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EL 7º PROBLEMA DE YORICK

Yorick 7

 

 

ELENA ROMÁN

TE DIJE QUE ELIMINARÍA TODAS LAS HUELLAS

xxBarriendo, parece que la casa adelgace. Ya he llenado tres bolsas de basura con sombras, y eso que sólo he terminado con el dormitorio y el salón.

xxLa cocina no la limpio: la exorcizo, y así se marchan los espíritus de las ratas y los vapores de los alimentos caducados.
xxEl espejo de la entrada no me refleja como soy, sino como era la última vez que lo limpié, con una sonrisa de más y una ausencia de menos. Paso el trapo por encima y me enfrento a mi imagen actual. No me gusta. Vuelvo a pasar el trapo, desaparezco.
xxLa alfombra de bienvenida está tan sucia que el polvo ha cambiado sus letras; ahora dice “Adiós”. Al levantarla, descubro un beso, intenta huir, lo aplasto, se derrama en rojo y lo borro haciendo bailar las tiras de la fregona sobre él.
xxA través del pasillo, el rastro de agua con detergente se trenza, como arco iris mate.

xxEstoy encerrada en el cuarto de baño. Poco a poco he ido quedándome sin espacio. Comparto la última baldosa con el cubo de agua, de puntillas, agarrada al palo. Hace frío. A mi alrededor, todo es humedad con aroma a pino. Tardará en secarse. Escucho gotear un grifo, pero no sé cuál es, no puedo moverme para ir a cerrarlo y el sonido cada vez es más fuerte, más cercano, más rápido. No lo soporto. Gota a gota forma una palabra: “Desinfección”.
xxLo he limpiado todo. Sólo queda una baldosa: ésta, la mía, yo.

xxSin mover los pies, levanto en vilo el cubo de agua. Estirando el brazo, alcanzo a colocarlo dentro de la bañera.

xxMe introduzco en el inodoro y desde ahí friego la baldosa.
xxAhora sí está todo limpio.

xxMe como la fregona.
xxBajo la tapa y anochece sobre mi cabeza.
xxTiro de la cadena.

 

 

 

PARADA EN VERSO

Eva se levanta, se viste, se restaura, se toma un café mientras se peina. Coge el bolso y las llaves, se le escurren, se le caen y, en mitad del descenso, a Eva se le ocurre un verso. Retira la mano que estaba destinada a coger las llaves, imagina que su dedo índice es un bolígrafo y escribe el verso a la inversa en el espejo, mientras un ruido de metales golpea el suelo sin violencia.
xxEva recoge las llaves, abre y cierra la puerta, baja las escaleras de dos en dos, sale a la calle y…la exagera. Lo que es gris lo pinta de azul, lo que es negro, de blanco, lo que es marrón, de rojo, lo que es silencio…de verso, que apunta esta vez en su ombligo, y lo acaricia y lo arruga y se sonríe y se sorprende, pero alguien le increpa y ella se entretiene en no responderle. Se esconde el poema bajo la camiseta, se marcha, y como un eco se eleva, Eva.
xxEstán esperando a Eva. La recibe un hombre a rayas, muy serio, muy tenso, poco generoso, que cuando ella le da los Buenos Días, él tan sólo se los presta. Quiere saber su edad, conocimientos y experiencia. Y entonces Eva se bloquea, y divaga, y suspira, y se emociona, y recuerda en voz alta los felices días de su infancia, y se pregunta qué es poesía, sino la vida misma, y asegura ser Licenciada en Arte y Confección de Versos, haber cursado estudios de Diseño Trágico, y poseer un don innato para la Decoración de Interiores. De pronto, Eva se muerde la lengua, mira al techo, resopla, comprende, y, amablemente le pregunta si podría repetirle la pregunta. Al hombre a rayas se le queda la cara a cuadros, le quita los Buenos Días y la despide, empujándola hacia la puerta con los ojos.
xxEva se va. Eva está triste. Eva se sienta en un jazmín y le sobra la mitad de los pétalos para cubrirse la cabeza y tener la sombra perfecta donde escribir un poema. El poema en el que Eva se hace poema, se levanta, se viste, se restaura, y sale a buscar trabajo en días de lino y prosas.

 

 

 

 

ARTURO TENDERO

TRAIDOR

Siento extraña la tierra
que fue para mis muertos
el único lindero concebible.
Qué viento es este
que contra el rostro afila su cuchillo.
El campo, sus olores,
todo es ajeno a mí.
Sólo vengo a cambiar
la piel de mis problemas,
no a exponer los sentidos
al clima y su amenaza.
Si mi abuelo labrase aquí
delante, con mi edad,
curtido, sudoroso,
cómo reconocernos,
qué recelo feroz,
qué lejos me han traído
los años y los libros,
esta paz mentirosa.

 

 

REGRESO

Está el camino a veces y otras no,
se desanima. Y hemos de buscarlo
en la costumbre, en signos que lo guardan,
como esa vieja casa de campo hecha cascotes,
tomada por insectos, ortigas y reptiles,
antiguos moradores del lugar
que lo han recuperado tras un exilio breve.
Buscamos de reojo algún vestigio
de los que aquí vivieron, de su extinta rutina
sin duda comparable con la nuestra:
olor a pan, sudor, chisporroteo de lumbre…
Y todo lo que hallamos son ciertas presunciones,
inexactas sin duda. Qué fácil se recicla
nuestra compleja trama:
pasiones y hasta hogares que parecen tan firmes
caben en los anillos de una encina.
No es erigir acaso lo que importa,
es mantener en pie lo que encontramos,
aprender a vivir en las antiguas casas,
vestir viejas costumbres, desbrozar el camino
que lleva del que fuimos al que somos.

 

 

 

LEÓN MOLINA

SOY EL HOMBRE ÁCIMO QUE SE ALIMENTA DE LOS MAPAS OLVIDADOS.
El maquis de mi derrota.

 

 

Miro con otoño la chopera que desnuda al viento.
Recuerdo el amarillo que promete.
Las estaciones cumplidas  se recuestan a mi lado, lamiendo la inexistencia que me
envuelve como una placenta.
El tiempo es un gigante perdido en la memoria.

 

 

Soy el almuédano que me llama a una oración que desconozco.
Palabras que quedaron atrapadas en el ámbar del tiempo.
Ciego de su luz, hablo en una lengua extraña.

 

 

El aguacero resuena en el parche de mi memoria. Los truenos son el ruido
de otros mundos que tropiezan con el nuestro. Grandes olas de silencio rumoroso
se estrellan contra la casa. Preparo el café como si fuera a salvarnos.
No hay dolor ahora en no decirnos nada.

 

 

Pero ese cándalo que lanza sus preguntas como fuegos de artificio, consume
las últimas nubes que me he inventado.
La noche encara las bombillas del callejón. Regreso a mi lectura.
Abro de nuevo el libro por la misma página en que tú no estabas.

 

 

Las zarzas esconden muebles desahuciados entre las ruinas.
La aldea muerta.
Sobre un viejo arado convoco a los grillos.

 

 

 

MIGUEL ÚBEDA

LA MUERTE DE SÉNECA

Amante de los ínfimos placeres;
estoico convencido, consejero
y preceptor del príncipe que había
mandado -nada menos- la muerte de su madre.
Disfruta de la cena, en su retiro
cercano a la ciudad, entre fuentes veloces
y pino perfumado, entre rosas,
donde huía el dolor considerado
en tantas ocasiones compañero.
Junto a él, a la mesa, lo acompañan
un par de amigos fieles y su esposa Paulina:
ríen, recuerdan gratos momentos que el verano
ardentísimo en Roma les había ofrecido
al cobijo de aquellos muros frescos,
las veladas pasadas en buena compañía,
los rigores alegres de aquella juventud.

Cae la tarde: afuera va naciendo
la oscuridad plomiza, sin estrellas,
y el cuerpo del anciano se estremece.
Ha oído cómo piafan los caballos,
el choque pretoriano del metal
que rodea la villa como la misma noche.
El tribuno regresa. Nerón le ha ordenado
a Séneca que debe darse muerte.
Un grito en el silencio impenetrable
de la sombra, y el anciano se aterra:
Paulina llora y se desgarra las mejillas.

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