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LIANAS

Lianas

 

LA CASA

Tenía para mí, la casa, un incurable
olor a trébol y pájaros mojados,
caudales de colmenas que a la noche
con dulce estruendo azul raspaban las ventanas.
Eran aquellos días de amor
en que quedábamos
a la fuga y al hielo de las doce
recostados y firmes en un banco
dibujando sombreros y jamás.

La llave de la casa con la lluvia
tenía un frío tacto de sollozo
que al meterla en la vieja cerradura
sonaba igual que un vino
tragado en el silencio.

Como el aire canela, por las puertas pasábamos
ligeros e inocentes, veloces, revoltosos.

Si yo estaba en la casa,
llamabas a la aldaba conteniendo el aliento
y en el vientre los vidrios tibios de la zozobra.
Desde mi cuarto a oscuras yo cuajaba las ansias
contrayéndome toda, volviéndome violeta.
Daban las doce fieles en el reloj del patio
y la mágica herrumbre de la llave
inundaba de luz todo el pasillo.

Bajo el racimo blanco de la lámpara antigua
mis ojos te buscaron durante tres inviernos
y a sus uvas brillantes, vi tus ojos anclados,
rojizos, en el álveo profundo de las lágrimas.

Con la quietud de un cisne sorprendido en su sueño
resistí la derrota punzante con orgullo
y al despedirte tuve el gesto del guerrero
que, sabiéndose herido de muerte, aún sonriera.

Hubo tantas pisadas de tu alma en la mía,
tantos lodos y fosos nos fueron circundando,
que al mirar, hoy, de lejos
la frágil casa a oscuras,
me atraviesan sus acres crepúsculos coñac.

¡Cómo deshace el tiempo las casas y sus climas!
¡Qué pronto se parece la memoria al olvido!

Sobre las frías alas del recuerdo se mueven
sombras falsas, terribles,
cortinas y escombreras,
viejos libros cerrados, abejas en la piel.

Y ya no hay corredores simulados ni huellas
capaces de encerrarnos, otra vez, en sus muros.

Pasaste por mi casa, tu casa y nuestro nicho,
con el descuido propio de un pecado de amor.
Pero al huir dejaste, repleto de señales,
el camino y la brújula inútil del recuerdo.

 

 

 

NECROFILIA

Él estaba sentado
o más bien recostadamente inmóvil
sobre un sillón de flores y frutas en brocado
y distendía el labio inferior hacia el cigarro
con una preocupante vaciedad en la mirada.

Llevaba muchas horas con los brazos morados
y su perfil fingido amargaba en la noche.

Recordaré sus manos de agudas uñas blancas
caídas a lo largo de una lupa en un libro.
Fugitivas, las horas, pasaban a navaja
aquel semblante insomne, dañino, estrafalario.
La barba, desatenta, crecía mortecina
y un ligero reflejo daba una vela al párpado:
allí estaba royendo la pupila irreal.

Si de mis labios presos
se hubiese oído el grito que escapó de mi boca
tal esqueleto hubiera saltado de la silla.
Pero él siguió callado y yo pasé rozándole
ingenuamente débil, debilmente insensata.

Sólo las ambiciosas heridas de los pechos
y aplicadas al rostro las expurgadas brasas
consiguieron calmarme el duelo y el vacío.

Digo que quise odiarme
el deseo y el daño que su rigor me hiciera,
hundida en su cintura maltratada y glacial.
Desfalleciente estuve desnuda y destrenzada
con el pubis florido entregado a las aves,
rapada la cabeza, cubierta de cenizas,
sonámbula de miedo, salvajemente sucia.

Cinco días sin fondo mordiéndole las piernas,
robándole su escasa postura y su despojo.

Y nunca sus sentidos
percibieron el dulce placer de aquel idilio
desgraciado y violento que sostuve con él.

Permaneció sentado,
cadáver, insolente, mas inmóvil
sobre el sillón de flores y frutas en el brocado
y en la boca la punta del cigarro rubí.

 

 

 

EL SILENCIO

Todo el silencio de mi vida
está encerrado en un grano de ámbar.
Todo lo que callé y aún callaré
está escondido allí.

La sola voz desnuda que me obliga al secreto
y ni lágrimas vierte ni impaciencia,
es un punto negro dentro del amarillo fulgor
que el alma tiene,
una extensa planicie de oro en el desierto,
esférica y helada
con un solo habitante en su interior:
un pájaro gigante, muy lejano,
atrapado en la quietud de la resina,
derretidas las patas por el tiempo
y la mirada ingenua del que muere inocente.

Todo el silencio cabe en un segundo,
en un sueño,
en una seña,
o en el último estertor junto a otra boca.

Por eso escribo sin violar las leyes del silencio,
con la tristeza en flechas arrancadas del labio,
escarchada en cristales de azúcar y aguardiente
cual ramo de anís en la botella blanca
o faisana soñando solitaria
en los bajos espumeros de la sal.

Todo mi reino está rayado a esmeril
y es pasto del olvido,
costa brumosa surcada de aguanieves,
intenso mar que vive en mí
xxxxxxxxxxxxxxxxxxicon la niebla y la sombra.

De sus playas extraje todo el ámbar,
de mi azotado corazón, todo el silencio.

 

 

Correyero, Isla. Lianas. Madrid: Ed. Hiperión, 1988.

 

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