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ENRIQUE ANDERSON IMBERT

Hace años, ‘El leve Pedro‘, de Enrique Anderson Imbert, era un libro obligatorio en la licenciatura de Filología Inglesa de la Universidad de Murcia, hace algo así como tres cambios de planes de estudios. Cuando el amigo que estaba cursando la carrera en cuestión me dejó el libro, no pude más que hacerme un ejemplar para mi biblioteca particular. Y desde la remodelación de aquel plan de estudios me pregunto por qué se quitan joyas como ésta, quién será el imbécil que elimina regalos de la literatura, quién es el impresentable que dificulta el acceso al deslumbramiento ante maravillas así.

Para ellos, algunos de esos relatos breves de Anderson Imbert que el autor denomina ‘Casos‘ y que aparecen al final de sus libros.

 

 

EL CIGARRILLO

xxEl nuevo cigarrero del zaguán –flaco, astuto– lo miró burlonamente al venderle el atado.
xxJuan entró en su cuarto, se tendió en la cama para descansar en la oscuridad y encendió en la boca un cigarrillo.
xxSe sintió furiosamente chupado. No pudo resistir. El cigarro lo fue fumando con violencia; y lanzaba espantosas bocanadas de pedazos de hombre convertidos en humo.
xxEncima de la cama el cuerpo se le fue desmoronando en ceniza, desde los pies, mientras la habitación se llenaba de nubes violáceas.

 

 

EL SUICIDA

xxAl pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
xxNada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era esa? Alguien –¿pero quién, cuándo?–, alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
xxAl llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
xxTomó la cuchilla de la cocina, se desnudó el vientre y su fue dando navajazos. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua, y las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
xxSe derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
xxCorrió hacia el balcón, y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

 

 

“SE LO CONTARÉ A MI HERMANA”

xx–Fíjese, señor capitán, en ese viejo. ¡Quién diría que, cuando joven, nos maravillaba con su saber! Todos le augurábamos que llegaría a ser un hombre famoso, y hoy su nombre no significa nada. Enloqueció y desde entonces la memoria se le ha quedado agujereada. La amnesia –como decía San Agustín– se tragó imágenes e imágenes del granero mental, y el pobre demente ni siquiera se da cuenta de lo disminuido que está. A veces junta dos fechas que están separadas por un largo intervalo. O pide que, por favor, le busquen un libro que se le ha extraviado, sin advertir que lo cogió hace un ratito y todavía lo tiene en la mano. O se despierta, se levanta, se viste, va a salir, pero al ver la cama empieza a desvestirse de nuevo: ¡cree que acaba de regresar, ya terminó el día y es hora de dormir! De todo lo que le ha ocurrido después de trastornarse recuerda solamente unas pocas cosas. Son recuerdos-islas. Entre un recuerdo y otro, un mar de olvido. Sólo que a esos recuerdos el infeliz no los evoca como islas, sino como tierra firme y continua. Pasa de uno a otro como usted y yo, mientras paseamos por este patio, vamos pisando el pavimento sin reparar en las rendijas entre losa y losa. Hace treinta años que lo tenemos en el convento ¡y él cree que lleva con nosotros apenas tres años! Se salta inviernos enteros. Está convencido de que sigue en la flor de la edad; y cuando ve a una muchacha la quiere seducir con vehemencias de galán. Hemos tratado de razonar con él. Sí, señor capitán. A pesar de su locura, en ocasiones razona. Claro, razona a lo loco. Por ejemplo. Para que se viera las canas y las arrugas le pusimos por delante un espejo: que eso no es espejo, arguyó, sino –y usó una palabra griega, “kinema”, que ninguno de nosotros sabe qué quiere decir– un movimiento ilusorio de rostros ajenos. Una sola vez conseguimos preocuparlo. Para probarle que el tiempo nos arruina, y él ya no es joven, le mostramos relojes y calendarios, que no pueden mentir porque se relacionan con el desplazamiento de los astros. Como conserva la capacidad de calcular admitió que, en efecto, según esas medidas debía de andar por los sesenta años; pero cuando creíamos que se había curado e iba a dejar en paz a las muchachas, nos salió con la explicación de que ya no era viejo porque Mefistófeles acababa de rejuvenecerlo a cambio de su alma. ¿Qué le parece, capitán Valentín?
xx–¡Extraño, extrañísimo! Se lo contaré a mi hermana Margarita, que es muy novelera y le gusta oír cosas así. ¿Cómo se llama el viejo?
xx–Fausto.

 

 

EL CUENTO ES ÉSTE

xxNo puedo pensar con claridad. Todavía estoy aturdida. Es posible que de un momento a otro me deshaga del todo en el aire, pero por ahora permanezco en casa. Tenían razón: las almas de los que se suicidan con violencia, en un loco impulso, penan más tiempo en la tierra. Además, Horacio se ha puesto a escribir sobre mí, y eso también contribuye: sus palabras me invocan, hacen fuerza para que me quede.
xx¡Pobre! Cuando me encontró con la cabeza sucia de sangre se le saltaron los ojos de las órbitas y la boca se le abrió en una mueca horrible. Me asustó: yo, que ya no podía verme reflejada en el espejo, lo vi a él, pálido, rígido, como si acabara de salir de una tumba. Ese cadáver vivo se arrojó sobre el mío muerto y le murmuraba: “¿Por qué, Leonor, por qué? Dime, dime por qué”. Nunca lo sabrá. Ni se enteró de mi secreto viaje a la ciudad ni me descubrió en la cara el menor signo de angustia. Disimulé bien. Nunca sabrá por qué me maté.
xxAhora está escribiendo, y con los rasgos de la pluma me retiene a su lado. Leo por encima de su hombro. La elegía que había comenzado en verso –”¿Por qué morir del modo que moriste?”– continuó en línea recta y ahora es prosa… ¿de Diario íntimo? Un momento… No, tampoco. Es una confesión. Se está echando la culpa por el tiro que me disparé en la sien. ¿Qué disparate va a cometer? ¡No, Horacio, no!: mi muerte no tiene nada que ver con nuestras riñas. Horacio, ¿me oyes, Horacio? Tienes que oírme ¡hay tanto silencio en la casa! No te incrimines, por favor. No es justo para ti. Ni para mí. No quiero que cuando te lean las gentes se imaginen pecados. Deja eso… Me dijiste muchas veces que, como escritor, era un médium: que tus contemporáneos se valen de tu mano para expresarse. Ah, Horacio, sé mi médium. Ya que empezaste, continúa, pero no escribas sobre mí ni sobre ti. Escribe, ¡qué se yo! un cuento, un cuento sobre un hombre cualquiera que se siente culpable por el suicidio de una mujer cualquiera. Todo muy impersonal… Ah, gracias a Dios… Me estás oyendo, querido. Has roto el papel, tomas otro y comienzas de nuevo. Sigue, sigue… Te va saliendo bien… Un cuento…

 

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