habitación de Valentina.
xxVolvimos a quedar una tarde el periodista y yo, aunque esta vez, en mi terreno, en mi casa, sin cerveza agria, sin bombín demodé.
xx-¿Quién es Valentina?
xx-Ya se lo dije: la hija mayor de un matrimonio al que casé antes de conocer Nueva York.
xx-Su insistencia es inaudita.
xx-¿Qué insinúa?
xx-Un cura se embarca hace treinta años para desaparecer tras oficiar una última boda. ¿Quién es Elena?
xx-Elena ha muerto.
xx-¿Sabe lo que creo?
xx-No quiero saberlo.
xx-Elena y usted y Valentina…
xx-No vaya por ahí.
xx-No fue a recibirla cuando llegó de Europa, no se atrevió.

 

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