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ICEBERG

Atardecer

 

 

INDICIOS

En el rosal asoman las uñas del leopardo.
En las hojas caídas
se oye volar aún a las palomas muertas.
El reloj cava un pozo en el hombre dormido.

Eso es lo que aprendí
aquella noche, al observar mi casa.

Vi la ceniza, el musgo.
Vi el cuchillo oxidado.
Vi el cuerpo que se borra al alisar la sábana
y la flor que se hunde en las islas del moho
y la gota de sangre que crece en la cereza.

Eso es lo que aprendí
aquella noche:
vi que el color rojo
esperaba los dedos de una mujer herida;
vi la estrella de mar
enterrada en la palma de la mano;
vi el reptil repartido entre las uvas.

Fue entonces,
cuando el viento
sopló desde el jardín su cáncer verde;
cuando en la taza rota habían pasado cien años;
cuando mi piel fue un río de la luna.

Aquella noche,
al observar mi casa.
Aquella noche en que busqué respuestas
como el silencio busca hombres dormidos
donde ensayar la muerte.

 

 

 

 

LO MISMO Y LO CONTRARIO
(Rafael Alberti 1902-1999)

Lo contrario de un hombre limpio es el agua sucia.
Lo contrario del mar es una mujer ciega.
El que derriba un puente, construye un precipicio.
Las cicatrices son golpes que no se olvidan.

Hay verdades sin límite y hay cosas que se acaban:
Los ríos son Machado.
Yo te amé a tumba abierta.
Los alacranes brillan a la luz de la luna
y después son, de nuevo, venenosos y oscuros.

Es así, tan sencillo.

Luchar por las cenizas es renunciar al fuego.
Una palabra dicha es un pájaro que se vuela.
Tu muerte está debajo de mi piel,
lo mismo que un insecto en un vaso volcado.

¿Qué más puedo decirte?

Que yo te amé de Norte a Sur, sin fondo,
con uñas y con dientes,
sin secretos,
sin trampas.

Que no he querido oír una vez más tu voz,
ni mirar nuestras fotos,
ni verte acariciando con tus dedos azules
a los perros que comen las sobras de tu vida.

Yo sólo quiero oscuridad y humo.
Yo he venido a decir
que te he olvidado;
que volveré a olvidarte cada día,
cada uno de los días de mi vida.

 

 

 

 

ASÍ MURIÓ OSIP MANDELSTAM
(1891-1938)

Aún dijo: –Por mis venas
corrió una vez un campo de amapolas.
Y fue entrando en su muerte
como quien cava en una tierra oscura.

O quizá no fue así.
Quizá pensó: –El poeta asesinado;
las palabras vertidas;
la caracola rota que detiene un océano.

Después,
cerró los ojos
y el agua de la vida se congeló en sus manos.

¿Cerró los ojos y pensó en Nadiezhda?
¿En Ajmátova?
xxxxxxxxxxxxxx¿En Pasternak?
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx¿En Marina Tsvietáieva?

Cerró los ojos,
pudo oír la nieve,
llegó a Moscú, llegó a San Petersburgo:
lo que se anda en los sueños es parte del camino.
Oyó caer la nieve y la nieve decía:
Existe un corazón para cada puñal.
Existe un lobo para cada niño asustado.
O tampoco fue así.

Nunca podréis saber qué pensó Mandelstam.
Si pensó, simplemente: –Tengo frío.
Si pensó: –El viento silba y el ojo es una vela;
por los bosques del corazón,
galopan
los caballos profundos de la muerte.

Lo que no escribió Mandelstam, es de sus asesinos;
igual que las palabras del poema
son una parte de nuestro silencio.

 

 

 

 

ECUADOR

Hace falta la noche para ver las estrellas.

Igual que ayer, hoy busco -lo dijo Juan Ramón-
una verdad aún sin realidad,
busco en la tinta verde de todo lo que escribo
un planeta sin nombre o una jungla perdida.

Y hace falta la noche.

Yo me siento en las sombras,
prendo un fósforo,
tallo mis esmeraldas,
construyo mis panales.
Todo es igual y todo es diferente.

La vida,
que fue un río,
es ahora un océano,
el pasado es la arena y el agua es el futuro.

Hace falta la noche.

Todo está en mí
lo mismo que un clavo en la madera:
cada paso en la nieve,
cada luz,
cada piel,
cada mañana.
Todo lo que ha ocurrido
por fuera es ya ceniza, pero dentro aún es fuego.

Hoy todo está tan claro.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxEs hora de empezar
y yo busco las sombras.

Hace falta la noche para ver las estrellas.

 

 

 

 

UNA NOCHE CON INGEBORG BACHMANN

Quién dijo qué esa noche.

Quién pensó,
de repente:
xxxxxxxxxxxxxxTodo cabe en la mano
de quien todo ha perdido:
una estrella de mar es una isla,
una flor de edelweiss es toda la montaña.

Quién desembocó en quién.

Quién podría decir:
xxxxxxxxxxxxxxxxxLo que es verdad
no echa arena en los ojos.
Quién pudo comparar una gaviota herida
a una lápida en llamas.

Quién cayó sobre quién.

Quién pensó:
xxxxxxxxxxxxYo te hubiera querido para siempre,
cuerpo desnudo,
xxxxxxxxxxxxcal viva en los ojos;
tú fuiste el pez azul entre mis dedos;
tú la mujer de bronce que oía unas campanas.

Quién cayó sobre quién
igual que sombra encima de la sombra,
igual que nieve encima de la nieve.

Quién dijo:
xxxxxxxxxxxLa tarea
del poeta es, tan solo, no negar el dolor.
Cuál de nosotros dijo:
Lo que es verdad agrieta las paredes.
Quien nunca vio la luz, no conocerá el miedo.

Cerré el libro.
Mi sueño junto a ti
se detuvo,
como el alga se apaga al sacarla del mar.

Quién dijo qué esa noche.

Quién vislumbró en las líneas de sus manos,
apenas un segundo,
como si fuera algo que emergiese un instante
desde el fondo de un río;
quién vislumbró en su mano la historia de otra vida.

 

 

 

 

UNA NOCHE CON ÁNGEL GONZÁLEZ

Me enseñó que la suma de las huellas
no equivale a la nieve;
que en el ojo cerrado comienza lo invisible
como la sed se inicia en el vaso vacío.
Eso es lo que decía Ángel González:
busca la claridad
y comprende lo oscuro.

Me enseñó que un poema es un acuario
con peces de verdad y agua inventada;
que el hielo se deshace
lo mismo que se vuela una paloma;
que el muro en construcción ya contiene sus ruinas.

Eso es lo que me dijo:
todo acaba
y un hombre nunca sabe qué pasado le espera.

Yo cambié para oírle,
como cambian los ojos de quien mira las dunas.
Y a su lado,
cada uno
continuó viviendo con su corazón verde
o su corazón rojo,
igual que un árbol con una sola manzana.

 

 

 

 

RESPUESTA A UN POETA

Vacía las palabras,
haz que callen,
límpialas de ellas mismas para contar tu historia.
Lo que buscas existe dentro de lo que encuentras,
como oro está en sombrío
o arco está en corazón.

Cuida que lo que dices no sea como el vaho
del que empaña un cristal
para escribir su nombre sobre un mundo vacío.
Procura que el silencio se lea en tus poemas,
pero jamás olvides
saber qué está del lado de la llave,
qué está del lado de la cerradura.

Cava el pozo de lo que nadie ha dicho
y persigue el rumor de las cosas sin nombre.
Pero recuerda siempre esta verdad:
las tormentas de arena
sólo son el desierto que avanza hacia el desierto.

Vacía las palabras,
qué más puedo decirte.
No desprecies la luz ni desprecies lo oscuro.
Vacía las palabras como quien drena un lago.

 

 

 

 

DE QUÉ ME SIRVE AHORA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxpara Almudena Grandes

¿Dónde están ahora Rilke y Ajmátova y Neruda?
¿Dónde están ahora Ovidio
y Auden
y Robert Lowell?
¿Dónde están todos esos a quienes di mis labios,
los que vivían con mi corazón?

¿Dónde están,
de qué sirven en este día oscuro;
dónde está Lorca, dónde está Cernuda,
dónde está Ingeborg Bachmann  hoy que mi padre ha
muerto y yo huyo de sus ojos -leo a Bécquer,
leo a San Juan-, quiero ocultar sus ojos
igual que el desertor
que entierra su uniforme junto a un río?

¿Qué puede hacer Pessoa contra el hielo;
para qué sirve Pasternak
cuando el dolor instala su colmena?
Los poemas no saben detener los relojes;
no existen puentes que hagan menos hondo un abismo.

Busco a Paul Valéry,
busco a Huidobro.
Miro hacia atrás y veo la serpiente
del camino ya andado.
Busco palabras que me vuelvan ciego,
busco palabras que me den mi vida.

¿De qué sirve Virgilio contra la flor cortada
o la luz de las velas
o el peso de mi padre sobre el hombro
como un buitre sobre una res caída?

El mármol no merece la muerte del Laocoonte.

Abro un libro. Es muy bello. De qué me sirve ahora.

 

 

 

 

RELOJ DE ARENA

Ser cada día el hombre que despierta,
se da alcance,
se aprende,
desemboca en su vida y siente el clavo
de la luz en los ojos,
y cae sobre sí mismo
como la arena de un reloj de arena.

Ser el hombre que intuye
la luna de verano bajo el hielo de un río;
el que al mirar las sombras ve su mercurio oscuro,
sus selvas de la piel,
su música vacía.

Ser mitad agua en llamas, mitad volcán nevado.
Ser el que huye del sol y huye de los eclipses.
Ser el hombre
que asocia el fin de un sueño al filo de un cuchillo.
Ser el que sabe que va a morir solo.

Ser él,
ser ese hombre,
día a día.
Ser él,
ser ese hombre,
para siempre.

 

 

 

 

ALQUIMIA

El que canta, convierte las palabras en pájaros.
Quien acaricia un cuerpo, lo transforma en un río.

Es tan común,
tan fácil.
Pero yo te toqué y perdiste tu oro.
Pero tú me llamaste y mi luz se apagó.

El otoño echa azufre en las calles mojadas
y el musgo finge islas sobre la piedra dura.

Es tan fácil,
tan claro:
Quien corta un girasol, acrecienta la noche.
Lo que sigue a los sueños, son los sueños perdidos.

Es tan común,
tan simple,
ver que la luna es negra cuando aúllan los lobos;
que una soga convierte un sauce en un patíbulo.

Es tan fácil de ver cuando estás solo.
Es tan fácil
aquí,
donde no hay hombres,
ni selvas,
ni delfines.

Nada vive en el fuego.

 

 

 

 

PALABRAS

Las palabras que son un puente roto.
Las palabras que son la punta de una espada,
un cabo del silencio,
la costa del olvido.

Esas palabras.

Las palabras que anidan en nosotros,
nos convierten en cuevas,
en pantanos,
en cráteres:
yo soy el hombre oscuro,
soy la raíz del lobo;
tú eres la mujer ciega,
tumba de las palomas.

Las palabras que arden dentro del corazón.
Las palabras que son lo contrario del trigo.
Las palabras que dejan sus huevos en la herida,
dejan su hiel,
dejan su levadura.

Todas esas palabras.

Las palabras que entierran,
que talan,
que consumen.
Las palabras que borran los senderos.
Las palabras que brillan al fondo de los pozos.
Las palabras que son como una mordedura.

Todas
esas
palabras.
Todas esas palabras que hemos dicho,
que están alrededor,
que nos han atrapado.

 

 

 

 

TORMENTAS

Quien ha visto llegar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un segundo
cambia la luz,
la arena
huele a barcos mojados;
el viento abre ventanas
y dilata los bosques;
las espigas
son arrecifes de coral
y el aire
se extiende por la piel
como un aceite dulce, perfumado.

Quien ha visto acabar una tormenta,
ya conoce mi vida.

En un instante,
todo se oscurece,
se sofoca,
se extingue
lo mismo que una flor quemada por el hielo;
la lluvia fue mercurio
y ahora es sangre a los pies de las estatuas;
vuelve a salir el sol,
tenaz
y débil,
como la madreselva entre las ruinas.

Así es
como ha ocurrido
y es tan fácil contarlo,
tan fácil
de entender:
quien alguna vez supo mirar una tormenta,
conoce nuestra historia.

 

 

 

 

SÓLO TÚ Y YO

Como el rayo de sol llena de paz los sótanos,
así aclaras las sombras en que vivo.

En las calles,
hay hombres que se bajan de un taxi,
hay mujeres que fuman y niños que descubren
un dinosaurio verde en las hormigoneras.

Ellos no nos conocen.

Como la espina sangra la sangre de los dedos,
así lloran tus lágrimas mis ojos.

Alguien llama a la puerta,
alguien que pide sal,
vende perfumes,
ofrece el viento cínico de los ventiladores.

Pero ellos no lo saben.

Cristina está al teléfono.
Luis habla de almacenes y gimnasios.
Jesús conoce frutas exóticas que ondean
en la embajada de los restaurantes.

No saben lo que ocurre.
Nadie sabe qué ocurre entre tú y yo.

Los demás usan hornos,
detergentes,
neveras,
suben al autobús y necesitan bancos,
farmacias y colegios,
tiendas de ultramarinos y hospitales.

Los demás son exactos a nosotros,
pero no saben nada.

Sólo tú y yo sabemos el secreto.

 

 

 

 

VERDE

Los hombres que detienen el corazón del lince,
los que apagan las selvas con el fuego,
los que arrojan al mar el cáncer del petróleo,
los que venden la piel de leopardo,
los que compran la estatua de marfil,
malditos sean.

Los que ocultan el sol en torres de cemento,
los que transforman bosques en ceniza,
los que llevan el agua de la muerte a las nubes
y el óxido a los ríos,
malditos sean.

Los que derriban árboles en nombre del dinero,
los que cazan ballenas en nombre del mercado,
los que hieren la atmósfera en nombre del futuro,
malditos sean.

Que sus vasos se llenen de cicuta,
que sus anillos de oro se conviertan en víboras,
que las monedas ardan en sus manos.

maldito sea su mundo de luz envenenada,
su silencio sin lluvia,
su oxígeno sombrío.
Maldito sea su mundo sin peces ni madera,
su horizonte de escombros,
su amanecer sin pájaros.

Hay que acabar con ellos,
enemigos del verde,
cómplices de la ciénaga,
sicarios de la bruma.

Hay que acabar con ellos,
exterminar su plaga.
Hay que acabar con ellos
en nombre de la vida.

 

 

 

Prado, Benjamín. Iceberg. Madrid; Ed. Visor, 2002.

 

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