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CUERPO SIN MÍ

Eduardo Moga 'Cuerpo sin mí'

 

 

xxxxxII

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxCardedeu

El árbol
invade el aire y se desvanece
en el aire; la luz suscita
un temblor que concierne al árbol
y a su disolución, a la paloma
que sobrevuela
las cosas quietas y a la que agoniza
entre las cosas quietas,
a las paredes palpitantes
y a cuanto no palpita; el sol,
al otro lado de la luz, promueve
un silencio candente
que apresa al mundo
y lo impregna de su oro múltiple,
de su bermeja somnolencia.
Los objetos se enzarzan en oscuras
sinapsis y trascienden
su finitud: desaguan en un mar
de escoria y absoluto, y sobreviven
al cuerpo
xxxxxxxxque los rodea. Los objetos
nos poseen, acallan nuestros ojos
con sus ojos unánimes,
esquivan nuestra leve eternidad.
Un ruiseñor corona
el amontonamiento de los coches
y su alboroto muerto.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxTambién el pájaro comparte
la sangre incorruptible de la materia, el fuego
gris que titila en sus bodegas,
y que subsiste a su destrucción.
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx(Yo soy el pájaro,
y la incertidumbre del pájaro, y lo arbóreo
de su vuelo, y el aire).
Y los hombres caminan por mi cuerpo,
escarban en la muerte que me nace, se adentran
en una lengua que carece
de mundo al que nombrar,
y que sólo conoce sus ladridos
empozados, el álgebra
de su estremecimiento. Alguien me roza
con humo y prisa: lleva gafas; suda
un sudor sólido; habla, pero no
rompe el silencio.
Hay muchos como él: veo sus espaldas
provisionales,
sus voces de granito;
veo sus ojos
sin ser, su linfa
xxxxxxxxxxxxbajo la losa
de la conversación; y distingo su núcleo,
entre ruidos de sombras y relojes,
lamido por la herrumbre y el sopor.
(Con pies nevados andan por el tiempo,
y el tiempo les vacía
la piel; la muerte
es su asunto: residen
xxxxxxxxxxxxxxxxxen su útero
y comen de su légamo; visibles,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesaparecen).
Los hombres regatean: su disputa interrumpe
el nexo entre las cosas y nuestra percepción
de las cosas. Descubro,
bajo edredones
xxxxxxxxxxxxxde polvo,
loza apesadumbrada, y periódicos viejos,
y teléfonos como escarabajos
excesivos: hilachas grávidas
de tiempo,
pero sin hoy, que se reúnen
a la sombra del árbol
o de la ausencia
de árbol, y beben
de su agua recta
y de su recta unidad;
observo un túmulo de libros,
y armarios
con ganglios, y monedas
que tintinean
en los ojos opacos, y almas
que, asomadas a la piel,
contemplan la victoria
sobre el olvido y la promesa
de un nuevo olvido.
Regresan los objetos
a su disperso frenesí. Y yo lamo
la borra transparente
que se acumula
en los contornos de la luz,
en el vacío de la luz.

 

 

 

 

xxxxxVII

El miedo
se aloja en la mirada, empujado por nubes
de agujas, por blanduras que laceran,
y cae en el cuerpo como una hoja
en un estanque:
subvierte
xxxxxxxxsu claridad,
desbarata su telo de cobalto.
El miedo
socava
xxxxxxla sangre, tuerce
la sangre, pero deja intactas sus turbinas,
el sol que asperja
sus explosiones y sus heces.
¿Quién es ese que mira,
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxdesde la orilla,
cómo se hunden las formas y las manos
que las crean, cómo arde
lo indestructible
en las habitaciones de la muerte?
¿Quién ve la inclinación
de los pilares en los que descansa
el ser, batidos por la noche
y los insectos,
desencajados
por el martillo
sutil del pánico?
xxxxxxxxxxxxxEse alguien
escucha la fricción mortal
que producen los huesos al chocar
con el silencio; el orbitar
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxanonadado
de cuanto empieza a ser y a declinar;
la piel obscena con que se recubre
la nada.
La noche adviene como una marea
inmóvil:
xxxxxxxrebasa el pecho,
rebasa los espacios níveos
en que se incoa
la conciencia, e imprime
sus huellas en el eje de la sangre,
en el umbral
de la sangre: en su desencajarse,
donde se juntan los caminos
que nos conducen
al yo,
xxxxxo que lo desmantelan.
Oigo llorar a un niño. El hombre
que veía ondular el agua, oye llorar
a un niño, y llora con sus lágrimas,
y es el niño. Oigo,
asimismo, el piafar del miedo,
su volverse agua
que brama, sombra máxima,
bajo una luna
xxxxxxxxxxxque me unge
de palidez y se deshace en negros
filamentos de estaño.
Chirrían las mamparas del espíritu:
una lluvia de sílabas lo azota
y lo acaricia;
xxxxxxxxxxxsus gotas caen
como capullos cercenados
o resplandores
xxxxxxxxxxxxbituminosos:
son la rocalla que produce
el encresparse
de las cosas cercanas,
el habla hostil
de los otros que viven
en mí.
xxxxxxAntes creía
en el fuego: creía en su poder
sin cuerpo,
en su cuerpo inconsútil,
y me incumbían
xxxxxxxxxxxxxsus frutos,
sus líquenes letales. Pero el fuego se estría,
y los estanques enloquecen de hojas,
y se asfixia la luz,
a la que el mal confiere una dureza lívida,
nimbada de lujuria. Acojo
al miedo
como a una lluvia
sin agua,
preñada de engranajes:
el miedo
me llena,
se llena
xxxxxxde mí: me inviste
de vida. Y sigo quieto, solo, oyendo
pasar la noche,
preso de los rumores de la noche,
vencido
xxxxxxxpor mi mudez
bulliciosa. El alma se derruye.
Asisto, inerme, a su refutación.
Alguien grita. ¿Soy yo?

 

 

 

xxxxxXIX

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxPaseo de Gracia

El polvo es una casa
que se asienta en la nada. Sus facetas
bailan, en óptimo desorden,
por las estanterías y el plexiglás, y obturan
los poros de la luz. Emana
de los frunces del aire, de sus tibias tinieblas,
y envuelve al hombre
que lee y al que sólo hojea,
al silencioso y al que miente,
al que cada mañana se pregunta,
mientras se anuda la corbata, quién
es ése que se anuda la corbata,
y al que, en cambio, camina en mí,
conmigo, uncido al miedo,
y muere cuando yo muero. (Es otro
el que me vive y me anda y me amanece;
otro el que hunde los dedos en la sangre confusa,
en el fibroma de la identidad).
Los libros,
xxxxxxxxxahora, colman la mirada,
y la mirada se hace pensamiento;
y digo la mirada, que está escrita
en las guardas y el cloro, en el aglomerado
y los lepismas.
xxxxxxxxxxxxEsplende el polvo,
que se solidifica y delira y entrega
su caos
xxxxxxa las sinuosas cristalizaciones
del deseo. Me mira un vendedor:
gritan sus ojos,
de los que penden
estalactitas,
y su voz, ojerosa,
festoneada de silencios
calcáreos,
xxxxxxxxxes la de un ahogado:
la voz de alguien que ha muerto sin quebrarse.
Su vientre es polvo,
su jadear es polvo, las alas que no tiene
son polvo, y ese polvo se le enquista en el pecho,
moldeando otro
pecho, húmedo y nocturno,
e irradiando una luz opaca.
(El corazón y el polvo son una mima cosa:
los entreveo
xxxxxxxxxxpor la ventana de sus ojos,
a los que asoma una fosforescencia
mate). Me acerco, al fin, al mostrador
y sostengo palabras
embalsamadas,
pero aún palpitantes:
arrastran posos
de firmamentos,
archivan
xxxxxxxxacordes de una música
derrotada, en la que reconozco
el beso
xxxxxxy la sublevación.
Ahora exhiben sus muñones,
sus fonemas inválidos, y sé
que sus amputaciones son
las mías: sus escaras
me deletrean.
xxxxxxxxxxxPor ellas,
por su cuerpo incompleto, accedo a un cuerpo
ilimitado, a un yo sin partición:
soy el vino y la copa
que lo contiene; soy la lágrima y el ojo;
soy un hueco que late, un rayo
prisionero, algo sólido infiltrado por todo,
sobrecogido
xxxxxxxxxxpor todo.
Las palabras dibujan
mi rostro,
xxxxxxxxlas heces
que son mi rostro, la perennidad
de lo que pasa, y brilla como un sol
entumecido, y se consume.
Un trozo de cartón indica el precio.
¿Soy este manuscrito antiguo?
¿Me vertebra su tinta o es la causa
de mi enajenación? ¿Son mis manos las que hurgan
en los volúmenes intonsos,
o es el papel
el que me instila su febril
monotonía? ¿Soy legible
o soy moho? Alguien me ha rozado:
su piel es cálida, como el vacío
pero no alcanzo
a tocarla; se marcha
deprisa,
xxxxxxxcomo si hubiera muerto.
También una mujer dispone
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxsus espinas inocuas
contra mi espalda. Siento la amenaza de su hígado,
de sus esquejes, sin que pueda
decirle ven,
rómpeme, explora
mi sangre, náceme
con tu lengua, rescátame
del laberinto
sin centro en el que vagan
xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxla soledad y la saliva
de quienes, como yo, quisieron no morir,
o morir de otro
modo: ahogados en el albañal
de los nombres o presos
en el sepulcro de los nombres.
La mujer ha robado un libro, y se va. Yo
rebusco en el bolsillo y saco unas monedas
con que pagar la estropeada
edición de Machado -Antonio-
que acabo de encontrar.

 

 

 

Moga, Eduardo. Cuerpo sin mí. Madrid; Ed. Bartleby, 2007.

 

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