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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (XXV)

En días idénticos a nubes

 

ME ABURRO

–Me aburro –volvió a decir.
xxJoder, otra vez. Había perdido la cuenta de todas las veces que lo había dicho. Me daban ganas de partirle la cabeza para que no volviera a repetirlo.
xx–Pues cómprate un mono. Qué coñazo de tío.
xxEstábamos en la azotea de la casa de su madre. Se veían los tejados rojos y hacía tanto calor que las tejas ondulaban. Nos habíamos sentado pegados a la sombra del muro y estábamos en gayumbos, pero daba igual. El calor llegaba de todas partes, como una onda expansiva. Era agosto, a esas horas de la tarde en que mires a donde mires pareces estar viendo fotos sobreveladas.
xx–Me aburro un huevo.
xxAl menos yo intentaba llevarlo con dignidad. ¿De qué sirve estar quejándose todo el rato?
xx–Vamos a escupir a la gente que pasa por la calle.
xxLo dije de coña, pero él se lo tomó en serio.
xx–¿Tú eres tonto? ¿Quién va a estar en la calle con este puto calor?
xxUn helicóptero pasó por encima nuestro. Se me ocurrió que dar un paseo en helicóptero podría estar bien para el aburrimiento; aunque seguramente el piloto había visto cien mil veces el mismo paisaje y a él le parecería tan divertido como estar tumbado en una azotea, a la misma altura que los tejados.
xx–¿Te imaginas que se diera una hostia? –Dijo–. Eso sería divertido.
xx–O que el tío que está asomado a aquel balcón se tirara a la calle. Eso también estaría bien, no te jode.
xx–Al menos pasaría algo. Para variar.
xxEl caso es que el rollo este de las desgracias pareció animarle un poco.
xx–O que explotara una bombona de gas y se cayera un edificio.
xx–O que a tu madre le diera un patatús y tuviéramos que hacerle el boca a boca.
xx–No te pases.
xxNos quedamos callados otro rato. Yo también me estaba aburriendo. Me puse unas gafas de sol que había tiradas por el suelo, y las casas y el cielo me parecieron el fondo de un estanque muerto.
xx–Daría lo que fuera por que pasara algo.
xxMe volví a mirarle. Visto a través de los cristales verdes, él también tenía pinta de animal submarino. Puso los ojos en blanco, como un pez recién sacado del agua.
xxDe repente se abrió la puerta y apareció una mujer rubia con un biquini rojo. Supuse que era su madre porque estábamos en su casa, pero nunca la había visto y además parecía cualquier cosa menos una madre. Traía una revista y un bote de crema solar. Nos saludó moviendo la mano, como si se hubiera encontrado unos conocidos en la piscina o algo así, y se echó sobre la tumbona. Luego se untó bien de crema por todas partes, muy despacio. La verdad es que estaba bien buena. Joder, ya te digo que estaba dispuesto a hacerle el boca a boca si le daba un patatús.
xxA mi amigo, como que se le pasó el aburrimiento, pero ahora parecía cabreado. Tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el muro, y los ojos cerrados. Su madre también, así que yo los miraba, él en primer plano, ella detrás, como un anuncio a tamaño natural. El biquini era minúsculo y le sentaba tan bien que parecía que lo llevaba cosido a la piel. Me acordé de mi madre, con esas piernas hinchadas que tienen las mujeres que trabajan limpiando.
xx–Vámonos para dentro –dijo él. Y nos metimos sin decirle nada a su madre, yo casi sin mirarla, por si era eso lo que le cabreaba.
xxCon las gafas, la casa parecía una pecera. Nos sentamos en el sofá, y él encendió la tele. Había un documental de animales, de esos en los que los leones se comen a las gacelas. Los mirábamos tan aburridos como si estuviéramos viendo a alguien partir un filete con cuchillo y tenedor.
xxA mi lado, sobre el sofá, había un trozo de tela negra. No sabía lo que era, así que lo levanté por una esquina, cogiéndolo con dos dedos. Glups. Eran unas bragas de encaje. Nunca había visto unas bragas así, salvo en las revistas porno. Me agarré una erección inmediata.
xx–Son suyas –dijo él–. Se deja las bragas tiradas por cualquier parte.
xxYo no sabía qué decir.
xx–Joder, a mi madre le das esto y lo descose para hacerse una mantilla de ir a misa.
xxEmpezó a descojonarse. Se volvió a mirarme mientras se reía y se dio cuenta del efecto que habían tenido las bragas sobre mi anatomía. Dejó de reírse y pensé que me había ganado un par de hostias. Me las quitó de la mano y las miró un segundo.
xx–¿Las quieres? –Preguntó–. Al fin y al cabo no es tu madre. No tienes por qué sentirte mal por hacerte unas cuantas pajas con ellas.
xxLas cogí de nuevo y me temblaba la mano. “Qué fuerte”, pensé. Nada más. Qué fuerte. Me las guardé en el bolsillo. En la tele, una leona lamía sus cachorros y les ponía trozos de carne a mano, para que empezaran a sentir el olor de la sangre.
xx–Qué aburrimiento –dijo él.
xxPero yo ya no estaba tan aburrido. Los huevos empezaban a dolerme. Sentía el calor y la suavidad de las bragas, allí dentro, en el bolsillo.
xxEn ese momento, su madre llamó desde arriba, pidiendo sus gafas de sol. Yo las llevaba todavía puestas. Me las quité y le miré aturdido.
xx–¿A qué esperas? Súbeselas.
xxEmpecé a subir las escaleras, y me volví a mirarle desde arriba. Él seguía frente a la tele. Me pareció que también tenía un bulto entre las piernas. Salí a la azotea, en una mano las gafas, la otra en el bolsillo acariciando la tela de encaje. Ella alargó la mano desde la tumbona, y yo, gilipollas de mí, en vez de las gafas le tendí las bragas. “Ahora sí que la he cagado”, pensé. Pero ella empezó a reírse de la misma forma que su hijo se había reído de mí.
xxLa misma risa, igualita, igualita.

 

 

 

Pérez Cañamares, Ana. En días idénticos a nubes. Tenerife; Ed. Baile del sol, 2009.

 

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