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JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ – LA ESCLAVA INSTRUIDA

 

xxRecuerdo aquel día, cuando me regalaste a Natalia. Fue mi cumpleaños. Tú sabías que a mí me gustaba Natalia, sobre todo aquel aire perdido de putón verbenero que arrastraba. Y lo preparaste bien, tengo que quitarme el sombrero.xLlamaste a mi casa, aunque habíamos convenido no hacerlo nunca; menos mal que cogí yo el teléfono. Quedamos en vernos en el apartamento, y dos horas después te presentabas con Natalia: “¿Te acuerdas de Natalia?”, (tono libidinoso). “Me la he encontrado y hemos pensado pasar a verte.”
xxYo dejé lo que estaba haciendo y nos sentamos a tomar unas copas. Pusiste un disco de Louis Armstrong y, sin perder demasiado tiempo, en cuanto viste que el ambiente se relajaba lo suficiente y que el alcohol empezaba a hacer su balsámico efecto, fuiste llevando la conversación sabia, astutamente, hacia lo divertido, excitante y extraordinarias que podían ser las relaciones de tres. Supongo que Natalia se dio rápidamente cuenta de por dónde iban los tiros; aunque tenía dieciocho años ya se había llevado a la cama a un sinfín de tipos (y no muy escogidos, por cierto). Pero al principio se hizo la tímida.
xxTres ginebras más tarde y varios discos y –lo que sin duda fue de cierta incitación– unos cuantos besitos y arrumacos y sibilinos toqueteos a los que con tu procacidad maravillosa me sometiste ante Natalia, hicieron brillar con calidades de neón discotequero sus ojitos cachondos. Fue el instante que yo aproveché –mientras tú, sentada en mis rodillas, entreabiertas las tuyas un poquito para dejar paso a mi mano muslo arriba– para aventurar (como el que no dice nada):
xx–Pero, digan lo que digan, no hay quien le coma el coño a una mujer como otra mujer.
xxNatalia hizo la comedia de no creerlo.
xx–¿A que sí? –dije yo–. ¿Por qué no probáis? Sois tan amigas, que seguramente ya lo habéis hecho.
xxEl fuego se había roto, y tú, siempre dispuesta al prodigio, dejaste mis rodillas y volviéndote hacia Natalia, la atrajiste sibilinamente hacia ti y la besaste en la boca. Ella se dejó hacer entre risitas. Tú metiste tu manecita juguetona por el tejano de Natalia y empezaste a acariciarla. Natalia abrió su cremallera y cerrando los ojos echó la cabeza hacia atrás. Yo empecé a acariciarte, hice que te arrodillaras en el sofá ofreciéndome tu culo, y alzando tu falda, te bajé la braguita y empecé a besártelo. Aparté tus nalgas suavísimas y contemplé fascinado el espectáculo de tu ano azul al que cubrían unos delicados pelitos, últimas estribaciones de tu conejo soberbio. Apoyé la lengua y lamí ese fabuloso pozo de diamantes. Tú, mientras tanto, le habías quitado el tejano a Natalia y estabas besuqueando su vientre y su pubis azabachado; te arrodillaste ante ella, abriste sus muslos y chupaste con avidez aquel coño montaraz y fogueado.
xxTengo muy grabadas las imágenes de aquella tarde. El pelo dorado de Natalia desbordado sobre los cojines del sofá, sus ojos idos, sus suspiros, mientras tú, hermoso animalillo mío, acariciabas con tu lengua aquel chochito que tanto había yo deseado contemplar y acariciar desde hacía unos meses. Me desnudé. El espectáculo era soberbio: Natalia gemía bajo tus caricias, las dos casi desnudas ya sobre el sofá. Acaricié tu espalda, y mientras seguías besando y mordisqueando a Natalia, yo te penetré por detrás. Giraste tu cuerpo y tus ojos como lumbre se clavaron en mí. Yo besaba tu espalda y tú seguías acariciando los pechos de Natalia. Cuando imaginaste que tu amiga estaba a punto, te echaste a un lado, tomaste mi verga y la llevaste con seguridad hacia ella, y se la metiste. Natalia resopló como una locomotora. Muy bien. Tú te apartaste y empezaste a acariciarte suavemente mientras contemplabas con una sonrisa indescifrable mi polvo con Natalia.
xxEra agradable el coño de Natalia. Tenía la calidad de una boca. Y qué bien sabía usarlo. Cogió mi ritmo inmediatamente, y movía en círculo sus ancas con ligeros y rapidísimos espasmos. Era, además, de las mujeres de orgasmo lento y largo, de las que parecen estar diez minutos corriéndose. Se aferraba a mi cuello con sus piernas y golpeaba vigorosamente. Y reía, se reía mucho.
xx–Eres un hijo de puta. Un hijo de puta –exclamaba divertida.
xxTú, mientras tanto, mirándonos con placer, te masturbabas graciosamente.
xx–Sí que lo es –le dijiste, entre risas, a Natalia.
xxDe pronto noté la sacudida del placer, y me dejé ir entre los brazos de aquella criatura. Natalia contrajo sus músculos y yo empujé mi polla con toda la fuerza que pude. Noté cómo el chorro caliente de mi esperma chasqueaba en sus entrañas. Cerré los ojos y me abandoné en sus brazos. Mientras volaba en ese desmayo, escuché tus jadeos: estabas también corriéndote. Nos quedamos los tres ovillados y mansos como ángeles satisfechos. Radiantes y felices.
xx–Sois la hostia –dijo de pronto Natalia–. La hostia.
xxNosotros nos echamos a reír. Cómo suena aún en mis oídos aquella risa de los tres, jubilosa, como elevándose sobre la estupidez del mundo.
xxTe levantaste y fuiste a servir unas copas. Volviste al sofá y me regalaste un gesto de brindis:
xx–Por ti. Feliz cumpleaños.

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