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OTOÑO DE 2011

Manifiesto 11

 

 

Aquí tienen algunos textos del número 11 del Manifiesto Azul.

 

ANTONIO PÉREZ ABRIL

LETRAS DE CRÉDITO

Ahora sé que la vida tiene ese rumor alborotado
De hojarasca, de lluvia, de acordeones y nostalgias.
Quizás la noche dé sentido a las cortinas,
O un aliento a la nuca más anónima.
Pero yo salgo de clase con los bolsillos vacíos
De aulas verdes e imposibles,
Donde a las cuatro en punto de la tarde
Da comienzo la sutil violación a la palabra,
La búsqueda del ser en su prostitución literaria.
Y siento el cuerpo ligero, como de querer volar
Con estas hojas que ahora se levantan con la brisa
En su danza de cópula y serpientes,
Acariciando el sudor de los cuerpos,
O el deseo de las calles, un deseo de poema,
De poema que empiece por la palabra amor o silencio.
Y así, con el cuerpo manso, como de huir con las hojas,
Voy camino de casa atravesando bares cerrados
Hacia la guarida de llaves en su cuenco,
De abrigos en las perchas y sábanas deshechas
Escondiendo alguna soledad definitiva.
Y antes de doblar la última esquina,
Con los pájaros ya dormidos en sus pupilas de ceniza
Veo levantarse a mi espalda
Unas letras blancas sobre fondo negro,
Unas letras de crédito con la palabra fin
Mientras abro la puerta de casa y desaparezco.

 

 

DAVID LÓPEZ SANDOVAL

LECCIONES DE LA VIDA

Si nescis, oculi sunt in amore duces.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxPropercio

No ceses de hablar nunca, joven Cintia.
Y déjame que ahora recupere la presencia del dios.
Y que me eche a reír cuando tú ríes.
Y que adopte esta pose de interés
ante anécdotas que, por edad, ya he superado.

Habla, habla y no te importe adiestrarme en las cosas de este mundo.
Cuanto en ti veo me recuerda lo que he sido;
eso es precisamente lo que buscan los hombres como yo
en cuerpos como el tuyo.

Habla, amor mío, mientras en tus ojos me sumerjo,
y en sus aguas, tan mansas como un músculo en reposo,
hago como que escucho lo que dices
y sobre mí desnuda te imagino
dándome todas tus lecciones de la vida.

 

 

JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ

IMAGINABA UN LAGO

Imaginaba un lago y le faltaba el oxígeno.
Sus familiares subían la escalera a toda prisa y corrían hacia su dormitorio, alertados por sus gritos y por un ruido extraño, inexplicable allí dentro, como de chapoteo.

 

 

DAVID MORENO

VIDA POSTIZA

Se miró al espejo. Se quitó la peluca y los pendientes, limpió su rostro de los restos de maquillaje y guardó raudo y veloz los zapatos de tacón en el armario. Seguidamente cogió una cerveza de la nevera y se sentó en el sofá para poner un partido de fútbol en la televisión. Su mujer estaba a punto de llegar.

 

 

JOSÉ DANIEL ESPEJO

LA PLAYA DE TODOS LOS DOMINGOS

xxA los niños domingueros se les reconoce, cómo no, por el corte de la camiseta de tirantes que llevan de lunes a sábado. Son los reyes de la playa un rato, de tres y media a cinco y media, pero su reinado no es total ni siquiera en esas dos horas, porque tienen prohibido bañarse debido a los cortes de digestión. Luego vuelven al agua, pero ya están allí esos otros niños, con quienes jamás se mezclan. Empiezan infinitos castillos de arena y no los terminan, porque son las siete y mamá los llama a gritos para que recojan los trastos. Tienen demasiados trastos que deben ser lavados uno a uno. Hay más gritos, después, porque papá no quiere ver ni un grano de arena en esos pies que están a punto de subir al coche. Siempre salen tarde, enfadados, agotados y tristes, y en eso se parecen a sus padres, que finalmente se resignan a largas retenciones en el camino de vuelta.
xxPero no vuelven de vacío. Llevan consigo mucha arena. No en los pies, es cierto. En el culo. Como de contrabando. La verá mamá más tarde en el baño y no podrá creerlo, como todo domingo playero. Hará algún comentario despectivo, pero luego dará sus besos y encenderá el ventilador del techo y cantará una canción que los transportará hacia el sueño.
xxY saben qué. También están las manadas de adolescentes domingueros, que no cargan con sombrilla ni mobiliario plegable, sino apenas una mochila que contendrá: una toalla, un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio (de plata), crema solar, un reproductor de mp3 y una botella templada de tinto de verano Sandevid. En el mp3: techno, Estopa, Platero y tú y Lady Gaga. Hay dos chicas a las que los demás no hacen mucho caso, para las que ya es hermoso haber sido invitadas por la pandilla de la pedanía. Una tiene un poco de sobrepeso, la otra apenas rellena el bikini con los pechos, y no saben qué decir. Participan de soslayo en los juegos de pelota y las aguadillas. Miran y sonríen a los machos alfa del grupo, pero no les dirigen la palabra. La chica espigada recibe una aguadilla de uno de ellos, no se sabe cómo. A ciegas, tratando de sacar la cabeza del agua, palpa los músculos de David y se rinde a una extraña sensación de indefensión sexual que la deja excitada y confundida el resto del día. La escena no se repite para ella (para las otras, para las tetonas y descaradas, se repite muchas veces, e incluso el gallito las premia con una erección que es celebrada con risas y deseo). Las chicas impopulares suben las primeras al autobús y el resto del grupo se sienta más atrás, desde donde no se distinguen las conversaciones. Ellas no hablan de nada mientras anochece en el camino de vuelta. Pero también traen arena de contrabando. En el vello púbico, en los pliegues de los labios de la vagina y en el ombligo. Aparecerá después, durante la ducha caliente que las espera en casa, mientras llaman a la puerta del baño para que se den prisa.
xxToda esta arena va un lugar. Pasa por el desagüe de la ducha pero no entra a los conductos sépticos. Es filtrada. Alimenta la Playa de Todos los Domingos, cuyas arenas son míticas por su blancura y su suavidad. Donde los niños no son llamados a recoger los trastos y elevan torres defensivas hasta que se hace de noche. Donde brillantes bicicletas los esperan para ir a jugar después de eso y sus hermosas madres los acogen en el regazo bajo la luz de las estrellas. Donde las adolescentes desmadejadas y prepúberes ayudan a los chicos a encender hogueras, y beben y fuman marihuana y tienen historias que contar y se bañan desnudas a medianoche y abrazan y besan en el agua a muchachos súbitamente desinteresados por el mundo del tuning. Y también los solipsistas del mundo que sólo registran y escriben los pormenores de este paraíso vacacional tienen permitida la entrada, porque trajeron tanta arena en sus inadecuados zapatos, de contrabando, el domingo en el camino de vuelta.

 

 

PEDRO PUJANTE

NOCHE DE ESPEJOS Y AMORES PÓSTUMOS

Se miraron lentamente en la penumbra grisácea del cuarto. La lluvia furiosa golpeaba los cristales. Un frío silencio, un hombre y una mujer poblaban la estancia. El espejo les devolvía la imagen nítida pero improbable de dos amantes que ya lo habían perdido todo. Ella improvisó un guiño, sin palabras y el enjugó su llanto amargo. Era una tácita despedida. El silencio lo decía todo. Pero la casa era aún de ambos. Los finales no ocurren tras el punto y final. Y sin preámbulos a un destino distinto e incierto comprendieron que todo había acabado. El amor había desfallecido. O ellos lo habían matado. Ya daba igual. Abandonaron la estancia. Se distanciaron como nubes de otoño zarandeadas y rotas por la tormenta. La noche cayó como un párpado arrugado y ceniciento. Ella durmió en la cama y él buscó refugio en el exiguo sofá. Pero en la obscura tibieza de la madrugada algo se movió en el espejo. Una sombra se irguió en el tenue cristal. El reflejo de él, aún enamorado e inverso, se desplazó por ese otro mundo de contrarios e imágenes intercambiadas. Buscó el reflejo de ella. Lo encontró. Yacía en el espejo del dormitorio. reflejando aún a su dueña que dormía embriagada en el dolor de las febriles y póstumas jornadas. Mientras, en este lado los amantes destruidos por la rutina dormían. La abrazó sin ruidos. La amó en el murmullo quedo de la noche que se fraguaba detrás del espejo. Pero un leve crujido asistió al silente momento. Ella, la real, despertó y encendió la luz. Contempló horrorizada el espejo. Sin comprender. Sólo desazón o desvarío. No vio su acostumbrado rostro. En el insólito cristal su reflejo postergaba el sueño y la caricia con el reflejo de él. No era posible. Será un sueño intenso. Intentó despertar en vano. No soñaba. Vocalizó un rotundo grito con el nombre del que había amado tanto tiempo. Éste despertó asustado en el solitario sofá. Surgió veloz en el umbral de la alcoba y, junto a ella, contemplo el obsceno reflejo. Los amantes del espejo retozaban ausentes en el reflejo de la cama. Sintió amor o celos de sí mismo. Una angustia inusitada acudió a su garganta. Ella le miró. Sintió deseos o envidia de la otra pareja que moría de pasión en el cóncavo espejo. Juntaron sus tímidas manos. Contemplaban absortos la escena. El miedo cedió lentamente. No se dijeron lo que ambos ya sabían. Y comprendieron que aún los rescoldos de sus vidas exhalaban los vestigios inciertos de otra primavera. Otra primavera. tal vez la última. Pero otra más. Se fueron a la gélida cama y solaparon de nuevo sus cuerpos errabundos y anhelantes a la imagen díscola del reflejo. Recobraron la normalidad. Y se amaron otra vez. Y volvieron a poseer tenues reflejos que imitaban sus suspiros y sus besos de una forma lógica y rotunda. Al alba, otra vez enamorados, temieron que le espejo no fuese fiel a la costumbre.

 

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