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ISLAS A LA DERIVA

Salía de la biblioteca de la universidad y al pasar por delante de uno de los estantes de novedades me encontré con dos libros que se tenían que venir a casa sí o sí. Al autor de uno de ellos, además, me lo recomendó hace ya tiempo Ángel Paniagua y me pareció el mejor de los momentos para empezar a subsanar una de las lagunas literarias que tenía. Y sí, con ‘Islas a la deriva. Poesía III (1973-1978)‘, de José Emilio Pacheco, he alucinado. Aquí dejo unos cuantos poemas del libro en cuestión.

 

José Emilio Pacheco

 

HORAS ALTAS

En esta hora fugaz
hoy no es ayer
y aún parece muy lejos la mañana.

Hay un azoro múltiple,
extrañeza
de estar aquí, de ser
en un ahora tan feroz
que ni siquiera tiene fecha.

¿Son las últimas horas de este ayer
o el instante en que se abre otro mañana?

Se me ha perdido el mundo
y no sé cuándo
comienza el tiempo de empezar de nuevo.

Vamos a ciegas en la oscuridad,
caminamos sin rumbo por el fuego.

 

 

 

LAS PERFECCIONES NATURALES

De las capitanías de la oruga
sobre el rosal lo que le corresponde.

Silenciosas boquitas que roen de noche
o bajo la altanera plenitud del gran sol
las perfecciones naturales.

Ante ellas no hay belleza, sólo avidez,
sólo necesidad de estar vivas.

Y perduran matando, como nosotros.

 

 

 

CIUDAD MAYA COMIDA POR LA SELVA

De la gran ciudad maya sobreviven
arcos, desmanteladas construcciones, vencidas
por la ferocidad de la maleza.
En lo alto el cielo en que se ahogaron sus dioses.
Las ruinas tienen
el color de la arena. Parecen cuevas
ahondadas en montañas que ya no existen.
De tanta vida que hubo aquí, de tanta
grandeza derrumbada, sólo perduran
las pasajeras flores que no cambian.

 

 

 

JARDÍN DE ONTARIO

Pinos que no otoñecen.
Plantas perennes
invulnerables como el sol.
Algunas patrioteras hojas de arce.
Carnicería de leños esperando
volver al polvo.
Página blanca
que de improviso se ve cubierta
por la escritura de la nieve.

 

 

 

NOCHE Y NIEVE

Me asomé a la ventana y en lugar de jardín, hallé la noche constelada de nieve.

La nieve hace tangible el silencio. Es el desplome de la luz y se apaga.

La nieve no quiere decir nada:

Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de interrogación sobre el mundo.

 

 

 

LA FLECHA

No importa que la flecha no alcance el blanco.
Mejor así.
No capturar ninguna presa,
no hacerle daño a nadie,
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse,
vibrante,
en la extensión de la nada.

 

 

 

CINEVERDAD

¿Dónde estarán aquellas horas? Te preguntas
pero no con nostalgia,
porque parece
un gasto imperdonable de energía
dispendiar el brevísimo tiempo que nos fue dado
en tantas situaciones diferentes
(melodramas, sainetes, vodeviles,
parodias de parodias, una tragedia)
a que se ajusta la experiencia vivida.

En algún cine de otra eternidad
han de pasar ahora esas películas.
Todo en copias rayadas, más bien difusas,
hasta que se haga polvo el celuloide.

 

 

 

SANTA MARÍA

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxHomenaje a Juan Carlos Onetti

Esta ciudad se inventa otro pasado.
El silencio está fuera de lugar.
Las casas son vestigios de un mundo ausente.
La noche se desploma sobre otra época.
El aire envenenado huele a campos antiguos.
Y todo se vuelve aún más extraño
porque lo reconozco.
Porque ya en cierta forma estuve aquí
(donde no he estado nunca).
Porque he perdido la ciudad insondable
que ahora recobro misteriosamente.
¿Y quién podrá decirme la verdad en este cauteloso fin del mundo?
¿Estoy vivo en mi vida pero me adentro en una fantasmagoría?
O todo, a fuerza de ser real,
¿me está volviendo un azorado fantasma?

 

 

 

ESTACIÓN TERMAL

Para huir del dolor aquí trajimos
todos nuestros pesares.
Nos acompañan, se renuevan, llenan
el pobre cuerpo que les da aposento.

Cada cual es distinto. Nadie puede
reconocer su pesadumbre en el otro.
Nadie tampoco hace el esfuerzo.

Aquí nos mata la vejez.
Aquí nos entretiene
la enfermedad
con un tablero de esperanza.
Aquí por un momento la locura
parece más serena.

Bien descansados, bien comidos, vamos
cayendo uno por uno.

 

 

 

INMEMORIAL

El misterioso día
se acaba con las cosas que no devuelve.

Nunca nadie podrá reconstruir
lo que pasó ni siquiera en éste
más cotidiano de los mansos días.

Minuto, enigma irrepetible.

Quedará tal vez
una sombra, una mancha en la pared,
vagos vestigios de ceniza en el aire.

Pues de otro modo qué condenación
nos ataría a la memoria por siempre.

Vueltas y vueltas en derredor de instantes vacíos.

Despójate
del día de hoy para seguir ignorando y viviendo.

 

 

 

LOS OJOS DE LOS PECES

A la orilla del mar la curva arena
y una hilera de peces muertos.
Como escudos después de la batalla.
Sin vestigio de asfixia ni aparente
putrefacción.

Joyas pulidas por el mar, sarcófagos,
encerraban su propia muerte.

Había un rasgo
fantasmal en aquellos peces:
ninguno tenía ojos.
Doble oquedad en sus cabezas.
Como si algo dijera que sus cuerpos
pueden ser de la tierra.
Pero los ojos son del mar.
Y cuando muere el pez en la arena
los ojos se evaporan, y al reflujo
recobra el mar lo que le pertenece.

 

 

 

LA SIRENA

En el domingo de la plaza, la feria
y la barraca y el acuario con tristes
algas de plástico, fraudulentos corales.
Cabeza al aire, la humillada sirena,
acaso hermana de quien cuenta la historia.

Pero el relato se equivoca: De cuándo acá
las sirenas son monstruos
o están así por castigo divino.

Más bien sucede lo contrario: son libres,
son instrumentos de poesía.
Lo único malo es que no existen.
Lo realmente funesto es que sean imposibles.

 

 

Pacheco, José Emilio. Islas a la deriva. Poesía III (1973-1978). Madrid; Ed. Visor, 2011.

 

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