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DÍAS EXTRAÑOS

Ray Loriga 'Días extraños'

 

 

CUANDO ERA PEQUEÑO PENSABA casi todo el tiempo en atizarle a una niña de mi clase que era monísima. Sabía que a ella le iba a encantar. Era una niña extraña. Nunca hablaba y no creo que nadie la considerase guapa, pero yo me moría por verla llorar. Una vez, en el parque, corrí detrás de ella con un palo, le decía: ¡Te voy a matar! Y ella ponía carita de pánico. Corrimos un buen rato, hasta que se cayó al suelo y se puso a llorar. Estaba en el suelo, con sus piernecitas saliendo de la falda y lloraba. Aquello nos encantaba a los dos. No teníamos ni doce años. Por las noches me imaginaba que la tenía encerrada en un sótano. Primero la asustaba mucho y luego cuando se ponía a llorar, bajaba y le daba besos hasta que se calmaba. Ella por supuesto me adoraba y se quedaba muy agradecida. Yo era el amo del castigo y del consuelo. Menuda niña. Todavía me acuerdo de ella algunas veces.

 

 

 

 

EN GENERAL ME GUSTA que las cosas se muevan poco. Por eso no me gusta despertarme en una noria. Me gusta estar seguro de que no va a pasarme nada mientras duermo. Una vez estábamos en un bar comiendo algo. Era un bar al que solíamos ir. Casi todos mis amigos estaban ahí y algunas de mis amigas también. Nos sentábamos a cenar algo y nos contábamos historias. Se estaba mejor dentro que fuera. No había sorpresas. Estábamos comiendo hamburguesas y bebiendo cerveza y una chica a la que no conocía propuso que cada uno pidiese un deseo. Al parecer esa era la noche de la lluvia de estrellas y todos los deseos podían cumplirse. Según nos contó, una vez cada ciento ochenta años el cielo se llena de estrellas fugaces, así que era un momento jodidamente bueno para pedir deseos. Cada uno soltó su mierda y la verdad es que los deseos de algunos eran más tristes que sus propias vidas. Otros muchos deseos eran simplemente previsibles.
Yo pensé en pedir no volver a quedarme dormido, pero preferí no volver a despertarme asustado.

 

 

 

 

VENDRÁN TIEMPOS MEJORES. Sé que ahora no parezco muy útil, sentado en casa bebiendo cerveza, sin ganar la mitad del dinero que te cuesto. Ni la mitad, ni la cuarta parte, ni nada, esperando a que vuelvas de trabajar, inmóvil. Pero estoy seguro de que las cosas se van a arreglar.
Yo tampoco me siento muy bien. Me siento mejor que si tuviera que levantarme a las siete de la mañana para ir a sonreir a un jefe no demasiado agradable, pero no me siento bien.
No sirvo para vivir a tu costa pero lo cierto es que se me da aun peor vivir a la mía, así que no sé qué demonios voy a hacer.
Por el momento voy apuntando las cervezas que te debo, meticulosamente, porque estoy casi seguro de que vendrán tiempos mejores.

 

 

 

 

LAS NAVES ESPACIALES están peinando el universo con mensajes de amistad para otros mundos y canciones de los Beatles y aquí debajo los días tienen los bordes afilados como una lata de atún y el cielo cuelga de un gancho de carnicero.
El tío que barre el bar después de que cierren, trabajó treinta y ocho años en una empresa de construcciones aeronáuticas. Cuando le jubilaron, le contaron una confusa historia sobre la pérdida de su expediente y le liquidaron ciento ochenta y tres días de pensión. Después de eso su mujer le había dejado y ahora bebía gratis toda la noche a cambio de barrer el suelo después del cierre. Al final, la vida siempre te ofrece un trato. El caso es que el tío odia las cosas que vuelan desde lo de su jubilación. Piensa que todas las naves espaciales están contruidas con su dinero. Estábamos sentados bebiendo y en la televisión había uno de esos documentales sobre el espacio. El hombre no podía soportarlo. No paraba de gritar: ¡CAMBIA EL PUTO CANAL!, ¡CAMBIA EL PUTO CANAL! Pero el camarero estaba verdaderamente interesado en los viajes interplanetarios. Así que nos quedamos allí mirando hasta que el programa se terminó. Para entonces el pobre tipo estaba ya liquidado. Miraba su vaso de cerveza y decía en voz baja: “ciento ochenta y tres días, ciento ochenta y tres días, ciento ochenta y tres días”. Hay al menos un millón de maneras distintas de derrotar a un hombre. Los cohetes seguirán peinando el universo y el día que los extraterrestres se den de narices con uno, probablemente, se comerán el disco de los Beatles.

 

 

 

TODO SE DETIENE TARDE O TEMPRANO. Sin excepción. Los trenes se detienen y los viajeros bajan. Lo he visto mil veces. Bajan y saludan a sus hijos y los hijos les cuentan sus cosas y si son demasiado pequeños, sonríen o lloran o hacen algo y las mujeres saludan a sus maridos y los maridos a sus mujeres y sea quien sea el que va en el tren llega un momento que se baja y saluda. Y todo se acaba. Como los osos polares se mueren después de haber cazado unos cuantos miles de peces a zarpazos. Y los pocos peces que se libran de los zarpazos, esos también se mueren. Y los paseos se acaban, se terminan con el cansancio. El cansancio acaba con los paseos y hay que sentarse un rato antes de seguir y hasta el amor se acaba. El amor que dura siempre también se termina, aunque nadie quiera verlo y se acaban las balas y las ganas y todos los ruidos paran y los turnos de los vigilantes nocturnos y la suerte, y se acaba el azúcar y la gasolina, incluso la cerveza se acaba. Si hay algo seguro es que todo se detiene tarde o temprano. Digan lo que digan las anfetaminas.

 

 

 

 

ÚLTIMAMENTE me siento como si estuviera tratando de encender una cerilla debajo del agua.
Antes el intento me bastaba, ahora ya no. Empiezo a necesitar algo sólido. Durante las últimas noches tuve la sensación de perder pie. A lo mejor debería tener un hijo. Algo casi mío que me mire desde fuera. Me gustaría empezar a repartir las cartas para que el juego no dependa de mí todo el tiempo.
Voy a recibir el accidente con los brazos abiertos. Ya va siendo hora de que reparta la responsabilidad de mis propias emociones. Voy a ampliar el capital, a conseguir nuevos accionistas. Hace un mes me daba miedo ser dos, ahora me gustaría ser quince.

 

 

 

 

NO CONVIENE SEGUIR CON LA MISMA LUCHA mucho después de haber logrado la victoria, hay algo enfermizo y peligroso en seguir apuñalando a un animal que ya está muerto.
Debería guardar las fuerzas para matar animales nuevos.

 

 

 

 

HE CONSEGUIDO ALGUNAS VICTORIAS SILENCIOSAS en los últimos días. Victorias sobre hombres y mujeres que creía grandes.
He de reconocer que me crezco día a día comparándome con el tamaño de mis víctimas.

 

 

 

Loriga, Ray. Días extraños. Madrid; Ediciones Detursa, 1994.

 

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