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LOS REGALOS DE LOS AMIGOS (XX)

Nación del sueño

 

Ya hablé hace algo más de un mes del nuevo libro de Mamen Piqueras, presentado entonces en el Museo Ramón Gaya.

 

Hoy toca dejar algunos poemas del libro. Disfrútenlos.

 

 

MEMORIA DE LA VIDA QUE NO EXPLICA LA BIOLOGÍA

Memoria de lo que soy y nadie más comparte.

Más allá del caprichoso abrazo de los genes o del órgano con precisión descrito, soy sandalias trotamundos en abril y las primeras cerezas del verano, el olvido del colegio y la mixtura del salitre y los jazmines.

Más allá del bermellón que discurre por el plasma o la danza atávica que ejecutan las neuronas, soy el cuento compartido a la luz de una linterna tras las sábanas. Rezar después. En ese tiempo dios y los reyes magos existían verazmente.

Más allá del formal metrónomo que dirige cuanto somos o la bioquímica que me sostiene a mí y a otros seis mil millones sostiene, soy la pregunta impertinente, la divisa de la duda en las pupilas, el aroma de las manos de mi madre, en mis manos el don de su consuelo.

Soy el deseo de la nieve y el anhelo de un perro compañero,
el miedo inconfesado de crecer, la intuición primera de la muerte.

Yo soy quien ya no es. Inútilmente.

 

 

 

 

HAS VUELTO A SOÑAR QUE BAILAS
con el muchacho que dejaste de nombrar
hace ya tiempo.
De nuevo sexo sublimado en danza.
No se suelta el pelo tu inconsciente.

 

 

 

 

MI REINO ES LA COCINA. Trasteo como si se me multiplicaran los brazos, como si me gustara lo que hago.

Me veo despeinada, recogido el pelo en un nudo imposible, vestida sólo por una camiseta. Casi sexy, casi zarrapastrosa. Me veo contestándole a la radio, hablando sola o llorando a lágrima viva el Romance de Curro el Palmo.

Digo: Soy Wendy y así me va.

Cuido de la casa, disfruto de un café con María José, con Ada, con Victoria; de El hombre tranquilo con Eugenia, comparto una confidencia con Juanfra y Paqui y sé perfectamente que soy Wendy. Sin lugar a dudas ésa soy yo.

E incluso en el momento gozoso y fatal, perfecto, letal y breve del placer, cuando la soledad planta bandera en mi corazón, a pesar de la corporeidad de dos y aún deshaciéndome en los sentidos, sé que soy Wendy y ocupo mi espacio.

Pero, he aquí, que hoy me reclaman a mí sola, sin la cafetera, ni la aspiradora, ni los libros, ni el clan que me acompaña.

Hoy la cita es conmigo y no tengo que llevar dinero, llaves, fotos, anécdotas…,
ni siquiera tengo que llevar mi nombre.
Esta noche no soy Wendy. Es cierto que hay un nombre por el que me llaman, pero Wendy casi no lo recuerda y por tanto no vuelve la vista si por él la convocan.

Esta noche se siente solo energía; no sabe si luz o agua, quizás sea brisa.
Sabe que su cuerpo doméstico se ha alargado, le nacen hojas. Una corona de hiedra la enaltece y algas marinas se enredan entre los dedos de sus manos y de sus pies. Se sabe hermosa, se sabe un ser marino y boscoso.

Ningún ingenio podría calcular su peso, abarcarla, registrar su imagen.

Y es que esta noche la ha convocado la niña que fue y no ha tenido más remedio que acudir. Hipocampos han ido a buscarla, caracolas anunciaban su encuentro y, ya perdido el nombre y la edad, se ha abandonado a sí misma.

Y así, revestida de infancia, envuelta en el perfume de los jazmines que fueron, y empujada por la brisa violeta a esa tierra de nadie que ocupan los sueños, se ha producido el encuentro con el príncipe de entonces, el que quiso un día hundir los dedos en su alma y pinchar su corazón con una rosa…

Ha dispuesto el príncipe una cena, copas breves y frágiles, velas doradas, rosas desmayadas; éstos han sido sus deseos, efímeros aliados de la pasión.

Ha querido el príncipe tejer un collar de miel y de ternura en su garganta, éste ha sido el único don que no desaparecerá cuando concluya el encanto.

Ambos sienten la urgencia de la música y el baile, inevitable rito de los debutantes, para ello crean un salón a orillas de nuestro antiguo mar, bajo miríadas de estrellas, entre el viejo castillo y los acantilados rojos

…¿Te acuerdas, princesa, de mi amor?
Era joven, sufriente y generoso. Todo te lo ofrecí, todo lo puse en tu camino, pero no quisiste nada.
Solo dejar que llevara tus libros a la salida del colegio, solo llorar sobre mi hombro tus penas adolescentes, solo permitir que me perdiera en tus ojos cuando, distraída, te quedabas absorta y suspirabas…

Y ella sonríe porque lo recuerda todo. Es cierto que ella nunca lo amó y a veces sentía remordimientos.
Por eso cuando levantó la vista y lo traspasó con su mirada verde casi dijo:
No he olvidado nada, y ahora yo también te amo.

Casi lo dijo porque el collar de miel le quemaba la garganta, porque sus labios eran por besarlo y porque su cuerpo vegetal y caliente deseaba perderse en un mar de ternura, de dolor antiguo y de sexo.
Casi lo dijo porque pensó que se lo debía.
Casi lo dijo.

 

 

 

Piqueras, María del Carmen. Nación del sueño. Murcia; Ed. Raspabook, 2014.

 

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