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EL BELVEDERE

 

EPITAFIO DEL ATEO

Buscando a un dios incólume al que exigir sentido
para ofrecerlo miedo, adelanté paisajes
vaciando mi memoria cada noche.
Al cabo no encontré más que intemperie.
De mí tan sólo queda el miedo antiguo
que heredé de mis padres y que a mis hijos lego.
Caminante que fijas tu atención en mi lápida:
adelanta paisajes, vacía tu memoria cada noche
pero no pidas sentido a ningún dios.

 

 

EPITAFIO DEL SUICIDA

Todo suicidio es un crimen pasional.
El suicida se sacrifica siempre
por un amor no correspondido:
el que siente por alguien –por sí mismo–
que no siente por él
más que absoluta indiferencia.

 

 

LA CERTIDUMBRE

No es fácil aceptar que cuanto existe nos celebra:
sólo quienes no saben otra cosa, lo saben de verdad.
Si buscas en el fondo de la dicha encontrarás
la inexplicable gratitud que explica
que eres la sede de una gran victoria.

Hay un sabor de infancia en el milagro repetido
de despertar, raya de sol marcando en la pared
la altura de nuestra perplejidad.
Hay un sabor de infancia en el milagro repetido
de deslizarse a las aguas del sueño cada noche,
talco de luna rubricando en el aire de una celda
nuestra inocencia antigua.
Hay instantes así por cuyos huesos
transitan certidumbres colosales
como un vaso de vino o un beso apasionado.
Y todo nos celebra entonces y es el triunfo
sin adjetivos de estar vivos, el de ser espejos
de toda la belleza de este mundo.

 

 

PANIC ATTACK

De pronto la extrañeza se cicatriza en cada
objeto, los esmalta de tiniebla
y el aire de tu habitación se puebla
con la ceniza azul de la mirada

que te arroja un intruso en el espejo.
Te pide que lo sueltes. No le abras.
Forman en tu cerebro las palabras
un pelotón de ejecución. Son viejos

ya todos tus recuerdos como números
de empresas que quebraron hace mucho.
Cierras los ojos, tiemblas: una barca

depositada en un mar calcinado
por el olvido. Un miedo lento encharca
tu pecho y el futuro se pudre en tu pasado.

 

 

PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA

Un hombre me enseñó en La Habana un libro
prohibido, un libro de Cabrera Infante.
En una caja de zapatos lo escondía:
La Habana para un infante difunto, Seix Barral, 1979.
Quiso que lo hojeara.
Resultaba imposible descifrar aquellas líneas,
caravanas de signos grises que ayer fueron palabras.
Las yemas de los dedos de cientos de lectores
habían lentamente ido borrando
la tinta de aquel libro hasta hacerlo ilegible.
Las yemas de unos dedos manchados de literatura perniciosa,
robando a aquellas páginas la vida,
como nos va robando el tiempo la esperanza o el deseo.
Yo le propuse al hombre cambiarle mi ejemplar por aquel libro,
un ejemplar incólume que le envié a La Habana a mi regreso.
Ahora ese ejemplar irá debilitándose de tinta,
las yemas de los dedos de cientos de lectores
trasladarán su prosa a unas manos insomnes.
Aquí en mi estantería el ejemplar que me enseñó ese hombre
liberado por fin de la ceguera de una caja de zapatos
descansa en paz
como un gigante desangrado que donó toda su savia
a una legión clandestina de vampiros.

 

 

BAJO LOS EFECTOS DEL MDMA

Rueda por las fachadas la linterna
policial de la luna y soy feliz.
Sol dormido en mi pecho y por mis venas
avenidas de luz, dragones líquidos
con fauces en las que van triturándose
todos mis sentimientos. Soy feliz.
No sé quién soy. Mi cuerpo es un juguete,
el sol fundido que dormita ciego
en las entrañas de un volcán. No soy.
En la tapicería de los mares
las olas me susurran sus secretos,
las blancas dentaduras de las olas
que al morir en la playa borrarán
huellas fantasmas, sustantivos rotos
de idiomas que perdieron la elocuencia.
Escribo en una lengua fenecida
que no sabe decirme lo que sé,
los buitres del rencor, el ciervo herido
de la culpa, el mensaje que hay grabado
en el capó del viento, los silencios
que en la cornisa de la madrugada
disuelven la verdad que perseguimos.
Tiniebla, acógeme en tu danza de hélices,
hazme salir ileso de la trampa
de envenenados garfios que se amaga
en todas las preguntas que avejentan.
Tiniebla, haz que mis párpados conserven
la rosa de cristal, que el sol dormido
en mi pecho perdure, que en mis venas
las fauces del dragón sigan salvándome,
que el idioma del mar sepa decirme
–las blancas dentaduras de las olas
en las arenas negras de una playa
mi nombre borrarán con su sonrisa–
la verdad perseguida que me salve.

 

 

CANSADO IDIOMA

Escribes árbol pero no consigues
oír el canto de los pájaros en sus ramas
ni el susurro que les arranca el viento.
Escribes agua pero siguen secas tus manos
y agrietada de sed permanece tu garganta.
Escribes sol pero la noche insiste fuera,
lenta tortuga, cuánto tarda
en resbalar al otro lado del horizonte.
Escribes muerte pero sigues sintiendo
en las sienes el compás del corazón,
rumor de tiempo que avanza o que da vueltas.
Para qué escribir más palabras si el idioma
se cansó y ya no sabe suscitar la lluvia
con la palabra lluvia
ni dar calor con la palabra lumbre.

 

 

BONILLA, Juan. El belvedere. Valencia, Ed. Pre-textos, 2002.

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